A veces nos hemos complicado mucho la vida, pero desde el principio ha estado la canción. Ted Gioia en La música: una historia subversiva (Turner, 2019) ya desgrana cuán adecuados para la acústica son los lugares en los que aparece arte parietal, aunque, si bien es cierto que podemos encontrar instrumentos de hace decenas de miles de años, no podemos encontrar una "partitura" paleolítica de una voz humana. Las flautas de hueso y marfil del Paleolítico superior, algunas de ellas datadas en torno a hace 35.000–40.000 años, demuestran la existencia de una tradición musical compleja. Pero esas flautas no nos dicen si sus intérpretes cantaban simultáneamente, ni si el canto precedió a los instrumentos. Una figura cicládica de un arpista, fechada ca. 2800–2700 a. C., ha sido interpretada como representación de músicos que podían actuar como transmisores de historia, mitología y música en una época anterior a la escritura. El Epitafio de Seikilos (siglos I-II d. C.) es la muestra completa más antigua que manejamos —hay ejemplos más antiguos, como el Himno Hurrita o los fragmentarios himnos mesopotámicos—, y nosotros seguimos tarareando las melodías que nos llegan, las más pegadizas, incluso las más pegajosas. En medio de estos fenómenos previos y el consumo contemporáneo hay mucho que contar; pero si queremos saber, incluso saborear, el inicio de lo que ahora llamamos Pop (la música popular), Bob Stanley ha escrito una guía, una historia, definitiva.



































