XLI – IV. Editorial
El paso de peatones de Abbey Road es vulgar si no tenemos en la cabeza la portada del álbum de los Beatles, con John y su traje blanco, Ringo vestido de negro, Paul descalzo y con el paso cambiado, y George…
El paso de peatones de Abbey Road es vulgar si no tenemos en la cabeza la portada del álbum de los Beatles, con John y su traje blanco, Ringo vestido de negro, Paul descalzo y con el paso cambiado, y George…
En 1970 apareció en las páginas de las revistas de Bruguera una nueva serie con guion de Víctor Mora. Se unía a la muy exitosa que había creado en los cincuenta, El Capitán Trueno, y a la que había gestado en los sesenta, El Jabato, que seguían publicándose o reeditándose en esos años. Si en la primera las aventuras pivotaban en torno a un caballero medieval (español, por supuesto) y en la segunda viraban más al péplum centrándose en las andanzas de un guerrero hispano, en este caso era el género de piratas el que ocupaba el centro de la función. Si bien este género cinematográfico había dejado atrás sus tiempos más gloriosos en los años cuarenta y cincuenta, las viejas películas, como El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935), aún se programaban en televisión (y lo seguirían haciendo recurrentemente el resto de la década y también de la siguiente) y no hay que olvidar que los muñecos de acción de moda en la época, los Madelman (sin eclipsar del todo a los Geyperman), tenían también su propia figura de pirata.
La relación Dalí-Freud es algo más que un mundo, así que está bien que la exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza se proponga explorar el universo que hay detrás (o delante, o al lado) del Luis XIV del Surrealismo (“¡el Surrealismo soy yo!”, sentenció Dalí) y el padre del psicoanálisis y autor de algunos de los libros más influyentes del siglo XX. Del 20 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027 tenemos una cita en el Museo Thyssen-Bornemisza, pero antes nos atiende Jaime Brihuega, comisario de la exposición, que será nuestro guía por el universo freudiano de Dalí.
XLI publica, fundamentalmente, textos de carácter ensayístico. Sin embargo, hemos querido abrir un pequeño espacio para dos textos nacidos en un Taller de escritura creativa para jóvenes que tuvo lugar en la Biblioteca de La Calzada (Gijón) en agosto de este mismo año. Verá, no se trata de una excepción gratuita, sino de una consecuencia natural de aquello que entendemos por taller.
Un par de días después de ver Odisea (Christopher Nolan, 2026), terminé leyendo por azar una reseña de la película en The New Yorker. El texto bajo el titular captó mi atención y, desde entonces, rondó mis pensamientos de manera intermitente. Este decía: «The director’s Homer adaptation presents a modern, relatable Odysseus, rather than trying to understand the ancient world on its own terms», es decir, «la adaptación del director de Homero presenta un Odiseo moderno y con el que el público puede identificarse, en lugar de intentar comprender el mundo antiguo en sus propios términos». Ello me llevaba a plantearme: ¿es el Odiseo de Nolan más moderno y cercano a nosotros? ¿Acaso tratar de comprender el mundo antiguo desde su perspectiva puede bloquear nuestra capacidad para empatizar con el protagonista de la historia?
Cuando llega un Mundial de Fútbol, hablar de otra cosa es condenarse a ser irrelevante. El fútbol aparece como realidad seminal. Moviliza todos los chacras, desde el de los instintos más primarios hasta el del éxtasis. Por eso, además de ser el deporte más seguido del universo, representa una metáfora poderosa para cosas de mayor importancia
Las quimeras fueron incorporadas a la fachada de la catedral de Notre-Dame de París en el siglo XIX con un propósito estético y simbólico. Miran a la ciudad con gesto burlón, de hastío o de asombro. Seguro que, como buenos diablillos que son, ya preveían las hordas de visitantes (turistas, guiris) que iban a invadir los alrededores, la ciudad, el país, el continente, el mundo… No sé si tendrían algo que ver con el incendio de Notre-Dame en 2019, por hartazgo.
La historia del Teatro Anatómico del Archiginnasio de Bolonia resulta fascinante y paradójica. Esta sala pertenece a la Universidad de Bolonia, considerada la universidad más antigua del mundo occidental, y fue empleada por alumnos de medicina en sus lecciones de anatomía desde mediados del siglo XVII hasta el siglo XIX. Se trata de una sala construida y decorada enteramente en madera tallada, con las paredes repletas de estatuas de científicos ilustres como Galeno e Hipócrates; una mesa de mármol, situada en el centro, estaba destinada a la disección de cadáveres, y las gradas que la rodean permitían que los asistentes pudieran visualizar esas disecciones.
Una de las cosas que dejó claras la entrada en 1978 fue que había un cambio de guardia en marcha. Las placas tectónicas de la música pop se habían inclinado nuevamente hacia la Costa Este. Era el lugar donde había que estar. La música disco, con su beat monomaníaco y sus pulsaciones por minuto al borde del infarto era la tendencia popular, mientras las guitarras angulares y la actitud de la new wave y el punk era la de culto. Nada dejó más claro esto que la abrasadora reaparición reinante de los Rolling Stones con Some Girls. Era un disco grabado en París, pero sus referentes y referencias eran neoyorkinas. Era el mundo que Mick Jagger había aprendido quemando la noche junto a Bianca, de la cual estaba a punto de divorciarse tal y como menciona, tal vez cínica, tal vez irónicamente en Some Girls: “Give me half your money, give me half your car / Give me half of everything, I'll make you world's biggest star”.
Cole Porter nació en Perú, una ciudad de Indiana, EE. UU., en 1891. Su abuelo era un rico comerciante y su padre un empresario y pianista aficionado. Las expectativas familiares eran que Cole fuera abogado, pero ajeno a ellas decidió ser músico, formándose en Harvard y perfeccionando sus conocimientos en París, donde vivió unos años, coordinando los estudios con la bohemia nocturna. Cole Porter pronto reconoció su homosexualidad, lo cual no le impide casarse en 1919 con Linda Lee Thomas, una rica divorciada ocho años mayor que él. Este matrimonio de conveniencia aportó a Cole nuevos contactos con la alta sociedad y a Linda el glamur de dejarse ver con el talentoso músico.
El paso de peatones de Abbey Road es vulgar si no tenemos en la cabeza la portada del álbum de los Beatles, con John y
En 1970 apareció en las páginas de las revistas de Bruguera una nueva serie con guion de Víctor Mora. Se unía a la muy exitosa que había creado en los cincuenta, El Capitán Trueno, y a la que había gestado en los sesenta, El Jabato, que seguían publicándose o reeditándose en esos años. Si en la primera las aventuras pivotaban en torno a un caballero medieval (español, por supuesto) y en la segunda viraban más al péplum centrándose en las andanzas de un guerrero hispano, en este caso era el género de piratas el que ocupaba el centro de la función. Si bien este género cinematográfico había dejado atrás sus tiempos más gloriosos en los años cuarenta y cincuenta, las viejas películas, como El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935), aún se programaban en televisión (y lo seguirían haciendo recurrentemente el resto de la década y también de la siguiente) y no hay que olvidar que los muñecos de acción de moda en la época, los Madelman (sin eclipsar del todo a los Geyperman), tenían también su propia figura de pirata.
La relación Dalí-Freud es algo más que un mundo, así que está bien que la exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza se proponga explorar el universo que hay detrás (o delante, o al lado) del Luis XIV del Surrealismo (“¡el Surrealismo soy yo!”, sentenció Dalí) y el padre del psicoanálisis y autor de algunos de los libros más influyentes del siglo XX. Del 20 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027 tenemos una cita en el Museo Thyssen-Bornemisza, pero antes nos atiende Jaime Brihuega, comisario de la exposición, que será nuestro guía por el universo freudiano de Dalí.
XLI publica, fundamentalmente, textos de carácter ensayístico. Sin embargo, hemos querido abrir un pequeño espacio para dos textos nacidos en un Taller de escritura creativa para jóvenes que tuvo lugar en la Biblioteca de La Calzada (Gijón) en agosto de este mismo año. Verá, no se trata de una excepción gratuita, sino de una consecuencia natural de aquello que entendemos por taller.
Un par de días después de ver Odisea (Christopher Nolan, 2026), terminé leyendo por azar una reseña de la película en The New Yorker. El texto bajo el titular captó mi atención y, desde entonces, rondó mis pensamientos de manera intermitente. Este decía: «The director’s Homer adaptation presents a modern, relatable Odysseus, rather than trying to understand the ancient world on its own terms», es decir, «la adaptación del director de Homero presenta un Odiseo moderno y con el que el público puede identificarse, en lugar de intentar comprender el mundo antiguo en sus propios términos». Ello me llevaba a plantearme: ¿es el Odiseo de Nolan más moderno y cercano a nosotros? ¿Acaso tratar de comprender el mundo antiguo desde su perspectiva puede bloquear nuestra capacidad para empatizar con el protagonista de la historia?
Cuando llega un Mundial de Fútbol, hablar de otra cosa es condenarse a ser irrelevante. El fútbol aparece como realidad seminal. Moviliza todos los chacras, desde el de los instintos más primarios hasta el del éxtasis. Por eso, además de ser el deporte más seguido del universo, representa una metáfora poderosa para cosas de mayor importancia
Las quimeras fueron incorporadas a la fachada de la catedral de Notre-Dame de París en el siglo XIX con un propósito estético y simbólico. Miran a la ciudad con gesto burlón, de hastío o de asombro. Seguro que, como buenos diablillos que son, ya preveían las hordas de visitantes (turistas, guiris) que iban a invadir los alrededores, la ciudad, el país, el continente, el mundo… No sé si tendrían algo que ver con el incendio de Notre-Dame en 2019, por hartazgo.
La historia del Teatro Anatómico del Archiginnasio de Bolonia resulta fascinante y paradójica. Esta sala pertenece a la Universidad de Bolonia, considerada la universidad más antigua del mundo occidental, y fue empleada por alumnos de medicina en sus lecciones de anatomía desde mediados del siglo XVII hasta el siglo XIX. Se trata de una sala construida y decorada enteramente en madera tallada, con las paredes repletas de estatuas de científicos ilustres como Galeno e Hipócrates; una mesa de mármol, situada en el centro, estaba destinada a la disección de cadáveres, y las gradas que la rodean permitían que los asistentes pudieran visualizar esas disecciones.
Una de las cosas que dejó claras la entrada en 1978 fue que había un cambio de guardia en marcha. Las placas tectónicas de la música pop se habían inclinado nuevamente hacia la Costa Este. Era el lugar donde había que estar. La música disco, con su beat monomaníaco y sus pulsaciones por minuto al borde del infarto era la tendencia popular, mientras las guitarras angulares y la actitud de la new wave y el punk era la de culto. Nada dejó más claro esto que la abrasadora reaparición reinante de los Rolling Stones con Some Girls. Era un disco grabado en París, pero sus referentes y referencias eran neoyorkinas. Era el mundo que Mick Jagger había aprendido quemando la noche junto a Bianca, de la cual estaba a punto de divorciarse tal y como menciona, tal vez cínica, tal vez irónicamente en Some Girls: “Give me half your money, give me half your car / Give me half of everything, I'll make you world's biggest star”.
Cole Porter nació en Perú, una ciudad de Indiana, EE. UU., en 1891. Su abuelo era un rico comerciante y su padre un empresario y pianista aficionado. Las expectativas familiares eran que Cole fuera abogado, pero ajeno a ellas decidió ser músico, formándose en Harvard y perfeccionando sus conocimientos en París, donde vivió unos años, coordinando los estudios con la bohemia nocturna. Cole Porter pronto reconoció su homosexualidad, lo cual no le impide casarse en 1919 con Linda Lee Thomas, una rica divorciada ocho años mayor que él. Este matrimonio de conveniencia aportó a Cole nuevos contactos con la alta sociedad y a Linda el glamur de dejarse ver con el talentoso músico.
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