En el antiguo Egipto no existe un concepto equivalente al de religión, categoría analítica moderna que presupone una dicotomía entre lo sagrado y lo profano. En su cosmovisión, lo sagrado impregna todos los ámbitos de la vida, desde la política y la economía hasta la cotidianidad y el cosmos.
La religión egipcia es un sistema complejo y dinámico de teologías, prácticas y creencias que evoluciona a lo largo de más de tres milenios. Al carecer de un libro sagrado único y de una doctrina unificada, se manifiesta en una multiplicidad de expresiones (textos funerarios, mitos, rituales, himnos, arte, templos, prácticas cotidianas, etc.) integradas en el tejido social. En consecuencia, lo divino está presente en todos los aspectos de la existencia.
Comprender esta concepción exige, por tanto, abandonar categorías modernas como “fe” o “creencia personal”, y aproximarse a una visión del mundo en la que el orden cósmico, la estabilidad social y la continuidad de la existencia están intrínsecamente ligados. La religión no se limita a explicar el origen del mundo, sino que tiene como función primordial garantizar su permanencia, un principio denominado Maat.