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Reseñas

El mar que no está triste ni azul

Como dice Daniel Entrialgo, el color azul es como un concierto de los Rolling Stones, los macarrones con tomate, la pintura impresionista, una canasta de Michael Jordan o una vieja película de Steven Spielberg: gusta a todo el mundo o, lo…

¿Dónde me coloco cuando la historia tira un córner?

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Son las preguntas existenciales clásicas que el pintor Paul Gauguin inmortalizó en su obra de 1897, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston. La banda punk-rock Siniestro Total añadió, en la canción del álbum “Menos mal que nos queda Portugal”, una cuarta pregunta: “¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?”. Hay más preguntas, como las que formula Bertolt Brecht en Preguntas de un obrero ante un libro: ¿el joven Alejandro conquistó la India él solo? ¿Cuándo César derrotó a los galos no llevaba siquiera cocinero? ¿Cuándo Felipe II lloró por su flota hundida, no lo hizo nadie más? Y preguntas más simples pero, según las circunstancias, no menos importantes, como la que plantea en la película Evasión o victoria (John Huston, 1981) el portero accidental Hatch (Sylvester Stallone) a Colby (Micael Caine) cuando viajan a jugar un partido de fútbol contra la selección de la Alemania nazi: “Colby, ¿dónde me pongo cuando tiren un córner?”

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Seis (más una) Cleopatras

Las Cleopatras Las reinas olvidadas de Egipto   Lloyd Llewellyn-Jones 407 páginas Ático de los libros. Barcelona, 2025     ¿Por qué Lloyd LLewellyn-Jones empieza su libro sobre las Cleopatras citando a la actriz Mae West? Porque puede. Porque Llewellyn-Jones es……...

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Los espías (sin pajarita) que surgieron de la Antigüedad

Hay tipos como un servidor que creían que los servicios secretos, los espías y todo ese misterioso mundo de gabardinas y microfilms era una cosa de la guerra fría, de las novelas de John Le Carré y de las aventuras de Bond, James Bond. El espía que surgió del frío, Agente 007 contra Dr. No… Cary Grant metiéndose en líos de espionaje en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Richard Burton volviendo locos a los nazis (y a los espectadores) en El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), las escuchas de Gene Hackman en La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), el fascinante espía nazi interpretado por Donald Sutherland en El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981)… Todo eso. Pero si leemos Servicios secretos de la Antigüedad, el ensayo coordinado por Fernando Bermejo-Rubio sobre los orígenes históricos del espionaje, el mundo de los espías y de los servicios de inteligencia se expande como un globo al alcance de un niño. No es solo que la búsqueda y acopio de información sea una actividad que vaya más allá de la guerra fría y de James Bond, sino que según Bermejo-Rubio son tareas elementales en los miembros de la especie humana. De James Bond a la especie humana. Vaya salto.

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La fragilidad del bien

La Ley de Godwin postula lo siguiente: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación con Hitler o los nazis tiende a uno (100%)”. La falacia “Reductio ad Hitlerum” consiste en invalidar una idea solo porque Adolf Hitler y los nazis la defendían. En la mente nazi. 12 advertencias de la historia, del historiador británico Laurence Rees, no es uno de esos libros que demuestran que a medida que uno avanza en la búsqueda de novedades literarias en internet la posibilidad de que aparezca un libro sobre los nazis tiende a uno. El ensayo de Rees tampoco invalida lo que sucede en el mundo de hoy porque todo es abierta o sutilmente nazi (Trump, X, el fútbol, Putin, Israel, el feminismo, algunos taxistas, Arturo Pérez Reverte, la eutanasia, el ecologismo, los toros, las autopistas, los profesores que suspenden mucho, las vacunas, los Juegos Olímpicos, Pedro Sánchez…).

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Tras las huellas de María José Solano siguiendo los pasos de Patrick Leigh Fermor

Ojalá que usted no haya leído ningún libro de Patrick Leigh Fermor, y ojalá que esta reseña de Una aventura griega le empuje a hacerlo como el astuto viento del norte empujó a Vianne en la película Chocolat a abrir una chocolatería en Lansquenet-sous-Tannes. Me gustaría que usted no haya leído El tiempo de los regalos, Entre el bosque y el agua y El último tramo, la trilogía que recoge las andanzas (nunca mejor dicho) del jovencísimo Leigh Fermor desde Hoek Van Holland hasta Constantinopla, y me gustaría que esté deseando terminar de leer esta reseña para salir corriendo a encargarlos en la librería más cercana. Me haría tan, tan, tan feliz que este artículo le descubriera Mani: Viajes por el sur del Peloponeso y Roumeli: Viajes por el norte de Grecia, dos magníficos libros de viaje (y mucho más) por Grecia, que solo pensarlo hace que me vea a mí mismo como un tramoyista abriendo el telón en un teatro lleno de niños. A María José Solano, la autora de Una aventura griega, Patrick Leigh Fermor le resultaba un completo desconocido hasta que se cruzó en su camino la biografía de Fermor escrita por Artemis Cooper, y fue esa lectura la que empujó a Solano a dejarlo todo para seguir las huellas de aquel hombre fascinante. ¿Acaso aspiro con esta reseña a que usted lo deje todo para seguir las huellas de Patrick Leigh Fermor? No exactamente. A lo que aspiro es a que usted lo deje todo para seguir las huellas de María José Solano siguiendo los pasos de Patrick Leigh Fermor. Yo lo hice.

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Los andamios del Partenón y la estatua inexistente de Elgin

Bruce Springsteen me miró en un concierto, Woody Allen me firmó una vez un autógrafo y Mary Beard y yo nos dirigimos un kalimera (“buenos días”, en griego) cuando nos cruzamos en la visita que la maravillosa escritora, profesora y divulgadora británica hizo al Museo Villa Romana de Veranes en Gijón (sí, es verdad, tendría que haberla saludado en latín, pero…). Estoy muy orgulloso de mi currículum. Creo que he leído todos los libros de Mary Beard que han sido traducidos al español, he visto los estupendos documentales en los que ha participado e incluso tuve la suerte de escucharla en directo cuando estuvo en Oviedo recogiendo el Premio Príncipe de Asturias...

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La Biblioteca encontrada

Antonio Rico.
La Biblioteca de Alejandría no es una de las maravillas del mundo antiguo (sí lo es el faro de Alejandría), pero fue una maravilla del mundo que, como todo lo sólido, se disolvió en el aire de la historia. El filólogo e historiador del mundo antiguo Luciano Canfora (autor también de “Una profesión peligrosa: la vida cotidiana de los filósofos griegos” o “El mundo de Atenas”) ha escrito un libro sobre la Biblioteca de Alejandría que es también una maravilla de divulgación, análisis, investigación y hasta puntillismo erudito. De entre las muchas cosas que aprendemos leyendo “La biblioteca desaparecida” hay una que impactará a los cinéfilos que han visto cien veces la deslumbrante Cleopatra (1963) de J. L. Mankiewicz o la un poquito irritante César y Cleopatra (Caesar and Cleopatra, 1945) de Gabriel Pascal.

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Una razón para creer

Jorge Alonso.
Es difícil imaginar al tipo de sensibilidad explosiva que en 1979 ponía en órbita al público del Madison Square Garden de Nueva York los días 21 y 22 de septiembre en los No Nukes, dos conciertos contra la proliferación de armas nucleares que Jackson Brown organizó y que El Jefe y su E Street Band hicieron legendarios, inolvidables, imprescindibles. Es difícil, decíamos, imaginarlo escribiendo apenas tres años después de aquel despliegue una canción como “Nebraska”, un disco como Nebraska, un estado de ánimo como el del Nebraska.

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¿Quién está dispuesto a comprar un debate sobre el tiempo?

Antonio Rico.
El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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El mar que no está triste ni azul

Como dice Daniel Entrialgo, el color azul es como un concierto de los Rolling Stones, los macarrones con tomate, la pintura impresionista, una canasta de Michael Jordan o una vieja película de Steven Spielberg: gusta a todo el mundo o, lo…

¿Dónde me coloco cuando la historia tira un córner?

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Son las preguntas existenciales clásicas que el pintor Paul Gauguin inmortalizó en su obra de 1897, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston. La banda punk-rock Siniestro Total añadió, en la canción del álbum “Menos mal que nos queda Portugal”, una cuarta pregunta: “¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?”. Hay más preguntas, como las que formula Bertolt Brecht en Preguntas de un obrero ante un libro: ¿el joven Alejandro conquistó la India él solo? ¿Cuándo César derrotó a los galos no llevaba siquiera cocinero? ¿Cuándo Felipe II lloró por su flota hundida, no lo hizo nadie más? Y preguntas más simples pero, según las circunstancias, no menos importantes, como la que plantea en la película Evasión o victoria (John Huston, 1981) el portero accidental Hatch (Sylvester Stallone) a Colby (Micael Caine) cuando viajan a jugar un partido de fútbol contra la selección de la Alemania nazi: “Colby, ¿dónde me pongo cuando tiren un córner?”

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Seis (más una) Cleopatras

Las Cleopatras Las reinas olvidadas de Egipto   Lloyd Llewellyn-Jones 407 páginas Ático de los libros. Barcelona, 2025     ¿Por qué Lloyd LLewellyn-Jones empieza su libro sobre las Cleopatras citando a la actriz Mae West? Porque puede. Porque Llewellyn-Jones es……...

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Los espías (sin pajarita) que surgieron de la Antigüedad

Hay tipos como un servidor que creían que los servicios secretos, los espías y todo ese misterioso mundo de gabardinas y microfilms era una cosa de la guerra fría, de las novelas de John Le Carré y de las aventuras de Bond, James Bond. El espía que surgió del frío, Agente 007 contra Dr. No… Cary Grant metiéndose en líos de espionaje en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Richard Burton volviendo locos a los nazis (y a los espectadores) en El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), las escuchas de Gene Hackman en La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), el fascinante espía nazi interpretado por Donald Sutherland en El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981)… Todo eso. Pero si leemos Servicios secretos de la Antigüedad, el ensayo coordinado por Fernando Bermejo-Rubio sobre los orígenes históricos del espionaje, el mundo de los espías y de los servicios de inteligencia se expande como un globo al alcance de un niño. No es solo que la búsqueda y acopio de información sea una actividad que vaya más allá de la guerra fría y de James Bond, sino que según Bermejo-Rubio son tareas elementales en los miembros de la especie humana. De James Bond a la especie humana. Vaya salto.

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Ojalá que usted no haya leído ningún libro de Patrick Leigh Fermor, y ojalá que esta reseña de Una aventura griega le empuje a hacerlo como el astuto viento del norte empujó a Vianne en la película Chocolat a abrir una chocolatería en Lansquenet-sous-Tannes. Me gustaría que usted no haya leído El tiempo de los regalos, Entre el bosque y el agua y El último tramo, la trilogía que recoge las andanzas (nunca mejor dicho) del jovencísimo Leigh Fermor desde Hoek Van Holland hasta Constantinopla, y me gustaría que esté deseando terminar de leer esta reseña para salir corriendo a encargarlos en la librería más cercana. Me haría tan, tan, tan feliz que este artículo le descubriera Mani: Viajes por el sur del Peloponeso y Roumeli: Viajes por el norte de Grecia, dos magníficos libros de viaje (y mucho más) por Grecia, que solo pensarlo hace que me vea a mí mismo como un tramoyista abriendo el telón en un teatro lleno de niños. A María José Solano, la autora de Una aventura griega, Patrick Leigh Fermor le resultaba un completo desconocido hasta que se cruzó en su camino la biografía de Fermor escrita por Artemis Cooper, y fue esa lectura la que empujó a Solano a dejarlo todo para seguir las huellas de aquel hombre fascinante. ¿Acaso aspiro con esta reseña a que usted lo deje todo para seguir las huellas de Patrick Leigh Fermor? No exactamente. A lo que aspiro es a que usted lo deje todo para seguir las huellas de María José Solano siguiendo los pasos de Patrick Leigh Fermor. Yo lo hice.

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Bruce Springsteen me miró en un concierto, Woody Allen me firmó una vez un autógrafo y Mary Beard y yo nos dirigimos un kalimera (“buenos días”, en griego) cuando nos cruzamos en la visita que la maravillosa escritora, profesora y divulgadora británica hizo al Museo Villa Romana de Veranes en Gijón (sí, es verdad, tendría que haberla saludado en latín, pero…). Estoy muy orgulloso de mi currículum. Creo que he leído todos los libros de Mary Beard que han sido traducidos al español, he visto los estupendos documentales en los que ha participado e incluso tuve la suerte de escucharla en directo cuando estuvo en Oviedo recogiendo el Premio Príncipe de Asturias...

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Antonio Rico.
La Biblioteca de Alejandría no es una de las maravillas del mundo antiguo (sí lo es el faro de Alejandría), pero fue una maravilla del mundo que, como todo lo sólido, se disolvió en el aire de la historia. El filólogo e historiador del mundo antiguo Luciano Canfora (autor también de “Una profesión peligrosa: la vida cotidiana de los filósofos griegos” o “El mundo de Atenas”) ha escrito un libro sobre la Biblioteca de Alejandría que es también una maravilla de divulgación, análisis, investigación y hasta puntillismo erudito. De entre las muchas cosas que aprendemos leyendo “La biblioteca desaparecida” hay una que impactará a los cinéfilos que han visto cien veces la deslumbrante Cleopatra (1963) de J. L. Mankiewicz o la un poquito irritante César y Cleopatra (Caesar and Cleopatra, 1945) de Gabriel Pascal.

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Una razón para creer

Jorge Alonso.
Es difícil imaginar al tipo de sensibilidad explosiva que en 1979 ponía en órbita al público del Madison Square Garden de Nueva York los días 21 y 22 de septiembre en los No Nukes, dos conciertos contra la proliferación de armas nucleares que Jackson Brown organizó y que El Jefe y su E Street Band hicieron legendarios, inolvidables, imprescindibles. Es difícil, decíamos, imaginarlo escribiendo apenas tres años después de aquel despliegue una canción como “Nebraska”, un disco como Nebraska, un estado de ánimo como el del Nebraska.

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El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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