El profesor Moriarty y las matemáticas

Sherlock Holmes es un personaje literario que ha traspasado el ámbito de la novela detectivesca y se ha convertido en un icono popular. Originalmente creado por el escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930), sus aventuras las narra su compañero, el doctor John Watson. Precisamente Conan Doyle compartía con este último la carrera de medicina.

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El retablo de los hermanos Marx. Una poética materialista

1. En este artículo, propongo un ensayo de hermenéutica materialista de la conocida escena del camarote de los hermanos Marx, que aparece en la película, Una noche en la ópera (San Wood, 1935). Este icono cinematográfico se ha convertido en un paradigma proverbial con el que invocamos el caos, la estrechez, el exceso. El gag parece autosuficiente. Un camarote mínimo se abre como una trampa y comienza a recibir cuerpos, oficios, objetos, una procesión creciente de intrusos que acaban por abolir la lógica del espacio. Uno ríe porque el cuarto no puede contener lo que contiene. Ríe, en el fondo, porque el mundo se vuelve físicamente absurdo. El efecto cómico se produce por la ruptura de la circunspección de la acción. Así ocurre cuando inundamos un camarote mínimo con más de diez personas que vienen a hacer las cosas más insospechadas.

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¿Qué hace un filósofo como Aristóteles en una abadía donde los monjes mueren envenenados?

Estamos en el año del Señor de 1327 y a Umberto Eco le apetece envenenar a un monje. Pero vamos a dejar algo bien claro antes de empezar: una cosa es El nombre de la rosa, la novela de Eco, y otra El nombre de la rosa (1986), la película de Jean-Jacques Annaud. La película de Annaud (director también de la maravillosa aventura prehistórica En busca del fuego, 1981) se presenta como un “palimpsesto” sobre El nombre de la rosa. Es decir que, en este caso, una rosa no es una rosa: son dos.

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Verano del 72: cruzando el puente sobre el río Kwai

Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.

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Danzad, danzad, malditos

Como dice el humorista Leo Harlem: “Llega ese día fatídico en que te miras en el espejo y dices: pero bueno, pero bueno, pero bueno, si tengo tripita”; y escuchas por detrás la voz de tu pareja (o de tu superyo, si eres freudiano) y te dice: “Mañana, mañana nos apuntamos a bailar”. Y, entre risas nerviosas y mala conciencia, vas y aceptas.

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Impetuoso… ¡Homérico!

"Vamos a bailar. ¿Bailar? Ahí moriremos aplastados. ¿Qué mejor forma de morir?." Diálogo entre la taxista Hilde Esterhazy (Betty Garrett) y el marinero Chip (Frank Sinatra) en un atestado club de Nueva York en Un día en Nueva York (On the Town, 1949), de Stanley Donen y Gene Kelly con guion de Adolph Green y Betty Comden.

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De la imbecilidad moral

Silvia Cosío. ¡Y vaya si era una amenaza! Porque para Ellen Berent (Gene Tierney) y Russell Quinton (Vincent Price) el amor es amenazador, terrible, asfixiante, lleno de rencor y egoísmo. Como Catherine y Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”, el amor saca lo peor de Ellen y Russell, destruyendo todo a su paso y, al igual que con Catherine y Heathcliff, a todo el mundo le hubiera ido mucho mejor si hubieran acabado juntos. En este caso no es difícil imaginar a Ellen y Russell como unos Underwood de los años cuarenta, pero Ellen se enamora de Richard Harland (Cornel Wilde) en un tren y se lía parda. Porque ella es bella y él idiota, la receta perfecta para el desastre: al fin y al cabo son  los ingredientes principales con los que se hornearon la mayoría de las películas de cine negro.

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Entrevista a Antonio Miguel Robles Blanco, fundador de la Cadena Clarín de cines

Los cinéfilos asturianos le debemos mucho a Miguel Robles (Gijón, 1940); y Miguel Robles, como empresario nuestro de cine que fue, nos debía una explicación, y esa explicación que nos debía nos la va a pagar porque Miguel Robles, como empresario de cine nuestro que fue… Bienvenido a XLI, míster Robles.

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¿Cuánto tiempo llevas remando, XLI?

Enrique Á. Mastache. Ben-Hur (1959), la película de William Wyler, es un pretexto. Y es que de algún modo sugerente se tenía que presentar la vida, pasión y muerte de Cristo, y se tomó como excusa esta estupenda película de romanos…

El profesor Moriarty y las matemáticas

Sherlock Holmes es un personaje literario que ha traspasado el ámbito de la novela detectivesca y se ha convertido en un icono popular. Originalmente creado por el escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930), sus aventuras las narra su compañero, el doctor John Watson. Precisamente Conan Doyle compartía con este último la carrera de medicina.

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El retablo de los hermanos Marx. Una poética materialista

1. En este artículo, propongo un ensayo de hermenéutica materialista de la conocida escena del camarote de los hermanos Marx, que aparece en la película, Una noche en la ópera (San Wood, 1935). Este icono cinematográfico se ha convertido en un paradigma proverbial con el que invocamos el caos, la estrechez, el exceso. El gag parece autosuficiente. Un camarote mínimo se abre como una trampa y comienza a recibir cuerpos, oficios, objetos, una procesión creciente de intrusos que acaban por abolir la lógica del espacio. Uno ríe porque el cuarto no puede contener lo que contiene. Ríe, en el fondo, porque el mundo se vuelve físicamente absurdo. El efecto cómico se produce por la ruptura de la circunspección de la acción. Así ocurre cuando inundamos un camarote mínimo con más de diez personas que vienen a hacer las cosas más insospechadas.

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Estamos en el año del Señor de 1327 y a Umberto Eco le apetece envenenar a un monje. Pero vamos a dejar algo bien claro antes de empezar: una cosa es El nombre de la rosa, la novela de Eco, y otra El nombre de la rosa (1986), la película de Jean-Jacques Annaud. La película de Annaud (director también de la maravillosa aventura prehistórica En busca del fuego, 1981) se presenta como un “palimpsesto” sobre El nombre de la rosa. Es decir que, en este caso, una rosa no es una rosa: son dos.

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Verano del 72: cruzando el puente sobre el río Kwai

Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.

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Como dice el humorista Leo Harlem: “Llega ese día fatídico en que te miras en el espejo y dices: pero bueno, pero bueno, pero bueno, si tengo tripita”; y escuchas por detrás la voz de tu pareja (o de tu superyo, si eres freudiano) y te dice: “Mañana, mañana nos apuntamos a bailar”. Y, entre risas nerviosas y mala conciencia, vas y aceptas.

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Silvia Cosío. ¡Y vaya si era una amenaza! Porque para Ellen Berent (Gene Tierney) y Russell Quinton (Vincent Price) el amor es amenazador, terrible, asfixiante, lleno de rencor y egoísmo. Como Catherine y Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”, el amor saca lo peor de Ellen y Russell, destruyendo todo a su paso y, al igual que con Catherine y Heathcliff, a todo el mundo le hubiera ido mucho mejor si hubieran acabado juntos. En este caso no es difícil imaginar a Ellen y Russell como unos Underwood de los años cuarenta, pero Ellen se enamora de Richard Harland (Cornel Wilde) en un tren y se lía parda. Porque ella es bella y él idiota, la receta perfecta para el desastre: al fin y al cabo son  los ingredientes principales con los que se hornearon la mayoría de las películas de cine negro.

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Los cinéfilos asturianos le debemos mucho a Miguel Robles (Gijón, 1940); y Miguel Robles, como empresario nuestro de cine que fue, nos debía una explicación, y esa explicación que nos debía nos la va a pagar porque Miguel Robles, como empresario de cine nuestro que fue… Bienvenido a XLI, míster Robles.

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