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Reportaje

¿Por qué hay nada en lugar de algo? Viajes a la nada histórica, artística y arqueológica (II)

Cuando el compositor y filósofo estadounidense John Cage entró en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard, una sala capaz de absorber el 99% de las ondas sonoras que creaba un vacío acústico casi perfecto, no se encontró con el silencio absoluto porque se lo impidieron los latidos de su corazón y el sonido de la sangre circulando por su cabeza. Cage entendió que el silencio es lo que permite escuchar eso que está oculto detrás de los sonidos cotidianos. El sonido del silencio, precisamente...

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Un verano de cine: regreso a Sad Hill, cuando el mito sacraliza el territorio

Esta crónica personal comienza en realidad en la edición de 2025 del festival Luna de Cortos que se celebra en Riego de la Vega (León). Su director, Balbino Ferrero, me había invitado a participar como miembro del Jurado. En la gala de entrega de premios me pidió que entregara el premio honorifico por toda su carrera a Luis Fernández de Eribe, un actor que tiene, entre muchos de sus méritos, que la primera película en la que participó fuera precisamente El bueno el feo y el malo. Cuando me lo pidió Balbino me pareció muy emocionante. Esa película mítica forma parte de mi vida desde los tiempos en que mi padre me llevó a verla algún domingo por la tarde de aquellos años 70 en el Gran Cine Imperial de Benavides de Órbigo. Seguramente, el proyectista de aquella ocasión pudo haber sido Trebolín, uno de los personajes extraordinarios que han ido adquiriendo justa notoriedad en el contexto de este Festival de Luna de Cortos, porque gracias a él se ha dado a conocer la extraordinaria labor que Trebolín ha ido haciendo a lo largo de las últimas décadas, recogiendo y restaurando cientos de máquinas de proyección cinematográfica, muestra de una pasión de película por el cine. Pero de ellos hablaremos en detalle en otro artículo también para XLI.

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¿Por qué hay algo en lugar de nada? Viajes al algo histórico, artístico y arqueológico (I)

Mary Beard dice en Clásicos sin filtros que, aunque se ha perdido gran parte de la literatura clásica, lo que resulta sorprendente no es lo mucho que se ha perdido, sino que se haya preservado tanto gracias a los esfuerzos de los arqueólogos, de generaciones de copistas esclavos, de monjes cristianos que continuaron la tarea de traductores árabes, de eruditos del Renacimiento… Parafraseando a Rabindranath Tagore, si lloramos por todo lo que se ha perdido, las lágrimas no nos dejarán ver lo que se ha conservado. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, la serie de artículos que iniciamos en el número IV de XLI, va en esa línea, complementaria de la que seguimos en la serie “¿Por qué hay nada en lugar de algo?”. Seamos optimistas. Maravillas como el templo de Zeus en Atenas, el monasterio de Santa María de Rioseco en Burgos, el templo de Artemisa en Éfeso o el templo de Segesta en Sicilia no han llegado intactas a nuestros días, es cierto, pero hay algo en lugar de nada. A veces, hay mucho. Otras veces, muy poco, como en el caso del templo de Artemisa y su única columna en pie. Conteste a esta pregunta: ¿qué prefiere, que hablemos de una obra de arte en esta sección porque todavía hay algo en lugar de nada, o que nos ocupemos de ella en la otra sección porque hay nada en lugar de algo?

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¿Por qué hay nada en lugar de algo?

El filósofo alemán Gottfried Leibniz se preguntó en el siglo XVII por qué hay algo en lugar de nada. ¿Por qué existe la revista XLI, el lector de XLI y, para abreviar, el universo? ¿No es más sencilla la nada que el ser? La nada no tiene que ser explicada, pero el ser da para muchos libros e incluso para alguna que otra tertulia televisiva. Ya no es cuestión de si vivimos o no en el mejor de los mundos posibles, sino por qué hay algo en lugar de nada. Ludwig Wittgenstein dice en su Tractatus Logico-Philosophicus que lo místico no es cómo es el mundo, sino que el mundo sea, aunque esta cuestión no es más que un pseudoproblema: hablar de por qué hay algo en lugar de nada no tiene sentido porque excede los límites del lenguaje.

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Un día y tres estaciones en el Museu Egipci de Barcelona (y alrededores)

¿Conocen la “prueba de la puerta” que propone Sonny a Calogero en la película Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para saber si la chica con la que va a tener una cita puede ser su primer amor? Consiste en que el hombre para el coche delante de la chica, el seguro de su puerta tiene que estar cerrado; el chico sale, cierra la puerta con llave y se acerca a la chica, la conduce hasta el coche, saca la llave y deja que suba. Cuando la chica esté dentro, el chico vuelve a cerrar la puerta; luego va por detrás y mira por la ventanilla trasera, si la chica no se mueve para levantar el seguro de la puerta del chico para que entre, hay que olvidar a esa chica porque significa que solo piensa en ella. Una versión de la “prueba de la puerta” de Sonny podría servir para medir el cariño y respeto con los que un museo recibe a sus visitantes. ¿Levantan los seguros simbólicos de las puertas para que el público entre y disfrute? ¿Se preocupan por los visitantes más que por sí mismos? La chica de Calogero pasó la “prueba de la puerta”. El Museu Egipci de Barcelona, también.

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¿Por qué hay nada en lugar de algo? Viajes a la nada histórica, artística y arqueológica (II)

Cuando el compositor y filósofo estadounidense John Cage entró en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard, una sala capaz de absorber el 99% de las ondas sonoras que creaba un vacío acústico casi perfecto, no se encontró con el silencio absoluto porque se lo impidieron los latidos de su corazón y el sonido de la sangre circulando por su cabeza. Cage entendió que el silencio es lo que permite escuchar eso que está oculto detrás de los sonidos cotidianos. El sonido del silencio, precisamente...

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Esta crónica personal comienza en realidad en la edición de 2025 del festival Luna de Cortos que se celebra en Riego de la Vega (León). Su director, Balbino Ferrero, me había invitado a participar como miembro del Jurado. En la gala de entrega de premios me pidió que entregara el premio honorifico por toda su carrera a Luis Fernández de Eribe, un actor que tiene, entre muchos de sus méritos, que la primera película en la que participó fuera precisamente El bueno el feo y el malo. Cuando me lo pidió Balbino me pareció muy emocionante. Esa película mítica forma parte de mi vida desde los tiempos en que mi padre me llevó a verla algún domingo por la tarde de aquellos años 70 en el Gran Cine Imperial de Benavides de Órbigo. Seguramente, el proyectista de aquella ocasión pudo haber sido Trebolín, uno de los personajes extraordinarios que han ido adquiriendo justa notoriedad en el contexto de este Festival de Luna de Cortos, porque gracias a él se ha dado a conocer la extraordinaria labor que Trebolín ha ido haciendo a lo largo de las últimas décadas, recogiendo y restaurando cientos de máquinas de proyección cinematográfica, muestra de una pasión de película por el cine. Pero de ellos hablaremos en detalle en otro artículo también para XLI.

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¿Por qué hay algo en lugar de nada? Viajes al algo histórico, artístico y arqueológico (I)

Mary Beard dice en Clásicos sin filtros que, aunque se ha perdido gran parte de la literatura clásica, lo que resulta sorprendente no es lo mucho que se ha perdido, sino que se haya preservado tanto gracias a los esfuerzos de los arqueólogos, de generaciones de copistas esclavos, de monjes cristianos que continuaron la tarea de traductores árabes, de eruditos del Renacimiento… Parafraseando a Rabindranath Tagore, si lloramos por todo lo que se ha perdido, las lágrimas no nos dejarán ver lo que se ha conservado. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, la serie de artículos que iniciamos en el número IV de XLI, va en esa línea, complementaria de la que seguimos en la serie “¿Por qué hay nada en lugar de algo?”. Seamos optimistas. Maravillas como el templo de Zeus en Atenas, el monasterio de Santa María de Rioseco en Burgos, el templo de Artemisa en Éfeso o el templo de Segesta en Sicilia no han llegado intactas a nuestros días, es cierto, pero hay algo en lugar de nada. A veces, hay mucho. Otras veces, muy poco, como en el caso del templo de Artemisa y su única columna en pie. Conteste a esta pregunta: ¿qué prefiere, que hablemos de una obra de arte en esta sección porque todavía hay algo en lugar de nada, o que nos ocupemos de ella en la otra sección porque hay nada en lugar de algo?

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¿Por qué hay nada en lugar de algo?

El filósofo alemán Gottfried Leibniz se preguntó en el siglo XVII por qué hay algo en lugar de nada. ¿Por qué existe la revista XLI, el lector de XLI y, para abreviar, el universo? ¿No es más sencilla la nada que el ser? La nada no tiene que ser explicada, pero el ser da para muchos libros e incluso para alguna que otra tertulia televisiva. Ya no es cuestión de si vivimos o no en el mejor de los mundos posibles, sino por qué hay algo en lugar de nada. Ludwig Wittgenstein dice en su Tractatus Logico-Philosophicus que lo místico no es cómo es el mundo, sino que el mundo sea, aunque esta cuestión no es más que un pseudoproblema: hablar de por qué hay algo en lugar de nada no tiene sentido porque excede los límites del lenguaje.

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¿Conocen la “prueba de la puerta” que propone Sonny a Calogero en la película Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para saber si la chica con la que va a tener una cita puede ser su primer amor? Consiste en que el hombre para el coche delante de la chica, el seguro de su puerta tiene que estar cerrado; el chico sale, cierra la puerta con llave y se acerca a la chica, la conduce hasta el coche, saca la llave y deja que suba. Cuando la chica esté dentro, el chico vuelve a cerrar la puerta; luego va por detrás y mira por la ventanilla trasera, si la chica no se mueve para levantar el seguro de la puerta del chico para que entre, hay que olvidar a esa chica porque significa que solo piensa en ella. Una versión de la “prueba de la puerta” de Sonny podría servir para medir el cariño y respeto con los que un museo recibe a sus visitantes. ¿Levantan los seguros simbólicos de las puertas para que el público entre y disfrute? ¿Se preocupan por los visitantes más que por sí mismos? La chica de Calogero pasó la “prueba de la puerta”. El Museu Egipci de Barcelona, también.

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