No vivimos, afortunadamente, en esa realidad física, subatómica, en la que el aire que nos rodea no se diferencia materialmente de una mesa, Bertrand Russell dixit2, o de nuestros propios cuerpos... Todo ello, un enjambre de partículas elementales en rapidísimo movimiento.
Nosotros vivimos en un mundo donde podemos poner un papel en una mesa y escribir en él, pero no en el aire, porque se caería; del mismo modo, podemos hendir ese aire con un objeto punzante sin que pase nada, pero no nuestro cuerpo, si es que no queremos provocarle, por mano propia, una incisión por la que mane la sangre y en la que sintamos dolor...
Por eso, sin duda, Lawrence rechaza en su poema las ideas de Anaxágoras3 considerándolas una especia de pedantería cientifista que destruye la belleza y la experiencia humana inmediata… Porque en ella la nieve es de esa blanca pureza que despierta el deleite y el gozo sensorial… Y, al final, la vida solo podemos vivirla a través de los sentidos más allá de las frías leyes por muy científicas que sean o muy bien argumentadas filosóficamente que estén. Y es que tenemos una conexión vívida y orgánica con la naturaleza de la que formamos parte, y, por ello, nuestras percepciones sensoriales de la misma son causa esencial de nuestro asombro4 y felicidad… No podemos, pues, aceptar certezas absolutas basadas en lo superficial, pero debemos seguir indagando en las verdades vitales que conforman nuestro ser y estar en el mundo más allá de la mera lógica.