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XLI - IV

Un paseo por Berlín

Si está pensando en visitar Berlín y quiere salirse de las rutas habituales, le invito a dar un paseo por mis rincones favoritos de esta ciudad, en la que vivo desde hace más de una década. Una ciudad llena de cultura, historia y, ante todo, cambios.

Uno de los barrios que mejor representa estos cambios es Prenzlauer Berg, barrio obrero en sus inicios y hoy territorio de familias jóvenes acomodadas, expats y supermercados bio. Entremedias, sus calles han sido testigos de algunos de los momentos que han marcado la historia reciente.

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Filosofía de urgencia sobre la paz

Paces, una historia de la paz y del pacifismo, viene a cubrir un hueco manifiesto en la literatura sobre la historia de la paz y el pacifismo en español. Aunque se ha escrito mucho sobre la paz, faltaba en español una obra completa, académica y rigurosa que hilara los hechos, relatos y acontecimientos sobre el tema. Sin embargo, la paz se presenta históricamente para los autores como algo plural, en construcción, imperfecto, que no presenta un desarrollo lineal o progresivo. Por eso mismo, Román García Fernández, Alberto Fernández Fernández y José Antonio Díaz Díaz han preferido empezar por un recorrido histórico de los distintos conceptos de paz dados a lo largo del tiempo, para evitar posibles tentaciones metafísicas o idealistas a la hora de abordar la construcción filosófica de la idea de paz.

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Un verano de cine: regreso a Sad Hill, cuando el mito sacraliza el territorio

Esta crónica personal comienza en realidad en la edición de 2025 del festival Luna de Cortos que se celebra en Riego de la Vega (León). Su director, Balbino Ferrero, me había invitado a participar como miembro del Jurado. En la gala de entrega de premios me pidió que entregara el premio honorifico por toda su carrera a Luis Fernández de Eribe, un actor que tiene, entre muchos de sus méritos, que la primera película en la que participó fuera precisamente El bueno el feo y el malo. Cuando me lo pidió Balbino me pareció muy emocionante. Esa película mítica forma parte de mi vida desde los tiempos en que mi padre me llevó a verla algún domingo por la tarde de aquellos años 70 en el Gran Cine Imperial de Benavides de Órbigo. Seguramente, el proyectista de aquella ocasión pudo haber sido Trebolín, uno de los personajes extraordinarios que han ido adquiriendo justa notoriedad en el contexto de este Festival de Luna de Cortos, porque gracias a él se ha dado a conocer la extraordinaria labor que Trebolín ha ido haciendo a lo largo de las últimas décadas, recogiendo y restaurando cientos de máquinas de proyección cinematográfica, muestra de una pasión de película por el cine. Pero de ellos hablaremos en detalle en otro artículo también para XLI.

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Por la gracia de la canción

A veces nos hemos complicado mucho la vida, pero desde el principio ha estado la canción. Ted Gioia en La música: una historia subversiva (Turner, 2019) ya desgrana cuán adecuados para la acústica son los lugares en los que aparece arte parietal, aunque, si bien es cierto que podemos encontrar instrumentos de hace decenas de miles de años, no podemos encontrar una "partitura" paleolítica de una voz humana. Las flautas de hueso y marfil del Paleolítico superior, algunas de ellas datadas en torno a hace 35.000–40.000 años, demuestran la existencia de una tradición musical compleja. Pero esas flautas no nos dicen si sus intérpretes cantaban simultáneamente, ni si el canto precedió a los instrumentos. Una figura cicládica de un arpista, fechada ca. 2800–2700 a. C., ha sido interpretada como representación de músicos que podían actuar como transmisores de historia, mitología y música en una época anterior a la escritura. El Epitafio de Seikilos (siglos I-II d. C.) es la muestra completa más antigua que manejamos —hay ejemplos más antiguos, como el Himno Hurrita o los fragmentarios himnos mesopotámicos—, y nosotros seguimos tarareando las melodías que nos llegan, las más pegadizas, incluso las más pegajosas. En medio de estos fenómenos previos y el consumo contemporáneo hay mucho que contar; pero si queremos saber, incluso saborear, el inicio de lo que ahora llamamos Pop (la música popular), Bob Stanley ha escrito una guía, una historia, definitiva.

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Entrevista a Patricia Rodríguez, directora de “Drácula”, de Guayominí Producciones

El 25 de septiembre se estrenó en el Teatro Jovellanos de Gijón “Drácula”, la originalísima y arriesgada versión de la novela de Bram Stoker llevada a cabo por Guayominí Producciones, interpretada por Arantxa F. Ramos, Hugo Manso, Rubén Arcas y Manu Lobo. Guayominí es una compañía asturiana fundada en 2015, y su “Drácula” ha recibido el Premio Jovellanos a la Producción Escénica 2026. Comedia (incluso a costa de Drácula), música original e interacción con los espectadores son el sello de identidad de esta compañía que se atreve hasta con los clásicos que dan más miedo. Hablamos con Patricia Rodríguez, directora de “Drácula” (con apunte final de Arantxa F. Ramos).

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Viaje discontinuo.

Habíamos dejado Guimaraes y este viaje portugués se iba adaptando a la planificación y a la improvisación, a las realidades y a las sorpresas. Un viaje más en tantos años, de voces y ritmos sosegados, de pratos do día, de bacalao grelhado y pastelitos de nata. Creer y crearse, como un fado eterno, en la Portugal amada de siempre, presos de su saudade y de nuestra nostalgia.

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¿Por qué hay algo en lugar de nada? Viajes al algo histórico, artístico y arqueológico (I)

Mary Beard dice en Clásicos sin filtros que, aunque se ha perdido gran parte de la literatura clásica, lo que resulta sorprendente no es lo mucho que se ha perdido, sino que se haya preservado tanto gracias a los esfuerzos de los arqueólogos, de generaciones de copistas esclavos, de monjes cristianos que continuaron la tarea de traductores árabes, de eruditos del Renacimiento… Parafraseando a Rabindranath Tagore, si lloramos por todo lo que se ha perdido, las lágrimas no nos dejarán ver lo que se ha conservado. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, la serie de artículos que iniciamos en el número IV de XLI, va en esa línea, complementaria de la que seguimos en la serie “¿Por qué hay nada en lugar de algo?”. Seamos optimistas. Maravillas como el templo de Zeus en Atenas, el monasterio de Santa María de Rioseco en Burgos, el templo de Artemisa en Éfeso o el templo de Segesta en Sicilia no han llegado intactas a nuestros días, es cierto, pero hay algo en lugar de nada. A veces, hay mucho. Otras veces, muy poco, como en el caso del templo de Artemisa y su única columna en pie. Conteste a esta pregunta: ¿qué prefiere, que hablemos de una obra de arte en esta sección porque todavía hay algo en lugar de nada, o que nos ocupemos de ella en la otra sección porque hay nada en lugar de algo?

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Cuerpos especiales

Nada me gustaría más que empezar este humilde artículo rememorando una infancia plagada de programas de radio, en un flashback de película, como en Días de radio (Woody Allen, 1987). Pero como la vida real no funciona con las mismas estructuras que la ficción, solo puedo hablar de lo feliz que me hacía el Manolito Gafotas radiofónico de Elvira Lindo, al que escuchaba en su sección en A vivir que son dos días junto con Fernando Delgado.

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El dolmen de Menga: la perpetuación de una mirada

Recientemente tuve ocasión de visitar el conjunto arqueológico de los Dólmenes de Antequera. A pesar de conocer la información que hay sobre él, nada sustituye la experiencia de entrar en aquellas construcciones neolíticas. De entre ellos, el de Menga es el mayor monumento megalítico de la península. La UNESCO lo ha definido como uno de los ejemplos más importantes del megalitismo europeo. Construido entre 3800 y 3600 a. C., es mil años más antiguo que Stonehenge, por poner una referencia. Se trata de una obra de ingeniería extraordinaria, con unos 25 metros de longitud del espacio interior y más de 800 toneladas de piedra en conjunto con una concepción estructural impresionante. 

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¿Por qué ir teatro en el siglo XXI?

El arte teatral existe desde que apareció el ser humano, o eso me imagino. En las cuevas prehistóricas, algunos se revestirían con pieles y contarían historias de cacerías alrededor de las hogueras para divertir a sus congéneres durante las largas veladas del invierno paleolítico. Cuando llegó el sedentarismo y durante algunos miles de años, los buhoneros iban por los mercados contando historias que reunían que a su alrededor a los habitantes de aquellos poblados. Los griegos llevaron a su cúspide el arte teatral. Construyeron edificios majestuosos donde exhibían su talento. Desde las tragedias en que sus dioses aparecían como personajes principales hasta las comedias satíricas que alegraban a los espectadores. De hecho, muchas de estas obras han llegado hasta la actualidad porque hablan de amores, venganzas, traiciones y sentimientos que son de siempre y donde los espectadores se ven reconocidos. Los romanos continuaron su estela. Recomiendo a los que tengáis la ocasión visitar el teatro romano de Merida, donde se representan estas obras clásicas en un entorno maravilloso y donde te sientes transportado muchos siglos atrás.

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Un paseo por Berlín

Si está pensando en visitar Berlín y quiere salirse de las rutas habituales, le invito a dar un paseo por mis rincones favoritos de esta ciudad, en la que vivo desde hace más de una década. Una ciudad llena de cultura, historia y, ante todo, cambios.

Uno de los barrios que mejor representa estos cambios es Prenzlauer Berg, barrio obrero en sus inicios y hoy territorio de familias jóvenes acomodadas, expats y supermercados bio. Entremedias, sus calles han sido testigos de algunos de los momentos que han marcado la historia reciente.

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Filosofía de urgencia sobre la paz

Paces, una historia de la paz y del pacifismo, viene a cubrir un hueco manifiesto en la literatura sobre la historia de la paz y el pacifismo en español. Aunque se ha escrito mucho sobre la paz, faltaba en español una obra completa, académica y rigurosa que hilara los hechos, relatos y acontecimientos sobre el tema. Sin embargo, la paz se presenta históricamente para los autores como algo plural, en construcción, imperfecto, que no presenta un desarrollo lineal o progresivo. Por eso mismo, Román García Fernández, Alberto Fernández Fernández y José Antonio Díaz Díaz han preferido empezar por un recorrido histórico de los distintos conceptos de paz dados a lo largo del tiempo, para evitar posibles tentaciones metafísicas o idealistas a la hora de abordar la construcción filosófica de la idea de paz.

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Un verano de cine: regreso a Sad Hill, cuando el mito sacraliza el territorio

Esta crónica personal comienza en realidad en la edición de 2025 del festival Luna de Cortos que se celebra en Riego de la Vega (León). Su director, Balbino Ferrero, me había invitado a participar como miembro del Jurado. En la gala de entrega de premios me pidió que entregara el premio honorifico por toda su carrera a Luis Fernández de Eribe, un actor que tiene, entre muchos de sus méritos, que la primera película en la que participó fuera precisamente El bueno el feo y el malo. Cuando me lo pidió Balbino me pareció muy emocionante. Esa película mítica forma parte de mi vida desde los tiempos en que mi padre me llevó a verla algún domingo por la tarde de aquellos años 70 en el Gran Cine Imperial de Benavides de Órbigo. Seguramente, el proyectista de aquella ocasión pudo haber sido Trebolín, uno de los personajes extraordinarios que han ido adquiriendo justa notoriedad en el contexto de este Festival de Luna de Cortos, porque gracias a él se ha dado a conocer la extraordinaria labor que Trebolín ha ido haciendo a lo largo de las últimas décadas, recogiendo y restaurando cientos de máquinas de proyección cinematográfica, muestra de una pasión de película por el cine. Pero de ellos hablaremos en detalle en otro artículo también para XLI.

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A veces nos hemos complicado mucho la vida, pero desde el principio ha estado la canción. Ted Gioia en La música: una historia subversiva (Turner, 2019) ya desgrana cuán adecuados para la acústica son los lugares en los que aparece arte parietal, aunque, si bien es cierto que podemos encontrar instrumentos de hace decenas de miles de años, no podemos encontrar una "partitura" paleolítica de una voz humana. Las flautas de hueso y marfil del Paleolítico superior, algunas de ellas datadas en torno a hace 35.000–40.000 años, demuestran la existencia de una tradición musical compleja. Pero esas flautas no nos dicen si sus intérpretes cantaban simultáneamente, ni si el canto precedió a los instrumentos. Una figura cicládica de un arpista, fechada ca. 2800–2700 a. C., ha sido interpretada como representación de músicos que podían actuar como transmisores de historia, mitología y música en una época anterior a la escritura. El Epitafio de Seikilos (siglos I-II d. C.) es la muestra completa más antigua que manejamos —hay ejemplos más antiguos, como el Himno Hurrita o los fragmentarios himnos mesopotámicos—, y nosotros seguimos tarareando las melodías que nos llegan, las más pegadizas, incluso las más pegajosas. En medio de estos fenómenos previos y el consumo contemporáneo hay mucho que contar; pero si queremos saber, incluso saborear, el inicio de lo que ahora llamamos Pop (la música popular), Bob Stanley ha escrito una guía, una historia, definitiva.

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Entrevista a Patricia Rodríguez, directora de “Drácula”, de Guayominí Producciones

El 25 de septiembre se estrenó en el Teatro Jovellanos de Gijón “Drácula”, la originalísima y arriesgada versión de la novela de Bram Stoker llevada a cabo por Guayominí Producciones, interpretada por Arantxa F. Ramos, Hugo Manso, Rubén Arcas y Manu Lobo. Guayominí es una compañía asturiana fundada en 2015, y su “Drácula” ha recibido el Premio Jovellanos a la Producción Escénica 2026. Comedia (incluso a costa de Drácula), música original e interacción con los espectadores son el sello de identidad de esta compañía que se atreve hasta con los clásicos que dan más miedo. Hablamos con Patricia Rodríguez, directora de “Drácula” (con apunte final de Arantxa F. Ramos).

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Habíamos dejado Guimaraes y este viaje portugués se iba adaptando a la planificación y a la improvisación, a las realidades y a las sorpresas. Un viaje más en tantos años, de voces y ritmos sosegados, de pratos do día, de bacalao grelhado y pastelitos de nata. Creer y crearse, como un fado eterno, en la Portugal amada de siempre, presos de su saudade y de nuestra nostalgia.

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Mary Beard dice en Clásicos sin filtros que, aunque se ha perdido gran parte de la literatura clásica, lo que resulta sorprendente no es lo mucho que se ha perdido, sino que se haya preservado tanto gracias a los esfuerzos de los arqueólogos, de generaciones de copistas esclavos, de monjes cristianos que continuaron la tarea de traductores árabes, de eruditos del Renacimiento… Parafraseando a Rabindranath Tagore, si lloramos por todo lo que se ha perdido, las lágrimas no nos dejarán ver lo que se ha conservado. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, la serie de artículos que iniciamos en el número IV de XLI, va en esa línea, complementaria de la que seguimos en la serie “¿Por qué hay nada en lugar de algo?”. Seamos optimistas. Maravillas como el templo de Zeus en Atenas, el monasterio de Santa María de Rioseco en Burgos, el templo de Artemisa en Éfeso o el templo de Segesta en Sicilia no han llegado intactas a nuestros días, es cierto, pero hay algo en lugar de nada. A veces, hay mucho. Otras veces, muy poco, como en el caso del templo de Artemisa y su única columna en pie. Conteste a esta pregunta: ¿qué prefiere, que hablemos de una obra de arte en esta sección porque todavía hay algo en lugar de nada, o que nos ocupemos de ella en la otra sección porque hay nada en lugar de algo?

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El arte teatral existe desde que apareció el ser humano, o eso me imagino. En las cuevas prehistóricas, algunos se revestirían con pieles y contarían historias de cacerías alrededor de las hogueras para divertir a sus congéneres durante las largas veladas del invierno paleolítico. Cuando llegó el sedentarismo y durante algunos miles de años, los buhoneros iban por los mercados contando historias que reunían que a su alrededor a los habitantes de aquellos poblados. Los griegos llevaron a su cúspide el arte teatral. Construyeron edificios majestuosos donde exhibían su talento. Desde las tragedias en que sus dioses aparecían como personajes principales hasta las comedias satíricas que alegraban a los espectadores. De hecho, muchas de estas obras han llegado hasta la actualidad porque hablan de amores, venganzas, traiciones y sentimientos que son de siempre y donde los espectadores se ven reconocidos. Los romanos continuaron su estela. Recomiendo a los que tengáis la ocasión visitar el teatro romano de Merida, donde se representan estas obras clásicas en un entorno maravilloso y donde te sientes transportado muchos siglos atrás.

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