Mary Beard dice en Clásicos sin filtros que, aunque se ha perdido gran parte de la literatura clásica, lo que resulta sorprendente no es lo mucho que se ha perdido, sino que se haya preservado tanto gracias a los esfuerzos de los arqueólogos, de generaciones de copistas esclavos, de monjes cristianos que continuaron la tarea de traductores árabes, de eruditos del Renacimiento… Parafraseando a Rabindranath Tagore, si lloramos por todo lo que se ha perdido, las lágrimas no nos dejarán ver lo que se ha conservado. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, la serie de artículos que iniciamos en el número IV de XLI, va en esa línea, complementaria de la que seguimos en la serie “¿Por qué hay nada en lugar de algo?”. Seamos optimistas. Maravillas como el templo de Zeus en Atenas, el monasterio de Santa María de Rioseco en Burgos, el templo de Artemisa en Éfeso o el templo de Segesta en Sicilia no han llegado intactas a nuestros días, es cierto, pero hay algo en lugar de nada. A veces, hay mucho. Otras veces, muy poco, como en el caso del templo de Artemisa y su única columna en pie. Conteste a esta pregunta: ¿qué prefiere, que hablemos de una obra de arte en esta sección porque todavía hay algo en lugar de nada, o que nos ocupemos de ella en la otra sección porque hay nada en lugar de algo?



































