Algunas calles del planeta contienen elementos donde el hormigón y el ladrillo dejan de ser simple material de construcción para convertirse en testimonio de la música. En Nueva York tienes el cruce de Ludlow con Rivington de Manhattan (ahora la “Beastie Boys Square”, portada de su Paul’s Boutique (1989) o St. Mark’s Place (Led Zeppelin, Physical Graffiti); en Londres, el paso de cebra de Abbey Road. Pero si caminas por el Puerto Deportivo de Gijón, en un punto de conexión del Muelle con el barrio de Cimadevilla, te encuentras con un pasaje colorido de peldaños ascendentes: la Escalera del Rock.
Ubicada entre las calles Claudio Alvargonzález y Óscar Olavarría, esta escalinata era hasta hace unos años anodina y oscura, regada con más frecuencia de lo deseable por la urgencia de paseantes nocturnos. Sin embargo, hoy encontramos en ella un monumento vivo a la melomanía. De un mero atajo urbano a un reciclaje ingenioso de 42 peldaños que muestran algunos de los mejores momentos de la cultura musical de nuestro tiempo. La lista de los mejores discos de la historia. Aunque – y no cargaremos demasiado las tintas en este asunto- sería más preciso afirmar que se trata de obras significativas desde 1959 hasta principios de los 90 de la música anglosajona. Lo dejamos ahí.
Mossel y la conexión sudafricana
La historia de esta intervención es realmente peculiar. Mossel (1976-2018) era un artista callejero sudafricano, licenciado en Bellas Artes, que había actuado sobre paredes de varios lugares del mundo (habitualmente de forma clandestina), cuando fue descubierto para nuestra ciudad por Lucas Altamira, creador en 2012 de su propia galería de arte contemporáneo. Ambos se habían conocido en Nueva York, y conectado en su forma de entender la calle como soporte artístico y canal de comunicación. Mossel había vivido un tiempo cerca de las escaleras, con lo que conceptualizó una obra a medida de ese rincón. Finalmente, la obra se llevó a cabo la Noche Blanca de octubre de 2012: se tituló “Stairway to Heaven”, y en el frontal de cada escalón se le aplicó un color y el título de un álbum, inspirándose en la lista de los mejores discos del rock de la revista Rolling Stone.
Por supuesto, dada su localización frente al salitre del puerto, y el paso de los viandantes, la Escalera del Rock no ha permanecido inalterable. El propio Lucas Altamira la ha restaurado en más de una ocasión. De hecho, la paleta de colores o de discos históricos no es exactamente la misma. Tampoco ha sido ajena a la intervención espontánea de algún melómano que ha considerado enmendar alguna ausencia, inevitable, en el muestrario de obras del rock. Pero aquí entraríamos en una discusión violenta de madrugada en la barra de un bar. Desde 2012 hasta la fecha se han “caído” obras como Master of Puppets de Metallica o It Takes a Million of Nations to Hold us Back de Public Enemy, en favor de incorporaciones como Thriller de Michael Jackson. Se han mantenido obras tan cuestionables como bizarras como la película The Rolling Stones Rock and Roll Circus, mientras se ha caído el Sticky Fingers de la misma banda. ¿Eran necesarias dos publicaciones de Guns N’Roses quitando espacio a Black Sabbath o a Kraftwerk o a The Stooges?
Tómalo como quieras pero, en cualquier caso, busca este rincón. Sube despacio y lee cada título. Prepara, si lo deseas, una playlist con esas joyas. O mejor aún, completa tu discografía, poco a poco, recuperando el gusto por lo tangible que resiste heroicamente el paso del tiempo.
Los peldaños, las obras: una breve reseña de cada una
1. Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band – The Beatles (1967)
Podría ser considerado el álbum más importante de la historia del pop, y la cúspide de la experimentación de los Beatles, por lo que no está mal su lugar en lo alto de la Escalera. Instrumentos de cuerda, arreglos orquestales, mellotrones, sitares y pianos embellecen una música que va mucho más allá del clásico concepto guitarra-bajo-batería, entrando de lleno en su período psicodélico. Grabado en los estudios de Abbey Road bajo la producción de George Martin, este hizo de la tecnología del momento y de las técnicas de grabación un laboratorio que fue clave en el resultado final. Cortes como “A Day in the Life”, “Lucy in the Sky with Diamonds» o “With a Little Help from My Friends” están entre lo más granado de la psicodelia beatle. Y su portada quedará como un icono cultural y un fiel reflejo del universo particular de sus surcos, que va más allá de las canciones.
“Creo que es el álbum más influyente de los Beatles […]. Hay otros álbumes igual de buenos de diferentes maneras. Pero Sgt. Pepper es el álbum más notable de los Beatles porque fue tan diferente, y un cambio tan grande con respecto a lo que estaba sucediendo en ese momento. Estaban sucediendo tantas pequeñas cosas, y parecía que todas culminaron en Sgt. Pepper”. Paul McCartney

2. Pet Sounds – The Beach Boys (1966)
Brian Wilson compuso, prácticamente en solitario —apoyado únicamente por el letrista Tony Asher—, una obra conceptual que se adelantó unos meses a Revolver y un año a Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, ambos por los Beatles. En este caso, su elemento distintivo lo constituyen las armonías vocales, creando un muro de sonido en el que se entrelazan instrumentos poco usuales como timbales, theremin y hasta timbres de bicicleta. La combinación de una profundidad emocional poco habitual en el pop de la época con la belleza y sofisticación de sus arreglos de estudio y melodías lo convirtió en una obra cumbre en la música popular del siglo XX. Canciones como “Wouldn’t it Be Nice”, “God Only Knows” o “Caroline, No” son buena muestra de ello. Su impacto en las décadas siguientes – aunque tuvo un tibio recibimiento en los EE.UU., logró un gran éxito en Reino Unido- es comparable al de las grandes obras de los Beatles.

3. Highway To Hell – AC/DC (1979)
Fue la última obra de la banda con Bon Scott al frente, marcando un punto de inflexión comercial que les catapultó al Top 20 en Estados Unidos y al Top 10 en el Reino Unido. Si bien Let There Be Rock (1977) podría reivindicarse como la quintaesencia de su sonido durante la década de los setenta, Highway to Hell abría con un tema homónimo que se convirtió en el himno más rutilante del grupo, y un tótem fundamental del hard rock. El álbum se estructura sobre la sólida sección rítmica de Phil Rudd (batería) y Cliff Williams (bajo), sobre la que se despliega una interacción magnética entre las guitarras de Malcom Young y Angus Young (“Shot Down in Flames», “If You Want Blood (You’ve Got It)” o la pegadiza “Touch Too Much” son buen ejemplo). Bon Scott se muestra sobrado de potencia y carisma por encima de la tormenta de decibelios. En definitiva, una apuesta segura para triunfar pinchando rock de alto voltaje.

4. Highway 61 Revisited – Bob Dylan (1965)
Si en su anterior obra maestra, Bringing It All Back Home, Dylan ya había explorado la electrificación en una de sus caras, aquí, el considerado uno de los profetas del folk y discípulos aventajados de Woody Guthrie, dio la vuelta de tuerca definitiva. Paseando su Fender Stratocaster con orgullo, reafirmó su nueva identidad en directo, con un punto culminante cuando desafiaba el purismo de los abucheos en Newport Folk Festival. El álbum arranca con un golpe de autoridad con «Like a Rolling Stone», un himno eterno que actúa como piedra de toque para una colección de canciones imprescindibles en la historia de la música popular. El resultado tiene que ver, en buena medida, con el talento de saber elegir a los tipos adecuados para tocar: el órgano de Al Kooper en el corte de apertura – una melodía improvisada en el último momento que se convierte en un riff icónico-, junto al despliegue guitarrístico de Mike Boomfield o la versatilidad de Charlie McCoy ayudarían a impulsar a esta obra a la cúspide del cancionero del siglo XX.

5. Legend – Bob Marley & The Wailers (1984)
Editado tres años después de la muerte de Bob Marley, este recopilatorio de catorce cortes se consolidó como la puerta de entrada al reggae en medio mundo. Su versión original en LP de vinilo incluyó diez de los once sencillos que el artista colocó en el top 40 en Reino Unido. Los cortes seleccionados fueron las versiones publicadas como single, de menor duración, algo que se modificaría en ediciones posteriores en CD. El caso es que ha trascendido su condición de antología para convertirse el álbum de reggae más vendido de la historia, y un impulso indudable a la figura del artista. Canciones como «No Woman, No Cry» o «Redemption Song» se erigieron en himnos universales, y Legend en la puerta de entrada para millones de personas a la apreciable discografía de Marley, o incluso otras figuras de la cultura rasta. Resulta curioso recordar que Bob Marley, mientras vivía, no superó el puesto nº 8 en el Billboard 200 de EE. UU. (con Rastaman Vibration, en 1976), mientras con Legend llegó al nº 5 en 2014 y ya ha superado las 900 semanas en la lista, siendo el segundo disco en superar esa cifra, tras The Dark Side of The Moon de Pink Floyd.

6. What’s Going On – Marvin Gaye (1971)
A principios de los años setenta, la exitosa fórmula de Motown que había creado Berry Gordy Jr. en Detroit a principios de los 60, comenzaba a mostrar síntomas de fatiga. Su modelo de producción en cadena -eficiente para conquistar la radio, pero opresivo para las inquietudes creativas de algunos de sus artistas- imponía límites que Marvin Gaye se negó a tolerar. Él fue uno de los primeros en romper esas ataduras, para entregar una obra maestra de soul introspectivo e inquietudes políticas. Se trata de uno de los primeros álbumes conceptuales de la música negra estadounidense, ante un panorama marcado por la pobreza y el racismo («Inner City Blues (Make Me Wanna Holler)”), la crisis ecológica («Mercy Mercy Me (The Ecology”) o la desilusión tras la guerra de Vietnam («What’s Happening Brother», “»What’s Going On»). La producción, con sus capas de voces, suntuosos arreglos de cuerdas, metales y percusiones, creó una atmósfera que competía con la crudeza de las letras, en una estructura de canciones enlazadas que se suceden con fluidez.

7. Exile on Main Street – The Rolling Stones (1972)
En abril de 1971 los Rolling Stones habían partido al sur de Francia, huyendo de los impuestos británicos. Allí fueron encontrando alojamiento en distintos enclaves. Mick Jagger se mudaba a Saint-Tropez con Bianca, donde se casarían en mayo. Charlie Watts viviría con su familia en la región de Cévennes. Bill Wyman y Mick Taylor se fueron a vivir a Grasse. Keith Richards alquiló la Villa Nellcôte en Villefranche-sur-mer, y es este el enclave donde sucedió lo que nos ocupa: Keith logró convencer a la banda para instalarse allí, cerca de Niza y Marsella. De modo que trajeron de Inglaterra el Rolling Stones Mobile Studio, pasando cables y equipo al sótano de la casa. Y allí comenzaron unas sesiones caóticas, creativas y aderezadas con sustancias, que se prolongaban hasta altas horas de la noche, en junio de 1971. En cualquier caso, este disco doble es proclamado por muchos como su obra maestra. Algo discutible en una banda que anunciaba su decadencia, pero es indudable que esta amalgama de blues, gospel, country y rock and roll suena sucia, densa y auténtica. No hay hits pulidos o canciones redondas para la radio, pero su atmósfera es adictiva. Es la resaca tras su cumbre en Sticky Fingers, un vaciado de cargador por pura supervivencia, antes de comenzar la cuesta abajo. Por tanto, un disco con aristas, excesivo, pero sin artificios, que nos legó hitos de la talla de “Rocks Off”, “Tumbling Dice”, “Happy” o “Shine a Light”.

8. London Calling – The Clash (1979)
“Caliente, furioso y reflexivo, seguro, melódico y hardrockero, este es el mejor doble LP desde Exile on Main Street. Y se vende por unos 7,50 dólares”, sentenció el prestigioso periodista musical Robert Christgau. Con este álbum, The Clash expandió las fronteras del punk integrando reggae, rockabilly, jazz y pop en una obra que rebosaba urgencia y ambición en sus surcos. En paralelo a su progreso en términos de sonido y arreglos, la vertiente política y social de las letras de Joe Strummer madura y expande su paleta temática. El tema “Spanish Bombs”, una de las canciones más destacadas, hace referencia a la Guerra Civil Española, a Federico García Lorca y el idealismo de las Brigadas Internacionales. Mención aparte merece su icónica portada, con la instantánea de Pennie Smith que captura a Paul Simonon estrellando el bajo contra el suelo. Este diseño de Rob Lowry rinde homenaje al álbum de debut de Elvis Presley. Sigue siendo un disco definitivo del rock combativo que, paradójicamente, terminó siendo representado en 2010 en un sello emitido por la Royal Mail de Reino Unido.

9. Blonde on Blonde – Bob Dylan (1966)
Blonde on Blonde cerró por todo lo alto la trilogía eléctrica de Dylan, precedida por Bringing it all back home y Highway 61 revisited, y es considerado el primer álbum de estudio doble de la historia del rock. El proceso de grabación fue realmente complicado, comenzando en Nueva York – entre octubre de 1965 y enero de 1966, en sesiones que darían posteriormente varias entregas de “The Bootleg Series”- con The Hawks, el germen de The Band, y culminando en Nashville – en febrero y marzo de 1966 -, sumando la participación de músicos locales. Fue así como Dylan capturó la atmósfera que describía como “That Thin, Wild Mercury Sound” (sonido fino y salvaje de mercurio). A su amalgama eléctrica de rock, blues, folk y country, se une una escritura que arroja metáforas casi indescifrables, y una voz expresiva donde Dylan alcanza su tono y fraseo definitivos. El misterioso accidente de moto en Woodstock en julio de 1966 generaría un paréntesis en su carrera que, visto en perspectiva, parecía inevitable.

10. The White Album – The Beatles (1968)
Tras la perfección de Sgt. Pepper’s, y un viaje al norte de la India de retiro y efervescencia compositiva, los Beatles regresaron con material más que suficiente para un álbum doble. El resultado fue un crisol de estilos musicales y estados de ánimo desordenado y fascinante: de la diversión de “Back In The USSR” o “Ob-La-Di Ob-La-Da” al proto-metal “Helter Skelter” o la melancólica “While My Guitar Gently Weeps”. Era la obra de una banda en la cumbre de su gloria, pero que ya iniciaba su proceso de desintegración, especialmente tras la muerte de su mánager Brian Epstein en agosto de 1967. Las tensiones internas condicionaron el proceso de grabación, que en muchos casos se hacía por separado, hasta el punto de que Ringo Starr abandonó temporalmente la banda durante las sesiones para pasar las vacaciones en el yate de su amigo Peter Sellers. En cualquier caso, estamos ante una obra enciclopédica, 28 canciones en 93 minutos de música que ha pasado a la historia.

11. The Sun Sessions – Elvis Presley (1976 – Grabaciones 1954-55)
Aunque editado como álbum décadas más tarde, The Sun Sessions es una recopilación de temas que habían sido grabados como singles. Bajo la guía del productor Sam Phillips en el 706 de Union Avenue en Memphis, un jovencísimo Elvis Presley mezcló country, rhythm and blues, góspel… desafiando barreras raciales en una América segregada. Su importancia es fundacional: podría considerarse el origen del rock and roll/rockabilly, condensado en urgentes versiones de «That’s All Right» – primer single de Elvis Presley, considerado por la revista Rolling Stone como el 8º mejor single de debut de todos los tiempos- y su cara B, “Blue Moon of Kentucky”, merced a la nerviosa guitarra eléctrica de Scotty Moore y el contrabajo galopante de Bill Black. Elvis, con 19 añitos, reclamaba su propio espacio en la historia, un momento de colisión cultural que cambió el mundo para siempre.

12. Kind of Blue – Miles Davis (1959)
Coronado como el álbum más vendido de la historia del jazz (cinco discos de platino en EE. UU.) y, muy probablemente, el más aclamado, esta obra se grabó en apenas diez horas repartidas entre el 2 de marzo y el 22 de abril de 1959. Miles Davis, grabando junto a leyendas como John Coltrane (saxo tenor) y Bill Evans (piano, salvo un tema interpretado por Wynton Kelly), junto con Julian «Cannonball» Adderley (saxo alto), Paul Chambers (contrabajo) y Jimmy Cobb (batería), abandonó las estructuras rígidas del bebop para explorar el jazz modal. En aquel momento constituyó una tormenta perfecta de oportunidad, talento y exploración del jazz: en un momento de hegemonía de solos virtuosos y cambios rápidos y complejos del hard bop, Kind of Blue ofrecía una respiración y una melancolía cinematográficas, una lección magistral de minimalismo, espacio y elegancia que demostró que, en la música, a veces menos es más.

13. The Velvet Underground & Nico – The Velvet Underground (1967)
Es difícil no verse atrapado por el inicio de este disco con “Sunday Morning”: una melodía de celesta, recordando una caja de música, seguida del bajo de Sterling Morrison – que normalmente tocaba la guitarra, ya que John Cale ejercía de bajísta- , antes de la entrada de la voz susurrante (aparentemente femenina) de Lou Reed. Una delicia. Producido según los créditos por Andy Warhol – que ejercía más bien de mecenas y protector del grupo, sin pasar apenas por el estudio-, el «disco del plátano» es el reverso del apogeo hippie. Mientras en la Costa Oeste de los EE. UU. se cantaba al amor y la paz, Lou Reed escribía sobre heroína, sadomasoquismo y la decadencia de Nueva York. John Cale inyectaba vanguardia experimental, disonante y minimalista: una atmósfera inquietante, hipnótica, antesala del art-rock, el punk o el noise (escúchese con atención la enfermiza “Heroín” o “Venus in Furs”). Warhol introdujo a la cantante Nico, que con su voz grave y gélida intervino en tres canciones y se convirtió en un icono contracultural del momento. No es extraño el fracaso comercial en su tiempo, sellando un destino maldito que a la postre se rehabilitaría para impregnar a la historia del rock.

14. Abbey Road – The Beatles (1969)
Aunque Let It Be se editó unos meses más tarde, realmente Abbey Road fue el último disco grabado por los Beatles, y realmente es una despedida gloriosa… y distinta. Al ser uno de los primeros discos grabados en ocho pistas, la banda logró un sonido que aún hoy suena contemporáneo, y es el canto de cisne de George Martin a los mandos de la producción. El tono general es más sombrío (si exceptuamos la deliciosa “Here Comes The Sun” de George Harrison) que en sus obras anteriores, terminando la cara A con la machacona y oscura coda de ‘I Want You (She’s So Heavy)’, que se corta bruscamente. Como colofón, el icónico «medley» de la cara B conforma una suite sinfónica pop llena de contrastes a partir de piezas que, por sí mismas, probablemente no hubiesen tenido el mismo efecto. Su primer single fue “Come Together/Something” (un sencillo de doble cara A), llegando a nº 1 en EE. UU. “Fue un disco muy feliz”, rememoraría George Martin años después; “supongo que fue feliz porque todo el mundo pensaba que iba a ser el último”.

15. Are You Experienced? – Jimi Hendrix Experience (1967)
Jimi Hendrix aterrizó en la escena londinense como un extraterrestre armado con una Stratocaster. Era zurdo, y tocaba una guitarra para diestros dada la vuelta y encordada al revés. La importancia de su debut discográfico no solamente se basó en grandes canciones -había diferencias sensibles entre la primera edición británica y estadounidense, pero ambas incluían clásicos como “Manic Depression”, “Fire” o “Foxy Lady”-, sino en su uso del feedback y la distorsión, que llevaba al límite en directo. El pedal wah-wah de Vox lo incorporaría en siguientes grabaciones, pero aquí se adelantó haciendo el efecto manualmente, en “I Don’t Live Today”. Fusionaba el blues (“Red House”, en la edición británica) con la psicodelia (“Purple Haze”, en la edición estadounidense). Su impacto lo describe a la perfección las palabras de Brian May, de Queen: “Había escuchado el solo de Stone Free y me negaba a creer que alguien pudiera tocarlo de verdad. Tenía que ser algún tipo de truco de estudio, la forma en que él le habla a la guitarra y la guitarra le responde […]. Así que fui al Saville, decidido a no creerlo. Pero me quedé impresionado. Pensé: este tipo es lo más asombroso que he visto en mi vida. […]. Tuve que replantearme todo. Cambió la técnica de la guitarra para siempre; después de Hendrix, nada volvió a sonar igual”.

16. Appetite for Destruction – Guns N’ Roses (1987)
El legado y la importancia histórica de Guns N’Roses están sujetos a debate, pero es indudable que su irrupción tuvo lugar en un momento clave de finales de los años ochenta. A mediados de esa década el rock estaba dominado por el glam metal inofensivo y los sintetizadores, con las figuras del hard rock de mediados de los años setenta en horas bajas. En un álbum crudo y visceral, capturaron la decadencia urbana de Los Ángeles y devolvieron cierta sensación de peligro al rock, revitalizando con una actitud punk el viejo manual de estilo del hard rock clásico. Además tenían la imagen: su portada original fue censurada, y el público no pudo resistirse a la actitud rebelde de Axl Rose y la silueta icónica de Slash, encabezando una banda realmente sólida. Propulsados por temas como «Welcome to the Jungle», “Paradise CIty” o “Sweet Child of Mine” lograron un éxito mundial que se fue cimentando paso a paso, llegando a la cima del Billboard trece meses después de su publicación.

17. Nevermind – Nirvana (1991)
El comentario más predecible afirmaría que, a principios de los 90, este disco cambió el eje de la cultura pop y cómo «Smells Like Teen Spirit» fue el single en el que Kurt Cobain cristalizó la angustia, la alienación y el pesimismo de la Generación X. Lo evidente es su conexión con el paso del rock alternativo y el grunge de los sótanos de Seattle a la primera fila de las listas de éxitos: no en vano, el vídeo de este tema se convirtió en un icono de la MTV. En cualquier caso, más allá de la mitomanía, es cierto que este movimiento constituyó un fenómeno cultural que condicionó a la industria musical y promovió la estética de greñas, camisa a cuadros y vaqueros loose fit. Y a pesar de ser una propuesta rudimentaria y poco original, estas canciones fueron escritas con un talento que captó la atención de una generación. La producción de Butch Vig equilibró la furia punk con melodías pop memorables (“Come As You Are”, “Lithium”, “Breed”), iniciando una era – deudora tanto de The Beatles como de los Pixies – y reivindicando, a la vez, a bandas de finales de los 80 situadas en los márgenes del underground (como Sonic Youth, Mudhoney o los propios Pixies).

18. Born to Run – Bruce Springsteen (1975)
En 1974, con apenas 25 años y dos elepés que no habían llegado al top 50 en las listas estadounidenses, Bruce Springsteen estaba en una encrucijada. Tras decenas de conciertos girando por los Estados Unidos, su capacidad de convocatoria no era suficiente para que CBS tuviese confianza en su carrera. “CBS estaba pensando en prescindir de Bruce. El vicepresidente, Charles Koppelman, estaba promocionando a Billy Joel. Le importaba un bledo Bruce. Bruce había pasado gran parte de ese verano grabando Born To Run , pero a Columbia no le interesaba publicarlo ni dejarnos grabar ningún otro tema para el álbum” (Mike Appel, mánager en aquel tiempo). Para este tercer disco, Springsteen compuso un cancionero épico inspirado en el lado gris del sueño americano y la huida, con una producción deudora del Wall of Sound de Phil Spector y desarrollos grandilocuentes (“Born To Run”, “Jungleland”, “Backstreets”, “Thunder Road”). Mike Appel, ante la indiferencia de CBS, envió unas 40 copias de la canción “Born To Run” a las emisoras de radio más populares del país. Este último disparo funcionó: “Así que se la envié a todos los DJs y todos empezaron a ponerla. Los chicos corrían a las tiendas preguntando por ella, pensando que podían comprar un álbum, pero solo había un sencillo y no lo podían comprar”. La E Street Band ya rendía a pleno rendimiento. Lo demás es historia.

19. Astral Weeks – Van Morrison (1968)
Tras separarse de su banda Them en Belfast, Van Morrison aterrizó en Nueva York en 1967. Un problemático contrato con Bang Records – la discográfica del compositor y productor Bert Berns -, le obligó a huir de mafiosos de La Gran Manzana hasta Boston. Allí, sobreviviendo a base de conciertos acústicos en clubes locales, tendría la oportunidad de encontrarse con el productor Lewis Merenstein (cazatalentos de Warner Bros.). Eso le dio la oportunidad de registrar (en Century Sound Studios, Manhattan) un cancionero que incluía ideas nacidas en sus meses de aislamiento. Grabado en apenas tres sesiones, el segundo disco de Van Morrison es una gran obra donde se mezcla folk, jazz, blues y música clásica, en piezas acústicas que fluyen en una atmósfera mística y poética. Las canciones no tienen estructuras tradicionales, y contaron con músicos de jazz que se enfrentaron a los temas sin ensayos, como el contrabajista Richard Davis, que había tocado con figuras como Miles Davis o Sarah Vaughan. Con guitarras y contrabajos acústicos, la flauta de John Payne y arreglos de cuerda (ideados por Larry Fallon y añadidos posteriormente a las sesiones de grabación), Morrison canta sobre la infancia en Belfast, el amor y la trascendencia, en una obra atemporal y de enorme lirismo.

20. Thriller – Michael Jackson (1982)
Este álbum marcó la música pop de los años 80 y constituyó un fenómeno cultural. Producido por Quincy Jones, Thriller es considerado una de las cimas del pop moderno siendo durante muchos años el disco más vendido de la historia. Michael Jackson había tenido un gran éxito con Off The Wall (1979) y, además de repetir productor, contaría de nuevo con Bruce Swedien, ingeniero que sería un pilar en su sonido analógico. También varios de sus singles -especialmente el que da título al disco, un cortometraje de 14 minutos de duración- definieron la época de los videos de la MTV. Por tanto, como fenómeno social, su importancia es indiscutible y, aunque sus innovaciones se diluyan con el tiempo, deja un legado de canciones de calidad (“Thriller”, “Billie Jean”, “Wanna Be Startin´ Somethin’”) o colaboraciones estelares como Paul McCartney en “The Girl is Mine” o Eddie Van Halen en “Beat It” (¿el mejor tema del disco?). Ocho premios Grammy en 1984 -récord histórico- avalan el fenómeno.

21. The Great Twenty-Eight – Chuck Berry (1982 – Recopila 1955-1965)
En 1982 Chess Records editó esta recopilación de la primera década de grabaciones del artista con la discográfica: 21 singles junto a seis de sus caras B y una pista de su disco de 1965 Chuck Berry in London. Por tanto, podemos considerarlo una biblia de su obra inicial y del nacimiento del rock and roll. Buena parte de los temas de este disco son clásicos que influyeron al instante a la British Invasion (fenómeno musical y cultural que constituyeron The Beatles, Rolling Stones, The Animals o The Who triunfando en los EE. UU. a mediados de los 60). Chuck Berry, sin desviarse de los acordes clásicos del blues y R&B, es uno de los inventores del lenguaje del rock de la guitarra eléctrica, que ha trascendido con los punteos introductorios o los solos de canciones irresistibles como «Johnny B. Goode», «Little Queenie» o «Roll Over Beethoven». Aceleró una mezcla de blues y country, definiendo con el sonido y sus temáticas la cultura adolescente. Por supuesto, en sus presentaciones en directo, era el centro del espectáculo: hizo suyo el Paso del Pato dado a conocer en los años 30 por T-Bone Walker – que, por cierto, también fue pionero en tocar por detrás de la cabeza de la forma que popularizaría décadas después Jimi Hendrix-.

22. Plastic Ono Band – John Lennon (1970)
Plastic Ono Band es el primer y mejor disco en solitario de John Lennon y, probablemente, su única obra maestra. Un disco descarnado, feroz, confesional («No creo en los Beatles/solo creo en mí/Yoko y yo/y esa es la realidad/El sueño ha terminado. ¿Qué puedo decir?”), con canciones simples y con una producción tremendamente cruda. Apenas dos o tres instrumentos por tema: desnudez instrumental acompañando a la desnudez emocional en canciones como “God” (con Billy Preston al piano), “Mother” o el sonido dylaniano de “Working Class Hero”, con Lennon en solitario con la guitarra acústica. Ringo Starr participó tocando la batería, en ocasiones con una contundencia rara vez empleada en los Beatles, y su combinación con Klaus Voorman al bajo -amigo personal de John Lennon- fue un hallazgo: “Fue increíble, John, Klaus y yo. Uno de los mejores tríos que he escuchado. Lo hicimos como una improvisación. Sabíamos que John tenía las canciones y nosotros las tocábamos y sentíamos hacia dónde debían ir. […] Es una de las mejores experiencias que he tenido grabando un disco. Estar en la misma habitación con John, siendo tan sincero, como era él, gritando, chillando y cantando.”. Yoko Ono y Phil Spector colaboraron con Lennon en la producción del álbum. Fue una etapa de catarsis, coincidiendo con su terapia con el psicoterapeuta Arthur Janov, con el que aplicó el “grito primal” (the primal scream), como medio para expiar su propia neurosis.

23. Innervisions – Stevie Wonder (1973)
Existen pocos períodos tan inspirados para un artista como los años 1972-1976, en los que Stevie Wonder encadenó cuatro obras maestras (“Talking Book”, “Innervisions”, “Fulfillingness’ First Finale” y el doble “Songs in the Key of Life”, que posiblemente merecería -por unos centímetros- ocupar antes este lugar). “Innervisions ofrece mi propia perspectiva de lo que sucede en mi mundo, con mi gente, con toda la gente”, dijo en una entrevista con el New York Times en 1973. “Por eso me tomó siete meses completarlo —escribí todas las letras— y por eso creo que es mi álbum más personal. No me importa si solo vende cinco copias; así es como me siento”. Grabado casi íntegramente por él mismo (asume la voz, diversos instrumentos de teclado, armónica, batería…), el disco destaca por el uso pionero de los sintetizadores TONTO, que le dieron un sonido futurista y orgánico a la vez. Ahí conviven el compromiso político (en “Living for the City», narra la discriminación y la pobreza de un hombre negro en la Gran Manzana) con deliciosas baladas (“All in Love is Fair” o “Golden Lady”), y es capaz de dar un carácter experimental y místico al soul y el funk, sin perder su pulsión rítmica (“Higher Ground”, “Too High”). En 1974, ganaría el Premio Grammy a Álbum del Año y a la Mejor Grabación No Clásica con Mejor Ingeniería de Sonido, mientras que «Living for the City» se llevaría el premio a la Mejor Canción de R&B.

24. Live at the Apollo – James Brown (1963)
Desde 1934, el Teatro Apollo de Harlem (Nueva York), operaba como uno de los pilares de la música afroamericana: una sala de conciertos de jazz y swing que había lanzado la carrera de la mismísima Ella Fitzgerald. El 24 de octubre de 1962, James Brown incendió el local con una actuación electrizante cuya grabación constituye uno de los grandes álbumes en vivo de la historia de la música y el lanzamiento definitivo de su carrera, a pesar de las reticencias de su discográfica. The Guardian relata lo que significaba aquello: «Las canciones sonaban muy diferentes en directo. Cualquier artista, si realmente domina su arte, su concierto será el doble de bueno que el disco. Y traté de convencer a King Records». Sin embargo, los álbumes de conciertos eran una rareza en aquella época. […] Así que [Syd] Nathan [jefe de King Records], también conocido por su tacañería, vetó el proyecto. Pero Brown se mantuvo firme, pagando él mismo la grabación y alquilando el Apollo, que costó 5700 dólares, lo que equivaldría a unos 70 000 dólares actuales. Bobby Byrd, de Famous Flames, recuerda: «James era muy intenso porque él mismo reservaba el Apollo. Hizo que todos fueran de esmoquin». James Brown y Famous Flames comenzaron su residencia en el Apollo el 19 de octubre, pero decidieron grabar sus actuaciones el miércoles 24”.
El resultado es un vendaval rítmico implacable -embrión del funk que más tarde él mismo haría explotar con temas como «Papa’s Got a Brand New Bag» (1965) o «Cold Sweat» (1967)- y una lección de control de la audiencia, con una exhibición musical donde confluyeron la comunión absoluta del artista, el grupo vocal que le acompañaba (The Famous Flames) y el rugido del público.

25. Rumours – Fleetwood Mac (1977)
En febrero de 1977 Fleetwood Mac editó un disco de pop inmaculado que resultó un éxito de dimensiones colosales y una fuente ingresos que sigue despachando miles de copias hasta el día de hoy. Un álbum sin apenas fisuras y repleto de canciones radiadas hasta el hartazgo, aunque eso no resta ni un ápice de su relevancia. Sin embargo, su intrahistoria es aún más interesante. La banda, surgida en 1967 como un grupo de blues-rock británico encabezado por el legendario guitarrista Peter Green, mutó hasta establecerse en como un quinteto de pop-rock, con los fundadores Mick Fleetwood (batería) y John McVie (bajo), Christine McVie (teclados y voz desde 1970, casada con John McVie) y la incorporación en enero de 1975 de la pareja Lindsey Buckingham (guitarra y voz) y Stevie Nicks (voz). La grabación se gestó entre disputas, alcohol y cocaína: las dos parejas de la banda se estaban desintegrando, Mick Fleetwood tenía su propio proceso de divorcio, y las composiciones eran un relato de la agónica ruptura. Un álbum lleno de dolor y reproches convertido en el pop más perfecto, brillante y comercial de la historia. Temas irresistibles, como la desesperada y urgente «Go Your Own Way» (compuesta y cantada por Buckingham, guitarrista brillante, por otro lado), la mística de «Dreams» (de Stevie Nicks) o la catártica “The Chain” (la única compuesta por los cinco). Pero es que cada surco justifica su leyenda.

26. The Joshua Tree – U2 (1987)
Durante los años 80, el cuarteto irlandés estaba construyendo, disco a disco, una fama creciente que la estaba situando como una de las grandes bandas del rock de la historia, siendo una de las estrellas del Live Aid (1985). The Joshua Tree fue su confirmación como fenómeno cultural de la música popular y su álbum más vendido, alcanzando el estatus de multiplatino a ambos lados del Atlántico. Para ello contaron de nuevo, tras The Unforgettable Fire (1984), con la producción atmosférica de Brian Eno y Daniel Lanois, donde era protagonista el sonido de la guitarra de The Edge, con un empleo del delay característico. Las canciones crecían en los estadios, con himnos como «With or Without You» o “Where The Streets Have No Name”, y cortes oscuros y apocalípticos como “Bullet The Blue Sky”. Todo ello era el vehículo de otro elemento fundamental: unos textos que constituyen una oda a la tradición norteamericana y a sus contradicciones. El propio Bono diría: “Hay dos Américas: la América mítica y la América real. En aquel entonces, estábamos obsesionados con América. Para los irlandeses, América era una especie de tierra prometida, y también una tierra prometida potencialmente rota”.

27. Use Your Illusion I & II – Guns N’ Roses (1991)
Ya habían transcurrido cuatro años desde “Appetite for Destruction”, celebrado disco de debut y anterior entrega en estudio (no vamos a contar aquel artefacto de 1988 “G N’ R Lies”). Desde el final de su gira en 1988, tampoco había demasiadas buenas noticias de la banda, el grupo había vuelto al estudio a principios de 1990 a las órdenes del productor Mike Clink y, a las primeras de cambio, su batería Steven Adler, era expulsado. Finalmente, en septiembre de 1991 se editaron simultáneamente los dos volúmenes dobles de “Use Your Illusion”, un proyecto impulsado por la ambición de Axl Rose, que expandía su hard rock agresivo a terrenos cercanos al rock progresivo («November Rain», “Civil War”, «Estranged»), manteniendo trallazos de rock duro (“Dust N’bones”, “Bad obsession”, “Get in the ring”, “Pretty tied up”, “You could be mine”), algún zarpazo de rabia punk (“Right next door to hell”) y algunas versiones interesantes (“Live and let die”, “Knockin’ on Heaven’s Door”). Realmente fue todo un éxito comercial, a pesar de no ser de fácil digestión para el público y la crítica esa doble publicación de más de 30 canciones. En todo caso, la desintegración de una banda clásica ya estaba en marcha, e Izzy Stradlin, discreta pieza clave en la segunda guitarra y la composición, les abandonaría ese mismo año.

28. Who’s Next – The Who (1971)
En 1969 Pete Townshend estaba empeñado en rememorar el éxito de la ópera rock Tommy con un nuevo proyecto, aún más ambicioso. Pero esa obra nunca se materializó: Lifehouse, una ópera rock de ciencia ficción distópica que colapsó bajo su propio peso. Who’s Next, nacido de las cenizas del fallido proyecto, es considerado una de sus obras cumbre, y uno de los grandes discos del rock de la historia. Aquí Pete Townshend integró sintetizadores de forma innovadora, como base rítmica de temas como «Baba O’Riley» y «Won’t Get Fooled Again» (himnos imprescindibles en la historia del rock). Roger Daltrey hacía gala de un rugido inédito en grabaciones previas – no se pierdan el alarido final de “Won’t Get Fooled Again”-. Keith Moon lograba el mejor equilibrio entre su estilo exuberante e imprevisible y una precisión que le daba solidez. John Entwistle desarrollaba sus líneas de bajo con la misma fluidez de siempre. The Who se mostraban más compactos y consistentes que nunca. La mítica foto del grupo (de Ethan Russell) en torno a un monolito de hormigón del que se alejaban tras haber orinado en él, merece una mención aparte como la portada más gamberra del rock. Una pena que el franquismo, además de sustituir esta imagen por una imagen en directo de la banda, eliminase «Won’t Get Fooled Again» y «Love Ain’t for Keeping».

29. Led Zeppelin I – Led Zeppelin (1969)
Jimmy Page, tras la disolución de The Yardbirds, creó una nueva criatura que expandía los límites del blues-rock, dando un paso más allá a los Cream de Eric Clapton o a Truth de Jeff Beck -una influencia evidente, y de hecho aquí recrean otra versión de “You Shook Me”-. Su debut no fue especialmente apreciado por la crítica, pero sus audiencias en directo crecían (entre diciembre de 1968 y finales de 1969, los británicos harían cuatro giras por los EE.UU.). Realmente, el cuarteto era imbatible en directo, y Jimmy Page no era el único que mostraba su genio instrumental. John Bonham era un batería realmente competente y con sonido propio, exhibiendo un golpeo colosal y un manejo de ritmos sincopados brillante. John Paul Jones combinaba el bajo y los teclados con maestría, y Robert Plant con 21 añitos, exploraba los límites de los agudos de su voz con un desparpajo sorprendente. “Hubo una verdadera química, porque estuvimos tocando todo el tiempo. Había cuatro músicos con personalidades muy marcadas, con identidades fuertes, que además tenían la inteligencia para expandir las cosas y hacer que todo encajara”. La importancia de Led Zeppelin en los primeros pasos del Hard Rock es indiscutible. La cuestión es que este disco, grabado en apenas 30 horas de estudio, combina momentos de delicadeza acústica (“Baby I’m Gonna Leave You”, la instrumental “Black Mountain Side”), con estribillos pegadizos (“Good Times Bad Times”, “Your TIme Is Gonna Come”, que abre con John Paul Jones al órgano Hammond) o riffs furiosos con desarrollos semi-improvisados (el clásico “Dazed and Confused” o “How Many More Times”). El tiempo lo colocaría como un hito en la historia del rock.

30. Blue – Joni Mitchell (1971)
El cuarto disco de la canadiense fue una cumbre de la canción de autor, donde confluían el folk, el pop y el jazz junto con su característica voz y lenguaje poético. Es una obra íntima y desnuda emocionalmente, a través del relato de viajes, amores perdidos y su sensación de vulnerabilidad. En aquellos tiempos había terminado su relación con Graham Nash, y vivía un romance con James Taylor, quien dejó la impronta de su guitarra en varias composiciones. La melancolía atraviesa sus canciones, transportadas a través de la dulzura de su voz. Por otro lado, el dominio instrumental de Mitchell aderezó su música con afinaciones de guitarra alternativas y melodías de piano poco convencionales, ensanchando los límites de su género. No en vano, artistas tan dispares como Prince, Bob Dylan, Taylor Swift o la banda Nazareth han expresado su admiración o hecho versiones de sus temas. Según el crítico musical Mark Richardson de Pitchfork: “Blue es un disco excelente y minimalista con composiciones extremadamente sólidas, a pesar de alguna letra a veces un tanto “cringe”. En este sentido, Blue es como un complemento de Blood on the Tracks de Bob Dylan: un álbum confesional muy de su tiempo que perdura con la fortaleza de sus fantásticas melodías y su sencillez musical”.

31. Freak Out! – The Mothers of Invention (1966)
Lo que editó Frank Zappa para debutar en 1966 -un elepé doble repleto de exploración musical y trucos de estudio-, dejó con el pie cambiado al mundo musical de la época. Bajo el nombre de Freak Out!, el álbum mostraba canciones de estructura reconocible (al menos en la primera parte) en un collage retorcido de pop y rock, duduá, rhythm and blues y psicodelia. Todo ello, aderezado con trucos vocales, gritos y sonidos salpicando varios de los temas. Pero es que estamos ante un manifiesto hilarante y satírico, “Mothers Of Invention desechan el código moral como si fueran terrones de azúcar. Es decir, se burlan de la sociedad estadounidense, abogando por el amor libre, o mejor dicho, abogando por la libertad en general. El medio que han elegido son principalmente efectos electrónicos, eco, alguna guitarra con feedback y batería atronadora. Vocalmente, se presenta un estudio lleno de freaks que se descontrolan y te recuerdan que pueden darte «amor maternal hasta que no sepas qué hacer» (Melody Maker, 1967). Un buen ejemplo es “Trouble Every Day”, textos cargados de rabia y crítica social aún vigente, sobre una base guitarrera de blues rock y armónica. Por supuesto, en esa explosión de creatividad hay momentos de digestión más complicada, agrupados al final del doble álbum (“Help, I’m a Rock/It Can’t Happen Here”) o la totalmente alucinada “The Return Of The Son Of Monster Magnet”, que probablemente abrieron camino lo que llegaría después, pero hoy en día cuesta más apreciar.

32. Let It Bleed – The Rolling Stones (1969)
Estamos en el periodo más floreciente de los Stones, cuando entre 1968 y 1972 encadenaron discos legendarios (Beggars Banquet, Let it Bleed, Sticky FIngers y Exile on Main Street). Let it Bleed se editó poco después de la controvertida expulsión de Brian Jones -despedido en junio de 1969 y encontrado ahogado en su piscina al mes siguiente-, e inicia la participación del guitarra Mick Taylor en el estudio (en dos de sus canciones). Aquí los Stones perfeccionan su amalgama de blues, country y rock, comenzando con dos de sus canciones más sombrías: “Gimme Shelter” y “Love in Vain” (versión de un viejo blues), aunque los momentos tenebrosos se repiten en piezas como “Midnight Rambler” -un perturbador relato sobre un criminal en serie-, que se desarrolla con riffs cortantes y cambios de ritmo. Cada tema es un universo en sí mismo: desde el coro góspel de «You Can’t Always Get What You Want» a la intensidad rockera de “Live With Me” (aderezada con el solo de saxo del venerado Bobby Keys). Publicado en diciembre de 1969, es difícil imaginar un mejor cierre musical para esa década, y estamos ante uno de los discos que disputa el trono de la mejor obra de los Rolling Stones.

33. Ramones – Ramones (1976)
¿Se podía revolucionar la música rock del siglo XX con un disco de menos de treinta minutos y canciones de dos? Los Ramones lo hicieron en 1976 desde el distrito de Queens, New York, y tuvieron algo que ver con el desplazamiento de las pomposas bandas de rock progresivo de los años 70. “Ya existían los Stooges y MC5, pero el cuarteto de Queens encendió la revolución punk. Y todo comenzó con un disco que costó 6400 dólares, se grabó en cuatro días y recién llegó a la certificación de oro cuando Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy ya habían muerto.” Los Ramones, de alguna manera, recuperaron la esencia del rock and roll, eliminando los solos virtuosos, las progresiones intrincadas y regresando a la velocidad, el volumen y la diversión. Temas asombrosamente directos, desprovistos de todo artificio. Su valor es independiente de su influencia en el Punk que emergió a finales de los 70 o en la estética de chupas de cuero y vaqueros; de hecho no sería certificado disco de oro en EE. UU. hasta 2014, diez años después de la muerte de Johnny Ramone. Cada corte es una descarga festiva, primitiva y refinada al mismo tiempo, de estribillo irresistible y la duración justa. Y a pesar de intentarlo, ninguna otra banda ha logrado sonar como ellos.

34. The Rolling Stones Rock and Roll Circus (1996 – Grabado en 1968)
Este podría ser el peldaño más frágil de esta escalera de material de primera. Aunque la flimación del concierto grabada el 11 de diciembre de 1968 es histórica, realmente el documento sonoro editado en CD pierde buena parte de su magia. En su momento, los propios Stones se negaron a su emisión en BBC (dicen que porque The Who les eclipsaron con su gran interpretación de “A Quick One”) y se dio por perdido hasta su publicación en el año 1996. El evento lo formaron dos conciertos un tanto delirantes, en un escenario de circo, con los Rolling Stones y un buen puñado de invitados. Es curiosa la presentación de Jethro Tull tocando “Song For Jeffrey” con Tony Iommi a la guitarra, de nuevo, más interesante en video que por el valor musical en sí, sobre todo considerando que, salvo la voz y la flauta de Ian Anderson, se trataba de un playback. En todo caso, es el último documento de Brian Jones con la banda y presenta colaboraciones legendarias, como John Lennon formando el supergrupo «The Dirty Mac», con Eric Clapton, Mitch Mitchell y Keith Richards.

35. The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars – David Bowie (1972)
Es complicado elegir una obra cumbre del artista británico. Cada una de sus tres etapas más icónicas (Ziggy Stardust, el Duque Blanco, la Trilogía de Berlín) podría tener un serio candidato. Pero esta es una buena elección. En este álbum Bowie lanzó al personaje Ziggy Stardust, un icónico alter ego extraterrestre que trae a la tierra un mensaje apocalíptico y se convierte en una estrella del rock. La banda que se reúne en torno a Bowie es legendaria, con el guitarrista Mick Ronson al frente (aportando también arreglos de cuerda y piano) y escuderos tan competentes como Trevor Bolder (más tarde en Uriah Heep) o Woody Woodmansey en la batería. Musicalmente, existe un equilibrio entre himnos rockeros (“Star”, “Hang Onto Yourself”, “Ziggy Stardust” o “Suffragette City”, propulsados por Mick Ronson) y temas lentos dominados por el piano (“Five Years”, “Soul Love”, “Lady Stardust”). Pero quizás dos de las cumbres de la obra son la delicia de pop espacial “Starman” y la majestuosa “Moonage Daydream”, donde Bowie brilla con su interpretación vocal y Ronson regala un solo de guitarra deslumbrante. Estamos ante la obra maestra definitiva del Glam Rock más vibrante, inteligente y melódicamente imbatible.

36. The Boatman’s Call – Nick Cave & The Bad Seeds (1997)
Antes de la publicación de este trabajo, Nick Cave se había consolidado como representante sólido de un rock con influencias post-punk y temáticas góticas y oscuras, merced a discos como Your Funeral… My Trial (1986), Tender Prey (1988) o Let Love In (1994). Sin embargo, para The Boatman’s Call, se sentó al piano para entregar su obra más desnuda y confesional, girando en torno al amor, la pérdida y la fe. Su abrupta ruptura con PJ Harvey (1996), marcó el tono y muchos textos. “Ahí estoy, sentado en el suelo de mi piso en Notting Hill, con el sol entrando por la ventana (quizás), sintiéndome bien, con una joven cantante talentosa y hermosa como novia, cuando suena el teléfono. Contesto y es Polly. «Hola», digo, «quiero romper contigo». «¿Por qué?», pregunto. «Simplemente se acabó», dice. Me quedé tan sorprendido que casi se me cae la jeringuilla”. Estas doce canciones serían su catarsis para aliviar sus cicatrices, abandonando el ruido para centrarse en la calidez de su voz barítona y en letras de una belleza y honestidad asombrosas, sin aspavientos ni rencores. Es uno de los grandes discos de ruptura, escritos desde la serenidad y la contención interpretativa, con joyas como “Into My Arms”, “People Ain’t No Good” o “(Are You) The One That I’ve Been Waiting For?”.

37. Hotel California – Eagles (1976)
El año 1976 fue un período de transición para los Eagles. Tras lograr su primer número 1 en el Billboard de EE. UU. con One Of These Nights (1975), Bernie Leadon, uno de los miembros originales, dejaba el grupo por la deriva de la banda de un sonido cercano al country a un rock más radiable. Con ello, Glenn Frey y Don Henley tomaban casi en exclusiva los mandos de la nave, a la que se había sumado la guitarra de Don Felder en 1974, y se añadiría Joe Walsh -guitarrista con una interesante carrera con James Gang y en solitario- en 1975. Randy Meisner (bajista desde el inicio) completaría esta alineación. En ese paréntesis, a principios de 1976, los Eagles lograban un nuevo éxito con su recopilatorio Their Greatest Hits (1971-1975), mientras se gestaba la grabación de Hotel California entre marzo y octubre en Miami y Los Ángeles. En diciembre se publicó el disco que, de alguna manera, perfeccionaba la fórmula. La canción homónima, de una estructura impecable cerrada por un mítico duelo de guitarras de Don Felder y Joe Walsh, se ha quedado como el cenit de la banda. Don Felder declararía: “Para ser sincero, pensé que la canción era demasiado larga. En los años 70, la radio AM no emitía canciones de más de 3 minutos y 30 segundos, pero «Hotel California» tiene un minuto de música antes de que Don [Henley] siquiera empiece a cantar, y un solo de guitarra de dos minutos al final. Simplemente no encajaba con el formato. Pero Henley insistió en que la discográfica la lanzara como sencillo. Y nunca me alegré tanto de haberme equivocado”. Y aunque ninguna de las demás canciones se le acerca, baladas como como “New Kid In Town” (cantada por Glenn Frey) y “Try and Love Again” (con Randy Meisner a la voz principal) y temas rockeros como “Life In the Fast Lane” (con un enorme riff de Joe Walsh) y “Victim of Love” (donde Don Felder coge el peso de las guitarras) son clásicos. En cualquier caso, la obra logra un fantástico equilibrio entre la calidad y variedad de las canciones, una producción impoluta de Bill Szymczyk y una orientación comercial bien calculada, logrando una cumbre del soft-rock americano.

38. Pearl – Janis Joplin (1971)
Editado meses después de su muerte por sobredosis el 4 de octubre de 1970 (mientras se grababa el disco Los Ángeles, California), ese hecho dio especial relevancia a esta obra, logrando el nº 1 en los EE. UU. y quedando como su último legado. Con la Full Tilt Boogie Band, grupo compuesto por músicos de sesión y liderado por el canadiense John Till, Janis encontró un sonido más pulido y profesional que en sus trabajos anteriores, aunque no lograba superar su disco esencial Cheap Thrills, con The Big Brother & Holding Company (1968), más crudo y explosivo, precisamente su gran virtud. En este caso veíamos a una Janis Joplin menos atormentada y más segura (actitud bien reflejada en su portada), llegando a aportar dos temas propios (“Move Over” y “Mercedes Benz”, este cantado a capella de forma deliciosa, y coescrito con Michael McClure y Bob Neuwirth). Tras la mencionada “Move Over” y “Half Moon”, cortes de rock vibrantes y contagiosos, predominan baladas emotivas (“Trust Me”, “Cry Baby”, “A Woman Left Lonely”, “My Baby”, “Get it While You Can”) y, por supuesto, la que podría ser la gran triunfadora del álbum, «Me and Bobby McGee» tema de Kris Kristofferson/Fred Foster que ella condujo al número 1 de forma póstuma.

39. The Dark Side of the Moon – Pink Floyd (1973)
El período 1971-1973 fue, probablemente, el cenit de la burbuja del rock progresivo. Ahí se editaron los discos más vendidos de mastodontes como Yes, Genesis, ELP o Jethro Tull, y eso era un arma de doble filo a la hora de colocar algo innovador. Tras el fantástico “Meddle” (1971), Pink Floyd comenzó a gestar su siguiente grabación a principios de 1972. La experiencia sonora fue uno de los ejes del proyecto, con tecnología avanzada para la época y el papel fundamental del ingeniero de sonido Alan Parsons. Roger Waters (bajo y voz) tuvo el mayor peso en el concepto temático (la condición humana en torno a la locura, el tiempo, la codicia, la muerte…), escribiendo sus letras. David Gilmour (guitarra y voz) y Richard Wright (teclados y voz) dominaban el territorio de lo musical. El resultado, publicado en marzo de 1973, fue un álbum conceptual, una obra continua (con algunas canciones disfrutables de forma independiente, como “Time”, “Money” o “Us And Them”) que logró ser masivamente popular. Al diferenciarse de sus contemporáneos, evitando cargantes demostraciones de virtuosismo instrumental y ofreciendo con su sonido una atmósfera accesible e inmersiva, ha sufrido poco el paso del tiempo y se ha convertido en uno de los discos más vendidos de la historia.

40. Forever Changes – Love (1967)
1967 podría ser el mejor momento del rock y es el año más representado en esta escalera. El álbum se publicó en Estados Unidos en diciembre de 1967, por lo que es por lo que es complicado no encontrar referencias de las obras “mayores” de The Beatles, Beach Boys o Pink Floyd en esa suerte de pop y psicodelia. Y no tuvo apenas impacto en el Billboard. Con el tiempo “Forever Changes” se ha ido convirtiendo en objeto de veneración, merced a sus magníficas canciones y a unos arreglos de vientos y cuerdas de una belleza impactante (“Alone Again Or” es un buen ejemplo). Arthur Lee, líder de la banda y autodenominado “el primer hippie negro”, era un tipo complicado, volátil y a menudo oscuro, con una relación conflictiva con Bryan Maclean (guitarra y voz), la otra fuerza compositora del grupo. Aunque condenados a disolverse en 1968, el álbum fue su cumbre creativa, creando un original imaginario de melancolía (“Creo que la gente es lo más divertido / Y estaré solo otra vez esta noche, querida”, en Alone Again Or), cinismo y miedo (“Los están encerrando hoy / Están tirando la llave / Me pregunto quién será mañana, ¿tú o yo?”, The Red Telephone) que contrastaba con la elegancia de las melodías. Todo ello en el centro de la era hippie californiana que coexistía con disturbios raciales y protestas contra la guerra del Vietnam.

41. Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols (1977)
¿Está sobrevalorado este álbum? ¿Fue el primer disco punk? La segunda pregunta es la más sencilla: por supuesto, no lo fue, pero sí, probablemente, el más mediático a finales de los 70. Y eso quizás tenga más que ver con su actitud incendiaria que con su aportación musical (dentro del Punk, tenemos ejemplos valiosos en esta Escalera con los Ramones y con The Clash). En todo caso, aquí tenemos los guitarrazos rápidos y distorsionados, como vehículo de su rabia: a zapatazos con la monarquía, el sistema laboral y la moral establecida (con temas tan pegadizos como “Holidays in the Sun”, “God Save The Queen” o “Anarchy In the UK”). También hay reminiscencias a The Stooges cuando bajan las revoluciones “Submission”, aunque es una excepción. Chris Thomas hace una producción basada en un muro de distorsión que deja espacio a las soflamas ¿cantadas? de Johnny Rotten. Steve Jones, además de las guitarras, tuvo que grabar la mayor parte de los bajos tras la marcha de Glen Matlock (que solamente aparece en “Anarchy in the U.K.”), y por la poca competencia del recién incorporado Sid Vicious (aunque aparece en “Bodies”). No se puede negar la influencia del provocador mánager y diseñador de moda Malcolm McLaren en el éxito de la banda, pero en cualquier caso, este disco fue el catalizador de cierta revolución juvenil estética y social.

42. The Doors – The Doors (1967)
El debut de The Doors catapultó a la banda y la figura de Jim Morrison directamente al estrellato en los EE. UU., llegando al nº 2 en el Billboard, con un rutilante nº 1 del single “Light my Fire”. Su sonido y su imagen se diferenciaban de lo que se hacía en ese momento: un pop de melodías pegadizas con un transfondo de oscuridad y abandono. Son capaces de hacer suyo el tema blues “Back Door Man” de Willie Dixon con total maestría, desde el riff de órgano de Ray Manzarek, la eficaz batería de John Densmore, el solo de guitarra minimalista de Robbie Krieger (que también se hace cargo del bajo) y el rugido de Jim Morrison. Estos elementos conducen un corte tras otro, en una atmósfera sombría y teatral difícil de encontrar en grupos contemporáneos. La banda era una maquinaria bien engrasada, que fusionaba blues, jazz, música clásica e incluso influencias del flamenco o del cabaré (la versión “Alabama Song”). El foco se detenía en Jim Morrison, un frontman carismático que escribía letras poéticas y lisérgicas, salpicadas de un misticismo inquietante, carga sexual y fascinación por la muerte. Su presencia se multiplicaba en las presentaciones en directo, imprevisibles e intensas. “Break On Through (To The Other Side)” abre el disco entrando en tromba. La cara A se cierra con “Light My Fire”, siete minutos de rock psicodélico y sensual que pasan volando, con interludios instrumentales de Manzarek y Krieger inspiradísimos. Culmina con la pieza «The End», esa especie de epopeya de más de once minutos en la que tienen lugar narraciones de imágenes perturbadoras, a veces morbosas o difíciles de descifrar, sobre un fondo musical minimalista que estalla de forma catártica en el segmento final. No todo el álbum tiene el listón tan alto, pero el conjunto constituye uno de los discos más celebrados en influyentes de todos los tiempos.



































