En XLI somos fans, admiradores, lectores, seguidores y casi devotos de “Cuatro piedras”, el boletín arqueológico que publica El País, y por lo tanto de Vicente G. Olaya, su autor. La entrevista que publicamos en este número III es una mina para los aficionados a la arqueología y la historia, y también una fábrica de futuros aficionados. Vicente G. Olaya: mina y fábrica en nombre de las viejas piedras.
En arqueología todo cuenta. No es menos importante un botón de hueso que una copa visigoda de oro
Usted pasó en El País de ser responsable de la información local de Madrid a redactor de la sección de Cultura. Como admite, no sabía mucho de literatura, danza, teatro, cómics o arte, así que era un elefante en una cacharrería. Y entonces se dio cuenta de que tenía que escribir de arqueología. ¿Siempre le interesó la arqueología? ¿Le costó mucho esfuerzo, y muchos y buenos argumentos, que El País le diera espacio para escribir sobre arqueología? ¿»Cuatro piedras” es un boletín muy leído?
Cuando era corresponsal político en la sección local podía escribir de lo que quisiera: economía, medio ambiente, debates parlamentarios, sanidad… Tenía todos los campos informativos a mi alcance. Pero siempre terminaba en el Ministerio de Cultura o en la consejería madrileña correspondiente. Me encantaba hablar con los técnicos de arqueología. Y todo porque la segunda o tercera noticia que escribí en El País, cuando era solo un colaborador recién salido de la facultad, fue el descubrimiento en exclusiva del yacimiento paleontológico del Cerro de los Batallones, uno de los más importantes del mundo. Todo comenzó cuando un amigo de la universidad me entregó una bolsa con una enorme mandíbula de dientes afilados. Me presenté en el Museo de Ciencias Naturales con aquella gigantesca quijada y pedí hablar con el director. Bajó y me dijo mirándome a los ojos: “¿O me dices de dónde has sacado esto o llamo ahora mismo a la Guardia Civil?”. Ese día cambió mi vida profesional y yo no lo sabía.
El boletín “Cuatro piedras” (por cierto, maravilloso título) no solo informa, ilustra y reflexiona sobre la actualidad arqueológica e histórica, sino que lo hace con un medido sentido del humor. Parece que es “marca de la casa”, si tenemos en cuenta el estilo de sus excelentes obras: La costurera que encontró un tesoro cuando fue a hacer pis y otras historias de la arqueología en España (Espasa), Pequeñas historias de los grandes descubrimientos arqueológicos (Espasa) y El emir que se apellidaba Martínez (Espasa). ¿Se puede hacer buena divulgación arqueológica sin ser abrumadoramente académico?
Se llama Cuatro piedras, al estilo de la sonrisa del payaso triste, como mueca amarga de dolor por la destrucción del Madrid de Cervantes, de Quevedo o de Velázquez para construir un túnel y un aparcamiento para autobuses de turistas frente al Palacio de Oriente. Todo fue arrasado sin pudor. Cuando se le preguntó al entonces alcalde por qué hacía eso, respondió: “Son cuatro piedras”. Junto con la destrucción del palacio romano de la Cercadilla, en Córdoba, son los hechos más abominables que han cometido las administraciones local, autonómica y central contra el patrimonio nacional en los últimos cuarenta años. Los jueces tampoco actuaron. Permitieron que se arrasase todo. Las fotografías que publicó El País, mientras otros medios miraban hacia otro lado, son recuerdo imborrable de un enorme bochorno. A veces, muchas, es mejor emplear el humor que ponerse a llorar. Aprendí eso mientras veía cómo destruían el pasado de una nación por dinero. Por eso, intento presentar las cosas de manera sencilla, sin tecnicismos que solo el uno por ciento entiende. Mejor escribir: “Las excavadoras destruyen para hacer un túnel el edificio donde Velázquez pintó Las Meninas”, que “el informe arqueológico sostiene que los lienzos de la Casa del Tesoro no pueden integrarse en la estructura subterránea prevista”.
En una de las entradas de “Cuatro piedras” habla del consumo de ostras al hilo de un yacimiento de los siglos VI-VII de una villa (un complejo agrícola) a unos cinco kilómetros de Tarragona, y usted mismo se pregunta: “Bueno, ¿y qué?”. A los que nos gusta la arqueología nos han preguntado eso muchas veces: “¿Y qué?”. ¿Qué puede importarnos ahora un montón de ostras amontonadas desde el siglo VII, o si Francis Drake fue un pirata (para los españoles) o un honorable marino (para los ingleses)? ¿Para qué sirve la arqueología?
La arqueología está ahora de moda porque cuando todo el sistema educativo se tambalea -los jóvenes ya no leen libros, sino que miran embobados el Tik Tok o el Instagram- se produce el efecto acción-reacción. Basta que te digan que el Mundo comenzó ahora mismo -todo lo anterior debe ser desechado porque las generaciones precedentes no sabían nada, he llegado a oír a ministros y secretarios de Estado- para que empieces a pensar “¿qué había antes?”, “¿de dónde venimos?”. Los yacimientos arqueológicos son la única puerta de acceso material que existe al pasado. Se puede pensar que también los libros lo son, pero los libros son subjetivos, los yacimientos no. Por eso, si alguna vez te preguntas “¿por qué Asturias es tan verde y Almería no?”, la paleoarqueología te da la respuesta. Para eso sirve: para conocer el pasado y visualizar el futuro.
Uno de los grandes aciertos de “Cuatro piedras” es descubrir a los lectores cosas maravillosas que, quizás por cercanas, son muy desconocidas. Por ejemplo, la villa romana de Noheda, en Villar de Domingo García (Cuenca), que posee el mosaico figurativo más grande el imperio. Ahí tiene un filón inagotable, ¿no? ¿Cuántos boletines se podrían escribir hablando de maravillas como la villa romana de Noheda?
España es un país espectacular. Da igual dónde vayas, todo está repleto de maravillas naturales y arqueológicas. Solo hay que enamorarse de ellas. Yo no fui el primer periodista en hablar de Noheda, ya lo habían hecho otros, pero sí el primero que se enamoró del yacimiento y decidió mostrarlo tal y como me lo había relatado su director, Miguel Ángel Valero. El éxito fue espectacular. La fotografía del mosaico, de Ricardo Gutiérez, fue en primera del periódico y se cedió a números museos, entre otros el Arqueológico Nacional. Televisiones, radios, agencias, periódicos, revistas… Todos se pusieron, de repente, a hablar de Noheda. Valero me llamó sumamente agradecido. No daba abasto a conceder entrevistas. “Lo que quieras, lo que quieras”, me dijo. No soy mejor que otros compañeros, simplemente, me enamoro más. Ese es el truco.
Tarteso no era la Atlántica de la que hablaba Platón… Pero usted escribe una interesante entrada del boletín explicando qué fue y qué no fue Tarteso. ¿No sería interesante que “Cuatro piedras” dedicara algún espacio a lo que podríamos llamar “arqueología de Indiana Jones”? El Arca de la Alianza, las piedras de Sankara, el Santo Grial, las Calaveras de Cristal… O la Atlántida.
Creo que la arqueología real, no la inventada, es suficientemente interesante y sorprendente como para no tener que recurrir a leyendas. Esos temas que menciona me interesan como lector de novelas, y mucho, pero no como profesional. Pienso que los lectores de Cuatro piedras tampoco están interesados en ellos más allá de un puro divertimento. Pero me habéis dado una idea…
Como XLI es una revista asturiana, nos interesó especialmente la entrada de “Cuatro Piedras” dedicada al estudio Historia de una casa. Arqueología de una vivienda popular postmedieval de la calle Ecce Homo, 10 (Oviedo). Difícilmente se puede hacer un estudio sobre un asunto más específico. Con todo, nos parece que lo que usted explica con relación a ese estudio no solo interesa a los asturianos (o a los ovetenses), sino a cualquier aficionado a la arqueología. ¿Le parece que es así? ¿Cuándo escribe una entrada sobre una casa de una calle en el Oviedo postmedieval cree que será menos leída que otra sobre las doce torres perdidas de Toledo, por ejemplo?
A nuestros lectores, les interesa todo. Me parece que la historia de una casa medieval en Oviedo es tan atrayente como la de una mezquita en Toledo. Todo forma parte del mismo patrimonio, el patrimonio nacional. Cuando escribo no pienso en cuánta gente lo va a leer, sino en cuánta gente lo va a disfrutar como yo. Reconozco una cosa. Cuando escribí sobre la vivienda de la calle de Ecce Homo, pensé en las personas que residen actualmente en esa casa y la posibilidad de que alguien les hiciese llegar Cuatro piedras y que eso les provocase una sonrisa.
Cuando escribió en “Cuatro piedras” sobre una muñeca romana articulada de hace 1700 años encontrada en el yacimiento arqueológico íbero-romano de Torreparedones, nos vino a la cabeza la película El planeta de los simios y la muñeca que encuentra Taylor en la cueva con objetos que demostraban que los humanos habían estado allí antes que los simios, y que fueron más inteligentes que ellos. Hasta un juguete tan humilde como una muñeca puede decir muchas cosas sobre los humanos, ¿no?
En arqueología todo cuenta. Para un profesional, no es menos un importante un botón de hueso que una copa visigoda de oro. Los dos objetos relatan una historia, de tiempos y lugares diferentes. La muñeca de Torreparedones cuenta que, donde ahora solo se contemplan empedrados dañados, columnas quebradas o muros de edificios que colapsaron hace siglos, en un tiempo los niños correteaban por sus calles, sus madres les preparaban la merienda o los llevaban a la escuela a aprender. Una sencilla muñeca nos transporta a esos tiempos y recrea un tiempo desaparecido, pero no tan diferente al actual en el comportamiento humano.
Derecha: la muñeca de El planeta de los simios en manos del doctor Zaius
¿Dónde está la tumba de Alarico I, el considerado primer rey visigodo muerto en 410? Es un asunto fascinante que puede competir con el interés por las tumbas perdidas (o no encontradas) de Cleopatra y Marco Antonio, Alejandro Magno o Gengis Khan, pero quizás Alarico tiene menos “glamur” que Cleopatra o Alejandro Magno. ¿Es más difícil interesar a los lectores en Alarico que en Cleopatra?
Todo lo godo está ahora de moda. Se están publicando numerosas novelas, estudios y ensayos muy interesantes. Hace unos años, leí Los visigodos. Hijos de un dios furioso, del gran José Soto Chica. Me gustó tanto el libro que lo entrevisté y me contó la historia de Alarico. Me dijo que él sabía perfectamente dónde descansaba y me propuso ir a descubrir juntos el enterramiento. Soto Chica, además de ser un sabio, es una persona con muchísimo sentido de humor. Es invidente. Luego, me puse a leer sobre ello y llegué a la conclusión de que, si la leyenda no era verdad, merecía serlo. Todo parte del historiador Jordanes que aseguró que cuando Alarico muere, en 410 en Italia, los godos desvían el río Busento y entierran al rey con 25 toneladas de oro, 150 de plata y su caballo en el lecho seco. Es el botín obtenido por el saqueo de Roma. Luego devuelven el río a su cauce original y la tumba real queda protegida para siempre. Se han emprendido muchas búsquedas y todas han sido infructuosas. Hasta Hitler la buscó. Me parece apasionante, apasionante. Es una novela.
En una de sus recomendaciones (La inquisición española. El Imperio español y el Santo Oficio, de Mercedes Tembourg), dice que la autora defiende que la Inquisición es un antecedente de la CIA (no lo dice así, pero se desprende de la lectura). La frase es llamativa, pero también cierta y afortunada porque la Inquisición era el brazo político de la monarquía hispánica, que realizaba una labor de vigilancia global con intervenciones quirúrgicas. O sea, la CIA. ¿Se han molestado con usted en alguna ocasión los historiadores más académicos por “trivializar” o “popularizar” de esta manera las cuestiones históricas? Por ejemplo, cuando habla de los verracos de piedra de los vetones, usted dice que esos verracos eran algo así como: “Atención, está usted entrando en territorio vetón. Aténgase a las consecuencias”. Queda clarísimo, y todos lo entendemos. ¿No le han acusado alguna de vez de trivializar y vulgarizar?
Con el tiempo he comprobado que cuanto más sabe un arqueólogo más sencillo habla. Pongo dos ejemplos. Los grandísimos Gonzalo Ruiz Zapatero o Martín Almagro Gorbea, que acumulan todo tipo de conocimientos, distinciones, cátedras u honores, divulgan sus hallazgos de una manera sencillísima. Cuando hablas con ellos, parece que estás ante el maestro de un colegio enseñando a sus alumnos más pequeños. Hay que saber mucho, muchísimo, para llegar a ese nivel. Todo lo que publico está revisado por los autores de los informes, por lo que no temo que hacerlo comprensible sea vulgarizarlo. Los toros vetones significaban exactamente eso: cuidadín, cuidadín, que pisas territorio extraño y una falcata te puede rebanar el pescuezo a la mínima.
Al hablar de la recuperación de una talla del siglo XV que había sido robada en 1979 de la iglesia de Santa Eugenia de Astudillo (Palencia), evitando que se pusiera a la venta en una casa de subastas italiana, usted dice que fue algo más paranormal y emocionante que “Cuarto Milenio”, y que eso demuestra que los buenos, como en las películas de John Wayne, son más que los malos. ¿Es usted demasiado “arqueológicamente optimista”? ¿En arqueología no son más los expolios, destrucciones, desidias y abandonos que los “buenos”?
Los expolios van a existir siempre. La codicia es condición humana. Pero todo está cambiando. Cada vez hay más sensibilidad hacia estos temas. Voy a poner un ejemplo. A orillas del municipio de Ribadeo, en Lugo, descansa el pecio del San Giacomo, uno de los barcos que atacó Inglaterra en 1588. Está a escasísimos metros de profundidad. Y nunca ha sido expoliado. ¿Por qué? Porque los vecinos lo vigilan desde las ventanas de viviendas. Si ven una lancha o unos buceadores sospechosos, inmediatamente llaman a la Guardia Civil. Hace unos años, el propio vecindario hubiera saqueado el barco. Ahora saben que la riqueza del precioso pueblo depende de su cultura viva.
A propósito de optimismo o pesimismo, usted explica que la inversión media anual en la investigación de un yacimiento en España es de 18.000 euros (IVA incluido), y con eso hay que pagar el alojamiento y la comida del equipo, el transporte, el salario de los peones que trabajan en la labor de recogida de tierra, la contratación de expertos en geodatación, el laboratorio (análisis de ADN, pruebas de carbono 14, restauración de piezas)… ¿Debemos ser optimistas porque hay inversión en yacimientos arqueológicos, o pesimistas porque la inversión es insuficiente?
Se está produciendo un fenómeno curioso. Las grandes administraciones (Estado y comunidades autónomas) no amplían sus inversiones en arqueología, pero en cambio las pequeñas (ayuntamiento y diputaciones) sí. La razón es que han descubierto que los yacimientos son una fuente inagotable de visitantes. Es decir, de museos, comercios y establecimientos de restauración llenos. Muchísimas veces los arqueólogos me piden expresamente que indique en mis artículos que las investigaciones han sido subvencionadas por el ayuntamiento tal o cual. “Es que les gusta ver en la prensa que sus inversiones son rentables”, me dicen.
En “Cuatro piedras” suele hacer recomendaciones de libros como La guerra de Sertorio. Hispania y el ocaso de la República de Roma (Almazara), de Francisco Romeo Marugán, o documentales como Calígula: el legado oculto (Canal Historia). Recomiende a los lectores de XLI algunos libros y documentales sobre los temas que trata en “Cuatro piedras”.
Una película: La excavación. Es del año 2021 y reconstruye, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, el hallazgo de un barco sajón en Inglaterra. La presenté en un cinefórum en el Museo Arqueológico Nacional hace dos años, y la gente se puso de pie tras verla.
Un libro: La carabela San Lesmes (2022), de Luis Gorrachegui. Es una historia muy loca de una nao del imperio que se pierde en el Pacífico. Todo lo que cuenta este divulgador es cierto. Cuando hice una reseña en El País de este libro, la entonces directora recomendó su lectura en una newsletter. Tuvo ciento de miles de entradas en la web. Es una historia difícil de creer, pero completamente cierta.
Una serie: El ministerio del tiempo. Demuestra que se puede hacer una serie española de ficción histórica con dignidad. Creo recordar que la televisión inglesa hizo su propia versión. Algunos capítulos son realmente buenos, otros no tanto. Se me quedó grabado el de la ucronía de Felipe II. Qué hubiera pasado sí…
Si le parece, terminaremos esta entrevista con un par de sugerencias para “Cuatro piedras”. En Santa María de Celón (Allande, Asturias), de principios del siglo XIII, hay un agujero en el ábside de la iglesia por el que, según la tradición, se metía una serpiente (un cuélebre) para devorar los cadáveres de los que estaban enterrados allí, hasta que un peregrino o el mismo arcángel San Miguel (representado encima del agujero) acabó con él. Menuda historia. El agujero sigue ahí. ¿Qué le parece? Nunca le va a faltar material para su “Cuatro piedras”…
Tengo un compañero de trabajo asturiano que devora los artículos que publico en mi periódico referidos a los astures. Siempre me dice: “Saca más historias de astures que nos tienes en vilo”. Y en cuanto a la gastronomía del Principado, pues qué voy a decir… La última vez estuve en Chao Samartín, en Grandas de Salime, para hacer un reportaje sobre el castro. Mi idea era salir por la mañana muy temprano de Madrid, hablar con la gente, y volverme por la noche. Al final, el fotógrafo y yo nos dijimos: “Qué narices. Nos quedamos a disfrutar de esto”. No tenéis ni idea de lo que impresiona a un mesetario cruzar Pajares. Piensas: “Acabo de entrar en el Paraíso”. Tal cual.

































