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Filosofía

Danzad, danzad, malditos

Como dice el humorista Leo Harlem: “Llega ese día fatídico en que te miras en el espejo y dices: pero bueno, pero bueno, pero bueno, si tengo tripita”; y escuchas por detrás la voz de tu pareja (o de tu superyo, si eres freudiano) y te dice: “Mañana, mañana nos apuntamos a bailar”. Y, entre risas nerviosas y mala conciencia, vas y aceptas.

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Yo una vez fui Lisístrata

Andrea Carballo. Corría el año 2008. Apenas tenía 16 años y la vida me proponía un nuevo reto: hacer el bachillerato. Nuevo sitio, nueva etapa, nueva gente… En medio de aquel estreno vital empezaron a despertarse en mí sentimientos de rabia y de lucha, al calor de algo que alguien me contó que se llamaba conciencia de clase.

Inicié esa etapa con la cabeza rapada, unas botas y unos tirantes, y me fui a una optativa: Psicología. Un hombre alto, de pelo canoso, se encargaba de impartirla. Venía a clase con ilusión, nos enseñaba, pero, sobre todo, nos estimulaba. Sus clases nunca eran suficientes. Siempre queríamos más.

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De la imbecilidad moral

Silvia Cosío. ¡Y vaya si era una amenaza! Porque para Ellen Berent (Gene Tierney) y Russell Quinton (Vincent Price) el amor es amenazador, terrible, asfixiante, lleno de rencor y egoísmo. Como Catherine y Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”, el amor saca lo peor de Ellen y Russell, destruyendo todo a su paso y, al igual que con Catherine y Heathcliff, a todo el mundo le hubiera ido mucho mejor si hubieran acabado juntos. En este caso no es difícil imaginar a Ellen y Russell como unos Underwood de los años cuarenta, pero Ellen se enamora de Richard Harland (Cornel Wilde) en un tren y se lía parda. Porque ella es bella y él idiota, la receta perfecta para el desastre: al fin y al cabo son  los ingredientes principales con los que se hornearon la mayoría de las películas de cine negro.

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Andrógino

Claudia Mori Díez. Una interpretación del mito de los hombres dobles que aparece en El Banquete de Platón En El Banquete de Platón, aparece la siguiente descripción de los andróginos: un hombre y una mujer, unidos por el pecho y el…

¿Y por qué no?

Una tarde filosófica en la Universidad Popular de Gijón.

Hay una leyenda muy conocida que habla de un examen de filosofía con una sola pregunta: “¿Por qué?”. Y una respuesta de sobresaliente: “¿Por qué no?”. El contexto cambia, a veces es un examen de selectividad, a veces es en la universidad, pero siempre es la misma respuesta brillante a la misma pregunta grandilocuente. Y eso es una pequeña muestra del misterio que rodea a veces la palabra “filosofía”.

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¿Quién está dispuesto a comprar un debate sobre el tiempo?

Antonio Rico.
El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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Sócrates y la cola del pan

Antonio Rico.
El título del libro de Robin Waterfield es “La muerte de Sócrates” pero, en realidad, el helenista británico quiere hablarnos de la vida de Sócrates y, por tanto, de Atenas. De la sociedad ateniense, de la democracia radical ateniense, de los ciudadanos de Atenas, de los 501 dicastas (jurados) varones de más de 30 años elegidos al azar que juzgaron a Sócrates. También de la Guerra del Peloponeso y sus consecuencias, del gobierno de los Treinta Tiranos, de Critias y de Trasíbulo, de la restauración democrática.

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Con gafas y sin Luna

Juan J. Alonso.
Todo funciona en Qué bello es vivir (It´s a Wonderful Life, 1946). Y eso que en la película de Frank Capra se mezcla una discusión en el cielo entre dos ángeles representados por estrellas centelleantes, un ángel de segunda clase que todavía no ha ganado sus alas al que le gusta el vino caliente, un capitalista en silla de ruedas que habría asustado hasta a Carlos Marx, una compañía de empréstitos con más corazón que cartera, una ciudad maravillosamente nevada (Bedford Falls) que puede ser también una ciudad terroríficamente nevada (Pottersville), una casa con goteras y corrientes de aire en la que todos querríamos vivir, un cuervo doméstico, un puente sobre aguas turbulentas, un taxista y un policía intercambiables, un baile que acaba en un baño multitudinario en una piscina, una flor con los pétalos rotos, una mujer que está a punto de pisar el lado salvaje de la vida, un diálogo maravilloso sobre la Luna, trineos no tan inquietantes como el “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), héroes de guerra que vuelven a casa por Navidad, sonrisas, muchas lágrimas y, sobre todo, Mary Hatch (Donna Reed) y George Bailey (James Stewart).

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El hombre sin nombre

Pablo Huerga Melcón.
En Benavides de Órbigo, mi pueblo, se conserva todavía el edificio del último de los muchos cines que en su tiempo hubo: el Gran Cine Imperial. Como una reliquia del pasado, se yergue en medio del pueblo; un templo olvidado que amenaza ruina, con algunos pintarrajos por las paredes y ventanas tapiadas. Todavía mantiene en lo alto el último de sus rótulos, muy sugerente, por cierto, con la silueta de un vaquero montado a caballo en el horizonte del gran valle. Iconografías de cine puro. Ahí se ha quedado, al lado de la carretera, como un pecio varado en la orilla, azotado por los vientos, mantenido por la estructura y la dignidad de lo que fue.

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Danzad, danzad, malditos

Como dice el humorista Leo Harlem: “Llega ese día fatídico en que te miras en el espejo y dices: pero bueno, pero bueno, pero bueno, si tengo tripita”; y escuchas por detrás la voz de tu pareja (o de tu superyo, si eres freudiano) y te dice: “Mañana, mañana nos apuntamos a bailar”. Y, entre risas nerviosas y mala conciencia, vas y aceptas.

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Andrea Carballo. Corría el año 2008. Apenas tenía 16 años y la vida me proponía un nuevo reto: hacer el bachillerato. Nuevo sitio, nueva etapa, nueva gente… En medio de aquel estreno vital empezaron a despertarse en mí sentimientos de rabia y de lucha, al calor de algo que alguien me contó que se llamaba conciencia de clase.

Inicié esa etapa con la cabeza rapada, unas botas y unos tirantes, y me fui a una optativa: Psicología. Un hombre alto, de pelo canoso, se encargaba de impartirla. Venía a clase con ilusión, nos enseñaba, pero, sobre todo, nos estimulaba. Sus clases nunca eran suficientes. Siempre queríamos más.

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Silvia Cosío. ¡Y vaya si era una amenaza! Porque para Ellen Berent (Gene Tierney) y Russell Quinton (Vincent Price) el amor es amenazador, terrible, asfixiante, lleno de rencor y egoísmo. Como Catherine y Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”, el amor saca lo peor de Ellen y Russell, destruyendo todo a su paso y, al igual que con Catherine y Heathcliff, a todo el mundo le hubiera ido mucho mejor si hubieran acabado juntos. En este caso no es difícil imaginar a Ellen y Russell como unos Underwood de los años cuarenta, pero Ellen se enamora de Richard Harland (Cornel Wilde) en un tren y se lía parda. Porque ella es bella y él idiota, la receta perfecta para el desastre: al fin y al cabo son  los ingredientes principales con los que se hornearon la mayoría de las películas de cine negro.

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Andrógino

Claudia Mori Díez. Una interpretación del mito de los hombres dobles que aparece en El Banquete de Platón En El Banquete de Platón, aparece la siguiente descripción de los andróginos: un hombre y una mujer, unidos por el pecho y el…

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Una tarde filosófica en la Universidad Popular de Gijón.

Hay una leyenda muy conocida que habla de un examen de filosofía con una sola pregunta: “¿Por qué?”. Y una respuesta de sobresaliente: “¿Por qué no?”. El contexto cambia, a veces es un examen de selectividad, a veces es en la universidad, pero siempre es la misma respuesta brillante a la misma pregunta grandilocuente. Y eso es una pequeña muestra del misterio que rodea a veces la palabra “filosofía”.

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El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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Sócrates y la cola del pan

Antonio Rico.
El título del libro de Robin Waterfield es “La muerte de Sócrates” pero, en realidad, el helenista británico quiere hablarnos de la vida de Sócrates y, por tanto, de Atenas. De la sociedad ateniense, de la democracia radical ateniense, de los ciudadanos de Atenas, de los 501 dicastas (jurados) varones de más de 30 años elegidos al azar que juzgaron a Sócrates. También de la Guerra del Peloponeso y sus consecuencias, del gobierno de los Treinta Tiranos, de Critias y de Trasíbulo, de la restauración democrática.

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