Además de múltiples arroyos y pequeños cauces, hay en la provincia de León un buen puñado de ríos importantes. Nuestra intención en estas páginas no es recorrerlos en su totalidad, aunque sí vamos a repasar algunos de ellos y pedimos disculpas de antemano a aquellos lectores que consideren que la lista es incompleta porque no aparece tal o cual río. Todos tienen su origen en el lado leonés de la Cordillera Cantábrica y pertenecen a la vertiente atlántica, a donde llegan sus aguas a través de las cuencas del río Miño y sobre todo del río Duero.
De oeste a este hay que nombrar en primer lugar al río Cúa, que desde su nacimiento en Los Ancares leoneses atraviesa El Bierzo y desemboca en el río Sil en Toral de los Vados, poco antes de que éste atraviese la frontera con Galicia por la provincia de Ourense. El Sil nace en la cara sur del Puerto de Somiedo y tras cruzar las comarcas de Babia, Laciana y El Bierzo en León y Valdeorras en Ourense, se encañona formando durante bastantes kilómetros un hermoso paraje, A Ribeira Sacra, antes de entregar sus aguas al Miño en Los Peares.
Los demás ríos van confluyendo unos en otros y pertenecen ya a la cuenca del Duero. Los ríos Omaña y Luna nacen a escasos kilómetros uno del otro, en Las Omañas y en Babia, y aunque cada uno discurre por su lado, ambos se juntan finalmente en la ribera para formar el río Órbigo, que desemboca en el río Esla al sur de Benavente, ya en la provincia de Zamora. También muy cerca entre sí nacen los ríos Bernesga y Torío, uno en el Puerto de Pajares y el otro en el puerto de Pedrafita, ambos discurren por valles contiguos hasta la ciudad de León, donde el Bernesga recibe las aguas del Torío y continua su andadura unos pocos kilómetros más para terminar a su vez en el Esla. Los ríos Curueño y Porma corren la misma suerte que los anteriores tanto en la cercanía de su nacimiento, los puertos de Vegarada y de Las Señales, como en el discurrir en paralelo de sus cauces hasta encontrarse, esta vez en Ambasaguas, donde confluyen. Ya como Porma el río avanza algunos kilómetros más y desemboca en el Esla cerca de Mansilla de las Mulas. El río Esla nace en las estribaciones del puerto de Ventaniella (no hay paso por carretera con el limítrofe concejo asturiano de Ponga) y desciende recogiendo las aguas vertidas por todos los ríos anteriores, convirtiéndose en el río más largo y caudaloso de la provincia antes de desembocar en el Duero en la comarca de Sayago, provincia de Zamora. Finalizando por el este de la provincia, el río Cea nace en la montaña de Riaño y, cómo no, confluye en el Esla también muy cerca de Benavente. La imagen en un mapa de los ríos leoneses que van a la cuenca del Duero se asemeja a la forma de un abanico, en el que los cabos estarían en los sucesivos puertos de montaña donde nacen y el punto de unión estaría situado al sureste de la provincia, donde confluyen todos ellos en el Esla.
Como no podemos recorrerlos todos hemos elegido por diferentes motivos detenernos un poco más en los ríos Torío, Porma y sobre todo el río Curueño, que discurre entre los dos anteriores y es nuestro preferido.
De Piedrafita a León por el río Torío
El puerto de Piedrafita tuvo importancia en su día pues por él se iba a proyectar una carretera principal que conectara a La Meseta con Asturias y que finalmente se construyó por el puerto de Pajares, quedando el proyecto inicial en poco más que una pista de piedras y tierra que jamás tuvo ni siquiera una capa de asfalto. Por el puerto hoy ya no pasa nadie a no ser algún senderista o un pastor ocasional y de los viejos bosques de robles y hayas tampoco queda nada. Es un paisaje severo, desolado, sólo montañas de caliza y urces, pero aún así vale la pena recorrer los aproximadamente siete kilómetros de ascensión (por la parte asturiana no hay carretera, ni siquiera una pista forestal, hay que ascender por senderos) aunque sólo sea porque en lo alto del puerto nacen varios arroyos con los que se forma el río Torío.
Los pueblos de la ribera alta del Torío son Piedrafita la Mediana (“Piedrafita” porque está a la base del puerto y es el primer pueblo por el que discurre el río, y “la Mediana” porque así se conoce a esta comarca de la montaña central leonesa de Los Argüellos), Piornedo, Campo, Pontedo y Canseco, si bien para llegar a este último hay que desviarse del cauce del río y ascender cuatro kilómetros por un precioso valle entre prados y paredes de roca caliza. Ya hay constancia de la existencia de Canseco en época medieval, de la que aun se conserva un torreón utilizado en su día para vigilar y defender el paso de la cordillera cercana. Hasta el siglo XVIII todos sus vecinos eran hidalgos, estaban libres del servicio militar y de ciertas tasas. De nuevo en el valle, las montañas se abren dando paso a una buena extensión de praderías al llegar a Cármenes, capital de toda esta comarca del alto Torío. Además de la ganadería y la agricultura hubo en Cármenes una intensa actividad minera, pues de la mina La Profunda se extrajo mineral de cobre desde tiempos prehistóricos hasta el siglo pasado, prueba de ello son las hachas y las mazas halladas y que datan de la Edad del Bronce (2500-2000 a.C.). Sebastián Miñano y Bedoya (1779-1845) define así a Cármenes en su Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal (Imprenta de Pierat-Peralta, Madrid 1826-1828): “lugar de realengo de España, provincia, obispado y partido de León, concejo de la Mediana de Argüello (…) Sitiado en una pequeña llanura rodeada de peñas; confinada con los pueblos de Genicera, Lavandera, Valverdín y Pedrosa. Riega sus términos el río de la Mediana que desemboca en el Torío. Produce trigo, cebada, centeno, titos, garbanzos, yerba y hortaliza. Industria arriera para Castilla y Asturias, adonde conducen vino, y en retorno traen pescados frescos, alubias y tocino que llevarán a todas partes del reino. Dista ocho leguas de la capital. Contribuye con el concejo”. Todos los anteriores son pueblos de tradición ganadera que se regían mediante concejo abierto, un sistema de democracia directa en el que los vecinos se reunían, generalmente los domingos en el pórtico de la iglesia, para debatir los asuntos del pueblo y tomar las decisiones y acuerdos oportunos. En estos pueblos hoy no queda casi nadie, apenas algunas personas mayores que viven de su jubilación. Soledad y silencio.
A partir de Cármenes la vega se va abriendo y el río salva sucesivamente los pueblos de Almuzara, Getino y Felmín, desde el que se inicia la subida al pueblo de Valporquero con su maravillosa cueva prehistórica. Pero pronto el Torío de encajona de nuevo para atravesar el desfiladero que forman las Hoces de Vegacervera. Durante dos kilómetros no hay espacio más que para el río y la carretera, que serpentean entre grandes paredes de piedra caliza generando una dificultad ya histórica para el tránsito rodado por esta zona y que al fin fue determinante para elegir el puerto de Pajares como paso principal hacia Asturias en vez del puerto de Piedrafita, como se pensó en un principio. A la salida de las hoces el río llega a Vegacervera, pueblo de merecida fama chacinera, y poco más tarde a Matallana, cabecera municipal del Torío medio. En este pueblo se encuentra una de las principales estaciones del Ferrocarril de La Robla, “el Hullero”, del que hablaremos más adelante. En Pardavé el Torío es recibido por un magnífico puente medieval, uno de los elementos patrimoniales más valiosos y emblemáticos de la zona, que durante siglos comunicó la ciudad de León con la comarca de Los Argüellos y aún hoy sus 72 metros de longitud con tres vanos con bóvedas de cañón siguen uniendo ambas orillas del río. En este pueblo hay también un humilde monumento a don Francisco González en reconocimiento de los treinta años que ejerció como maestro, durante los que educó a varias generaciones de vecinos. Nos gustan los pueblos que homenajean a su maestro.
A partir de Pardavé el río avanza ya por su cauce bajo, la vega se ensancha con prados y huertas a los que sirve de regadío. Es el Torío ribereño que por los últimos pueblos (Pedrún, La Flecha, Garrafe, Palazuelo, San Feliz…) transita con sus aguas más calmadas para entrar en territorio urbano en Villaobispo de las Regueras. Bordea por el este la ciudad de León y a las afueras, en Puente Castro, “a la vista del cementerio y de un barullo urbano industrial, el Torío decide entonces morirse entregándose al Bernesga (…) No es forma de morir para quien ha visto tanto paisaje y tanta historia” relata Pedro G. Trapiello, guionista y director de Los Ríos de León (La Crónica 16 de León, 1993), serie documental sobre los ríos leoneses y los valles que atraviesan.
Río Porma. Las cosas se pueden hacer de otra manera
Volvemos a la cordillera, concretamente a medio camino entre los puertos de San Isidro y Las Señales, para ver nacer al río Porma cerca del Pinar de Lillo, una reliquia forestal (se calcula que el bosque tiene más de cuatro mil años) de hayas, robles, acebos, abedules y pinos autóctonos catalogado como Reserva del Parque Regional de la Montaña de Riaño y Mampodre. Es Cofiñal el primer pueblo que se encuentra el Porma en su camino después de haber recibido las aguas del río Isoba, que viene de San Isidro, al igual que el río Silván. Poco más abajo de Puebla de Lillo el Porma llega a la cola del embalse que lleva su nombre. El Embalse de Vegamián, como lo conocen en la zona aunque el nombre oficial sea Embalse del Porma, se inauguró en 1968 sepultando los pueblos de Vegamián, Armada, Ferreras, Quintanilla, Campillo y Lodares. Otros dos pueblos, Utrero y Camposolillo, se libraron de las aguas pero no de la muerte, pues al estar en las orillas en su día fueron expropiados y hoy están abandonados. El embalse fue diseñado por el ingeniero y escritor Juan Benet (hoy la presa lleva su nombre), quien se expresaba de este modo en una recopilación póstuma de artículos y textos publicada bajo el título Prosas civiles (1994):
“Para mí y para mi familia –y creo que para toda la gente que trabajó conmigo- los años del Porma fueron decisivos. Me atrevería a decir que fue en Porma donde completé mi formación de ingeniero, donde adquirí una forma de ejercer la profesión de una vez para siempre y que, con independencia de los conocimientos pasados y futuros, apenas se modificará ya, donde, para llenar las noches invernales de aquel lugar extremadamente solitario, escribí por enésima y definitiva vez una novela –Volverás a Región– que en buena medida vino a suponer cierta madurez literaria, o, al menos, un acercamiento a la afición que hasta entonces sólo había practicado a ratos perdidos y bien perdidos”.
El valle del Porma fue uno de tantos valles afectados por la política de construcción de embalses del franquismo en la década de los sesenta, que expropió e hizo desaparecer pueblos enteros transformando el paisaje y obligando a muchas familias a emigrar y dejar atrás sus casas, su tierra y su pasado. Se construyeron decenas de poblados, los llamados “pueblos de colonización”, en los que se realojaron a los miles de familias afectadas por la construcción de embalses generando un gran movimiento migratorio interior. Aunque los objetivos de esta política de embalses puedan estar en parte justificados (impulsar el desarrollo hidroeléctrico y la modernización agrícola por medio del riego), el afán constructor quizá fue excesivo y desde luego, el precio que se pagó fue muy alto.
Un puñado de esas familias que en su día se vieron obligadas a dejar sus casas y comenzar una nueva vida en otro lugar eran del valle del Porma, entre ellas la familia del escritor Julio Llamazares que nació en Vegamián, pueblo donde su padre era maestro y del que tuvieron que marchar siendo él muy pequeño para asentarse en Olleros, pueblo de la comarca minera de Sabero. Transcribimos a continuación algunos extractos en los que el propio escritor comenta todo esto. El primero del programa Crónica emitido en La2 el 20 de noviembre de 2014 en el que Julio Llamazares comenta unas imágenes inéditas de Vegamián en 1971:
“Yo no lo viví porque era un niño pequeño y no era consciente, pero es muy difícil saber lo que significa abandonar para siempre el lugar donde naciste, creciste, te hiciste viejo, como esos señores, y de repente ver que todo eso queda bajo el agua con toda tu memoria, con tus muertos, con tus recuerdos. Yo he conocido a algunas de estas personas que todavía viven y todavía siguen como fuera del mundo. La mayoría volvieron a emprender otra vida, pero nunca dejaron la vida anterior y nunca olvidaron ni nunca se acostumbraron porque lo que les ocurrió es muy duro”.
Recordando que los objetivos del pantano eran el regadío, la producción de energía hidroeléctrica y el aprovechamiento turístico del lago que forma el embalse, Llamazares continúa:
“Cuarenta y tantos años después no hay una central eléctrica a pie de presa y luego toda esa explotación turística de clubes náuticos… Ahora es un desierto en el que no hay nada alrededor del pantano más que algún ganadero que debe arrendar los pastos a la Confederación Hidrográfica del Duero, que es la propietaria de todos los terrenos. El valle de Vegamián era muy rico, no era un valle menor ni secundario, había fábricas ya de mantequilla, de leche, aserraderos… o sea, no era una aldea de cuatro casas”.
Por motivos técnicos el pantano fue desecado en dos ocasiones, la última en 1983, y el escritor pudo pisar de nuevo la casa en la que nació.
“El volver a un lugar que no sólo está en ruinas, sino que está como arrasado por el Apocalipsis, esa imagen es muy difícil de describir y los sentimientos que te produce, también. Ahora se puede decir claramente: esto era un genocidio cultural, paisajístico, demográfico. No se puede tratar así a la gente porque las cosas se pueden hacer de otra manera, no hacerlas tan a lo bruto, por ejemplo, inundando valles más pequeños, menos poblados, etc. Hace falta agua, eso es innegable, el agua es fundamental para la vida y para el desarrollo de un país, pero no se puede conseguir a cualquier precio ni de cualquier manera”.
Concluye el escritor:
“El no tener una patria -y la patria de verdad es el pequeño lugar donde tú naciste- produce una sensación de melancolía, pero a la vez una gran sensación de libertad al no tener que ser de ningún lado por obligación”.
El segundo extracto es del capítulo titulado León, memoria de la nieve dedicado a Julio Llamazares en el programa Esta es mi tierra emitido en La2 en 1999, donde el autor se refiere también a su pueblo natal, Vegamián, y al embalse del Porma:
“De todos modos, el lugar que simboliza para mí mejor esta provincia, el sitio que la resume por encima de todos los demás, incluso de aquellos en los que viví más tiempo, es este lago oculto tras las montañas en el que nací y viví cuando aun no era consciente ni tan siquiera de mí mismo. No dejé a nadie, no perdí a nadie, no abandoné una casa ni un mundo ni unos recuerdos porque no llegué a tenerlos del todo, pero quedó para siempre grabado en mi memoria o en mi piel, puesto que aquí vi la luz por primera vez y aquí inicié el camino que me ha llevado por todo el mundo, un camino sin retorno porque detrás sólo hay agua. El agua es la vida, pero también la muerte. El agua ha dado origen a pueblos y ciudades, pero también los ha destruido. En mi caso ocurrió así, yo nací aquí bajo el Porma, debajo de este pantano donde reposan las casas de Vegamián -que así se llamaba el pueblo- y otros seis o siete más. Son sólo parte del casi medio centenar de pueblos que solo en la provincia de León yacen bajo los diferentes pantanos. Muchas veces me preguntan cómo ha influido este dato en mi vida y en mi obra literaria y la verdad, nunca sé muy bien qué responder porque evidentemente de algún modo me habrán influido, pero no sé cómo ni hasta qué punto. Lo único que tengo claro es que el hecho de no tener un lugar al que volver, un sitio de referencia como la mayoría de las personas, me hace sentir más apátrida, lo cual dicho sea de paso es muy saludable, sobre todo en estos tiempos de fiebres nacionalistas. Porque al final la tierra que yo describo ya no existe salvo en mi memoria, de la misma manera que Vegamián ya no existe salvo como sombra en el agua. Esa sombra es mi patria y mi literatura”.
La historia de una de esas familias que tuvieron que dejar atrás su pueblo y comenzar una nueva vida lejos de él la utiliza Llamazares como argumento en su novela Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015). Domingo y su familia se ven obligados a abandonar el pueblo de Ferreras porque va a ser inundado por el embalse del Porma, hoy después de casi medio siglo la familia regresa al pueblo, “mejor dicho: al lugar más cercano al pueblo al que el pantano permite llegar cuando está lleno”, para depositar sus cenizas. Dieciséis familiares, dieciséis personajes van narrando uno por uno y cada uno a su modo sus pensamientos, su manera de ver la historia de la familia, pues una vez reunidos todos ante el paisaje hermoso y desolador del pantano, existen “distintas formas de mirar el agua”. Repasando el testimonio de Virginia, la mujer de Domingo, nos damos perfecta cuenta de la historia de esta familia, que pudo ser la historia de cualquier familia de los pueblos inundados por el embalse del Porma.
Comienza Virginia recordando el día en que llegaron al poblado de nueva creación en la provincia de Palencia en el que tendrían que vivir a partir de ese momento, en contraste con su pueblo de toda la vida que habían tenido que abandonar:
“Cuando llegamos a la laguna, el poblado estaba aún sin construir. Tan sólo unos barracones se dibujaban en la llanura y en ellos nos refugiamos junto a las quince o veinte familias que habían ido llegando, procedentes de lugares anegados por pantanos como el nuestro, a aquel fangal infinito emergido de la desecación del lago que había cubierto hasta entonces el territorio virgen y desolado que íbamos a ocupar. (…) ¿De qué nos valía ya añorar los verdes prados de Ferreras, los regueros y los huertos junto al río, los pastizales de las colladas y los puertos de las montañas hasta los que subíamos a las ovejas en el verano y desde los que contemplábamos el maravilloso circo de peñas blancas e inaccesibles que rodeaba el hermoso valle de nuestro pueblo, diminuto allá, en el fondo, junto al río que terminaría con él? Ahora lo que teníamos era solamente eso: seis hectáreas de terreno plano como una masera de las que tendríamos que extraer el fruto que nos permitiría alimentar a los cuatro hijos, los cuatro todavía pequeños para trabajar”.
En este momento final recuerda Virginia que Domingo, su marido, nunca quiso volver a su pueblo y ni siquiera volvió a hablar de él.
“Domingo nunca quiso volver a verlas mientras vivió (se refiere a las montañas). Al revés que otros vecinos, él nunca quiso volver aquí ni consintió en que nuestros hijos lo trajeran, como sí lo hicieron conmigo a veces. (…) Durante los cuarenta y cinco años que han pasado desde el día en que, con la casa a cuestas, abandonamos estas montañas camino de la llanura, Domingo nunca volvió a hablar del pueblo, como tampoco lo hizo de Valentín, el pobre hijo que se nos murió tan pronto. Domingo prefería olvidarse del pasado y para eso lo mejor, pensaba, era no nombrarlo. Yo, en cambio, aunque me hubiera gustado hacer como él: borrar los momentos malos de mi memoria y vivir como si nunca hubieran existido, jamás lo pude lograr; al contrario, mientras más hacía por olvidar, más recordaba y me dolía el recuerdo”.
Sin embargo, en varias ocasiones le había manifestado su deseo de que cuando falleciera, lo trajeran aquí de nuevo.
“Allí quiere regresar Domingo. Convertido en despojos como el pueblo, quiere volver a donde nació y donde fue feliz hasta que nos fuimos obligados por una circunstancia que jamás habríamos podido imaginar antes de que nos la anunciaran. Recuerdo perfectamente el día en que yo la supe. Fue Domingo el que me la comunicó una mañana mientras comíamos. (…) Me acuerdo de que ese día, cuando después de comer me asomé a la calle, había un silencio extraño en el pueblo. Aquel silencio dio paso pronto al ruido de los camiones y de las excavadoras que comenzaron a perforar la peña del congosto donde se levantaría la presa. Luego vinieron las carreteras, los túneles y las demoliciones y, aunque la vida siguió unos años como hasta entonces, el silencio nunca regresó a los pueblos, cuyos vecinos veíamos progresar aquellas obras con temor, sabedores de que su final marcaría también el nuestro en este lugar”.
Concluye Virginia su reflexión:
“¡Cuántos años -Dios mío- ya han pasado desde el día en que Domingo me llevó al bar de Las Cuevas, donde hacían baile todos los sábados! ¿A quién podría contarle ahora la emoción que yo sentía aquella tarde y la que sentí al volver, ya de noche, los dos andando por el camino de Vegamián? ¿Cómo confesarle a nadie que desde entonces todo ha sido desandar aquel camino bordeado de espinos y de avellanos que hoy es sólo un recuerdo bajo el agua de este lago en el que Domingo reposará en seguida? Junto a sus padres. Junto a los míos. Junto a ese hijo que no llegamos a ver crecer, pues se nos murió muy pronto, y que se quedó esperándonos todo este tiempo mientras nosotros íbamos de un lado a otro gastando nuestras fuerzas y la vida en el trabajo de volver aquí. Domingo lo hace hoy, y yo espero no tardar mucho en seguirlo”.
La novela termina con el testimonio de un automovilista:
“¿Qué hará toda esa gente ahí?… Cuando pasé hacia arriba no estaba. En verano todavía se ve a alguien, pero ahora… Deben de ser turistas. Por las matrículas de sus coches. Pues han tenido suerte: el pantano está a rebosar y hace un día precioso”.
Y con ese día precioso el río Porma sobrepasa el embalse para acercarse ya, ancho y decidido, a la localidad de Boñar, pero antes de llegar ha de pasar bajo el puente de San Pedro o Puente Viejo, una belleza del siglo XIII, aunque desde entonces fue restaurado en varias ocasiones. Boñar y su vega constituyeron un importante nudo de comunicaciones e intercambios comerciales, además de acoger un ramal importante del Camino de Santiago que remonta el Porma para descender luego hacia la catedral de Oviedo, por eso era fundamental poder vadear el río, que además a esta altura de su cauce todavía baja bravo, sobre todo en época de deshielos o de tormentas de verano. El puente ayudó a solucionar el problema, si bien todos los que lo cruzasen deberían pagar el pontazgo, un impuesto a modo de peaje. Desde su construcción y hasta hace pocas décadas todo el tráfico de estas montañas, tanto personas como animales o carros, pasó necesariamente por el: peregrinos, arrieros, comerciantes, ganaderos…
Para saber un poco más de Boñar y su montaña habrá seguramente muchos libros y autores, pero vamos a pararnos en un libro que de raro o curioso, resulta divertido: Historia de la Montaña de Boñar escrita por Don Pedro Alba, párroco de Valdesaz de los Oteros en 1863. Fue editado en 1864 por el establecimiento tipo-litográfico de Manuel González Redondo en León, y reeditado en edición facsímil por Ediciones Leonesas S.A. León, 1988, con apunte preliminar de Wenceslao Álvarez Oblanca. En poco más de cien páginas se van haciendo curiosas observaciones acerca de la formación geológica y topográfica de la montaña de Boñar, así como de su población civil y monástica. Desde el primer momento el párroco admite el principio de la creación de la materia sin renunciar a explicaciones de geólogos y naturalistas, siempre que avalen dicho principio, claro, y ya él mismo anticipa “aunque no creo que estas mis observaciones geológicas hagan mucho ruido en el mundo intelectual y literario”.
Así comienza:
“Siempre agrada más al gusto en materia de historia tomar el hilo de ella en sus principios más remotos, y al escribir yo la de mi patria, quisiera si posible fuese remontarme a los átomos de Leucipo, si el sistema de este filósofo contuviera el verdadero génesis del mundo. Pero como católico creo en la cosmogonía de Moisés, y admito la creación de la materia según se refiere en el Génesis Sagrado. (…) Me concretaré a hacer algunas observaciones geológicas sobre los montes y las peñas que es lo primero y lo que en más abundancia se presenta a la vista del viajero en el país que voy a describir. Si preguntamos a un geólogo cómo se han formado estas dos cosas, nos contesta en substancia de este modo: El mundo (dice) ha sido, es y será siempre un misterio para el hombre, por más que éste haga con su ingenio esfuerzos para comprenderle, y aun supuesto el dogma católico de la creación ex nihilo, tenemos todavía los geólogos un campo dilatadísimo en que lidiar y batirnos los sesos para averiguar el cuándo, el cómo y el porqué fue así creado”.
Incluso en la etimología del nombre “Boñar” encuentra Pedro Alba una curiosa explicación de que se trata de una tierra montañosa:
“Llámanse observaciones topográficas las que versan sobre el aspecto superficial de los terrenos, y en este concepto la topografía de la montaña de Boñar es la que se desprende de la etimología de su nombre. Montaña no significa tierra llana sino de altos y bajos, de montes y valles. Y tal es también en mi concepto el significado del nombre de Boñar compuesto de la palabra griega Bonis o Boni que significa montes o collados, y de la partícula ar abundancial o que significa abundancia de montañas”.
Tras las observaciones geológicas y topográficas, en capítulos posteriores se abordan las correspondientes a la población, si bien bajo los mismos principios del Creador cuya Divina Providencia permite que todas las zonas y todas las criaturas tengan los recursos necesarios para su supervivencia. De este modo afirma que la montaña de Boñar no tiene condiciones para cultivar cereal, pero sin embargo es rica en madera que puede intercambiar con los campesinos fomentando de paso la comunicación y el intercambio comercial y social. Y otra más: Dios no ha dotado a esta comarca de medios que favorezcan la prosperidad, pero en cambio tienen la agradable compañía de los pájaros y la tranquilidad del paisaje. El que no se consuela es porque no quiere.
“Sería operación larga y por otra parte innecesaria, el referir todas las clases de árboles y plantas, de aves y animales de que se halla poblado el país cuya historia me he propuesto describir. Bien conocidas son a sus habitantes unas y otras sin que yo haga mención de ellas. No obstante, haré algunas observaciones morales o más propiamente metafísicas sobre algunas producciones del reino animal y vegetal en las que resplandece de un modo más visible la Providencia del Creador y su amor hacia los hombres. Todos saben que los terrenos de montaña son en su mayor parte estériles para toda clase de cereales y demás plantas alimenticias para el hombre; pero al mismo tiempo se hallan dotados de una virtud muy productiva y muy feraz para otras plantas de la especie arbórea como son el roble, el haya, el abedul, el chopo, el álamo y el negrillo, etc. Con la abundancia de esta clase de producciones ha querido la Providencia compensar a las montañas de la falta de cereales e imponer a sus habitantes la necesidad u obligación de ponerse en comunicación con los que habitan otros puntos; y la circunstancia de ser el trigo de primera necesidad y las maderas de segunda, hace que los montañeses sean los que primero tienen que moverse a surtir a los campesinos de sus géneros y a recibir de éstos como cambio sus granos y sus vinos.
También es digno de observarse que en aquellos puntos de montaña en que de originario vive el hombre, residen también pajarcitos de un carácter, digámoslo así, humanitario y filantrópico, como son el ruiseñor, el jilguero y la calandria, los cuales con sus dulces y armoniosos cánticos alegran al hombre, al paso que en las peñas y en los montes reina un silencio sepulcral que apenas se interrumpe a no ser por el monótono y triste cántico del búho, por el áspero y bronco graznido de los cuervos y por el horrísono aullido de los lobos, como que la Providencia se complace en proporcionar al hombre una dulce y agradable compañía y en alejar de él la que le es desagradable”.
Este último párrafo nos hace recordar la samba Añoralgias, de Les Luthiers, en la que en clave de humor el autor describe con añoranza y cierta nostalgia las características de su tierra natal:
Esta zamba canto a mi tierra distante
cálido pueblito de nuestro interior.
Tierra ardiente que inspira mi amor
credosa, reseca, de sol calcinante.
Recordando esa tierra quemante
resuena mi grito: ¡Qué calor!
Cómo te recuerdo, mi lindo pueblito
con tu aire húmedo y denso de día.
Noches cálidas de fantasía
pobladas de magia, de encanto infinito.
Y el cantar de tu fresco arroyito
salvo en los diez meses de la sequía.
Siempre fue muy calmo, mi pueblo adorado
salvo aquella vez que pasó el huracán.
Viejos pagos, ¡qué lejos están!
Mi tierra querida, mi dulce poblado
tengo miedo de que hayas cambiado
después de la última erupción del volcán.
Tierra que hasta ayer mi niñez cobijabas
siempre te recuerdo con el corazón.
Aunque aquel arroyito dulzón
hoy sea un hirviente torrente de lava,
que por suerte a veces se apaga,
cuando llega el tiempo de la inundación.
Los hambrientos lobos, aullando estremecen
cuando son mordidos por fieros mosquitos.
No se puede dormir por los gritos
de miles de buitres que el cielo oscurecen.
Siempre algún terremoto aparece
y al atardecer llueven meteoritos.
Y si a mi pueblito volver yo pudiera,
a mi viejo pueblo, al que no he regresado.
Si pudiera volver al poblado,
que siempre me llama, que siempre me espera.
Si a mi pueblo volver yo pudiera
no lo haría ni mamado.
Respecto a los primeros pobladores de la montaña de Boñar el párroco considera que es muy difícil investigar si este territorio estuvo poblado antes del Diluvio de Noé, por eso se propone indagar quiénes fueron sus primeros pobladores después del Diluvio Universal. Apoyándose en el historiador padre Francisco de Sota, centra su investigación en lo que él llama
“monumentos filológicos que se sacan de lenguas antiguas propias de las naciones que en primer lugar vinieron a poblar a las antiguas Asturias y Cantabria, los cuales se hayan consignados en los nombres de muchos pueblos. (…) Mas dado el caso que la opinión del P. Sota con respecto a los primeros pobladores del valle de Boñar sea cierta, no por eso se ha de colegir que la población de este país sea exclusivamente de griegos y fenicios y que no hayan tenido alguna parte en ella otras gentes o naciones, pues se hallan también en él monumentos de población céltica, romana y gótica”.
Termina el capítulo repasando la toponimia de hasta cuarenta y dos pueblos de la comarca en cuyos nombres busca y argumenta, cual filólogo avezado, la procedencia de las naciones citadas.
Y el río, como la vida, sigue su curso. Dejamos atrás Boñar y al párroco Pedro Alba. A partir de aquí la vega del Porma va creciendo y haciéndose cada vez más ancha, sumando las aguas de numerosos arroyos como los que proceden de Veneros o de Las Arrimadas y atravesando las localidades de Vegaquemada, Candanedo y Lugán, para llegar a Ambasaguas, donde recibe las aguas del Curueño. Ahora, más crecido aun, el Porma recorre ya sus últimos kilómetros en un paisaje en el que predominan grandes extensiones de cultivos, pastos y arboledas, hasta que tras pasar por Puente Villarente, paso histórico del Camino de Santiago, desemboca finalmente en el Esla.
El Curueño literario
El Curueño es un río que ha inspirado a narradores y poetas, muchos de ellos se incluyen en la antología El Curueño literario (eolas ediciones, 2017). Seleccionados por Ángel Fierro y Julio Llamazares, en el libro hay textos de Jesús Fernández Santos, Camilo José Cela, Juan Pedro Aparicio, Jesús Díez Fernández, Miguel Delibes, Juan Benet, Antonio Gamoneda, Antonio Colinas, Ángeles Caso y así hasta cuarenta autores de distintos géneros, narrativa, poesía, dramaturgia o ensayo, que reflejan en sus escritos el patrimonio del Curueño: la naturaleza y el paisaje, la fauna y la flora, la historia y la arquitectura, las costumbres y el folclore, las leyendas tradicionales y los romances. Así lo transmite José Enrique Martínez en la presentación:
“Las vivencias del paisaje rural cobijan en su mayoría memorias de infancia y los textos conducen a la evocación, que suele llevar consigo ciertos dejos de añoranza de un espacio cuya huella permanece en la mente como el paraíso al que uno desea tornar, bien sea en la realidad, bien en el recuerdo o bien transformando el lugar en territorio de la imaginación, enriquecida a medida que los años nos alejan del paraíso vivido, soñado o fantaseado íntimamente o en las páginas escritas como memorias, poemas y narraciones ficticias o de viajes reales”.
Nosotros aludiremos a algunos de estos textos y autores para acompañar nuestro viaje por el río Curueño. Para empezar, en el año 1981 Julio Llamazares hizo un recorrido a pie desde la desembocadura hasta el nacimiento del Curueño, río donde pasó el escritor los veranos de su infancia. Fruto de ese recorrido años más tarde escribió un libro precioso, El río del olvido (Seix Barral, 1990; reeditado por Alfaguara en 2006), que trata sobre el paisaje y la memoria, “que en ocasiones son lo mismo”. Propiamente hablando el libro no es una guía de viaje, aunque puede utilizarse sin duda para tal fin. Como el final del trayecto realizado por el escritor coincide con nuestro comienzo, aprovechamos uno de sus últimos párrafos para tener una panorámica del río que vamos a recorrer.
“Atrás quedan, tras las montañas azules que el viajero va dejando detrás de él, cuarenta y cuatro kilómetros de curso vertical y casi siempre humilde, varios desfiladeros, una hoz cortada en la roca, un sinfín de arroyuelos y de cascadas y diez o doce valles sucesivos, unos más escondidos y otros más grandes, en los que asientan sus piedras las treinta y tres aldeas y las tres o cuatro ventas que se reparten desde hace siglos la fantástica belleza de su cauce. En torno a ellas, y a las escasas gentes que las habitan desde que sus primeros antepasados se establecieron aquí hace ya miles de años -gentes pobres y calladas, hombres con el corazón cansado de tanto trabajar y caminar por las montañas y mujeres con el alma traspasada por la nieve que cae sin compasión en el invierno sobre estos altos valles solitarios-, ha ido poco a poco surgiendo una cultura que el río ha alimentado con sus aguas y los hombres muchas veces con su sangre. Una cultura de nieve, vieja como las montañas, que el río Curueño arrastra poco a poco hacia el olvido lo mismo que ahora el viajero su soledad entre los arándanos. Una cultura de piedra -a la que pertenece y a la que no ha renunciado- y de bosques solitarios y animados como aquel de allá arriba en el que Curienno nace para correr, como ahora hacen los caballos por sus orillas, en busca de la sombra mitológica de Polma, que en las verdes choperas de Ambasaguas está ya desde hace siglos y milenios esperándole”.
El Curueño no nace de una fuente única o principal, sino de varias fuentes y neveros que hay que buscar en el puerto de Vegarada y en el Pico Toneo de San Isidro, en lo alto de la comarca de los Argüellos donde en otro tiempo hubo abundancia de hayas y robles hoy desaparecidos para ceder el paso a praderías y pastos para el ganado, única industria de esta montaña leonesa.
Redipuertas es el primer pueblo que atraviesa el Cuerueño a pocos kilómetros de su nacimiento. Tras él Cerulleda, pueblo de piedra, como todos estos, que destacamos por la belleza de sus dos puentes medievales, La Puente de Arriba y La Puente de Abajo. Como la mayoría de los numerosos puentes que se encuentran en el alto Curueño, son de singular belleza tanto por la perfección de sus arcadas y luces, como por la disposición de las piedras de sillería que arman sus bóvedas. Muchos de estos puentes son de factura romana pues servían a la calzada romana para vadear el río cuando el valle se estrechaba, aunque luego han sido reformados y modificados en varias ocasiones, por lo que hoy algunos “sólo” les conceden un origen medieval. La calzada romana de Vegarada parte de Puente Villarente y recorre aproximadamente sesenta kilómetros hasta coronar el puerto, muchas veces a la orilla del río, pues el valle se estrecha y no hay más paso. Data de los primeros siglos de nuestra era y se piensa que fue construida aprovechando un paso anterior de cazadores y ganaderos. Los romanos la utilizaron como vía militar en su lucha de conquista contra cántabros y astures, sin perder de vista su uso en la explotación minera de la zona. Posteriormente a lo largo de los siglos la calzada siguió siendo vía de tránsito para peregrinos, ganaderos, comerciantes y arrieros. A principios del siglo XX muchos tramos de calzada han quedado definitivamente sepultados por la construcción de la carretera de La Vecilla a Vegarada.
Cerulleda es también el pueblo del escritor Jesús Fernández Santos, que nació en Madrid en 1926 pero siempre mantuvo un vínculo muy estrecho con este pueblo donde nació su padre, hasta el punto de que restauró un viejo molino como vivienda a la que regresaba siempre que le era posible y donde escribió algunas de sus obras más importantes en las que la acción se desarrolla en los pueblos y montes de la comarca. En el prólogo a su primera novela, Los bravos, en la reedición de Salvat en 1971 (la novela fue publicada por primera vez en 1954), Carmen Martín Gaite reconoce que “esta novela ha ido consiguiendo progresivamente, sin propaganda de ninguna clase, a base de tiempo y aguante, de seguir estando ahí, un prestigio cada vez mayor entre las mejores novelas españolas de posguerra”. Quizá Jesús Fernández Santos no tenga hoy el reconocimiento o la popularidad de otros escritores de su generación de los años 1950, pero es uno de los principales exponentes del realismo social y su mérito fue reconocido con premios muy importantes como el Premio Nadal (1970), el Premio Nacional de Literatura (1978) o el Premio Planeta (1982). El propio autor hace una descripción de estas tierras del Curueño y cómo han marcado su obra en el siguiente texto que corresponde a una conferencia de título Caminos de León, que se encuentra recogida en el libro antes citado El Curueño literario. Pedimos perdón por su extensión, justificada a nuestro juicio porque nadie podría expresarlo mejor:
“He caminado por las calles de León, muy distintas ahora, viniendo de un Madrid apenas renacido de la guerra, hasta tomar otro tren, más pequeño, que habría de llevarme, tierra arriba, camino de lo que en León llaman “La Montaña”. No he nacido aquí, pero no se es de la ciudad o la región en la que uno nace o muere, sino de allí donde se vive, y en tal sentido he pasado gran parte de mi vida al pie de la raya divisoria se separa a ese antiguo reino del de Asturias. Allí, en la vertiente sur de la Cordillera Cántabra que separa a León del mar, cambia de pronto fauna y flora e incluso modos y costumbres, a pesar de cierto nexo de unión en lo que se refiere a tradiciones y lenguaje. Al pie de esta barrera rocosa cuyas cumbres la niebla y el cierzo borran a menudo, sucede mi primera novela, titulada Los Bravos. En otras, como Los jinetes del alba o La que no tiene nombre, así como cerca de otros veinte títulos, de uno o de otro modo se hallan presentes paisajes y vivencias de estas tierras. Estos escondidos valles de León guardan en sí multitud de historias desde los tiempos de la dominación romana hasta hoy; leyendas que hablan de La Dama de Arintero, protagonista de mi obra La que no tiene nombre, o relatos sobre el castillo de Montuerto, situado a orillas de una antigua Calzada. Esta antigua vía, cuya senda cruza Lancia hasta llegar al puerto de Vegarada, fue convertida más tarde en camino de arrieros, pastores trashumantes y paso de peregrinos rumbo a la Cámara Santa de Oviedo. Apenas iniciada su travesía, dejando atrás León, el camino comienza a abrirse paso a través de un mundo de piedra roído por el río y los glaciares, lugares recónditos por donde aun hoy los rebaños llegan de Extremadura. Mas tarde, cuando La Calzada tiene que ir ganando las orillas más propicias a ambos lados del agua, es donde se inician las discusiones sobre el origen de los puentes: romanos para unos, medievales para otros… muchos de ellos abandonados, los cuales se suceden surgiendo a veces de improviso al encontrarse escondidos en remotos rincones. Solo uno: el “Del Ahorcado” conserva su nombre, según dicen porque al no haber donde amarrar sogas y cuerdas, se utilizaba su ventana ojival para colgar delincuentes. A su vez, y no muy lejos de aquel lugar, discurren leyendas como aquella que menciona a Juana García, dama que combatió en el ejército de los Reyes Católicos, en los sitios de Toro y Zamora. Nacida en Arintero y muerta por sus propios compañeros de armas, su delito fue ser mujer, en un tiempo en que solo se admitía el valor de los hombres y los correspondientes privilegios concedidos en tales ocasiones. Siglos más tarde su recuerdo, como el de tantos otros nombres ilustres y anónimos, permanece vivo en la memoria de quienes visitan aquellos lugares. Y por eso creo que es justo decir que estos caminos y tierras de León han marcado mis días y mi obra”.
Dejando atrás Cerulleda y tras pasar por otro puente singular, el puente del Llano Nevero, el Curueño se abre a una preciosa vega de praderías verdes para llegar a la capital municipal de esta parte del valle: Valdelugueros, situada a los pies del pico Bodón, una emblemática mole caliza de casi dos mil metros. El conjunto forma un paisaje de postal y más aun si en la imagen se incluye el puente de Los Campos de Lugueros, magnífico puente medieval de tres ojos que el ayuntamiento ha elegido como motivo representativo para su escudo municipal.
Todavía en la vega está Tolivia de Abajo, donde en la antigua escuela hoy convertida en bar encontramos –al igual que en Pardavé- un busto en homenaje y reconocimiento al maestro del pueblo: “Acendrada virtud tuvo y sobrados méritos para erigirle este monumento. A la grata memoria del maestro modelo D. Pedro García de Robles. Sus discípulos y admiradores”. Desde Vegarada el Curueño se va nutriendo de decenas de arroyos que recogen las aguas de los valles de la comarca, pero poco le durará la bonanza pues a la salida de Tolivia y antes de entrar en las hoces se ha construido un azud, una especie de presa para trasvasar parte de su caudal al río Porma. También antes de entrar en las hoces está el desvío que lleva a Arintero, pueblo de donde según la tradición era Juana, la mujer que se hizo pasar por hombre para poder combatir contra Alfonso V rey de Portugal. Cuenta la leyenda que el rey envió a todos los rincones del reino un pregón “pa que vayan a luchar de cada casa un varón”. Cuando el conde de Arintero oyó esta llamada maldijo a su esposa Leonor “que de siete hijos que tuvo, ninguno ha sido varón”, pero su hija Juana le dijo “cómprame caballo y silla y a la guerra me voy yo”. Aunque el conde no estaba de acuerdo, Juana terminó por convencer a su padre y haciéndose pasar por hombre con el nombre de Oliveros “portose como valiente en todo tiempo y lugar y en los muros de Zamora gestas llegó a realizar contra aquella Beltraneja y aquel rey de Portugal”. Pero llegó el día en que un general empezó a tener sospechas… Esta historia y otras similares en su momento dieron lugar a romances y cantares narrativos, concretamente del romance La dama de Arintero se conocen varias versiones, nosotros reseñamos la de Felicidad Alonso Asenjo, de Quintanilla de Rueda, que termina así:
“- ¿Por qué lloras, Oliveros? – ¿Por qué tengo de llorar?,
He recibido una carta toda llena de pesar:
Que mi madre ya se ha muerto y mi padre está de expirar;
Si usted me diera licencia yo me iría para allá.
– No me mientas, Oliveros, que bien sé por lo que es,
que, valiente como un hombre, tú eres una mujer.
Toma esas confesiones y vete para tu casa,
que jamás servirá al rey ninguna de la tu raza.
Ya se fue para casa toda llena de alegría
y antes de llegar a ella en La Cándana moría;
unos cuantos soldaditos la dieron muerte cruel,
por no querer entregar el codiciado papel”.
Con el recuerdo de Juana, la Dama de Arintero, el río se encajona durante unos kilómetros en las Hoces del Curueño (también Hoces de Valdeteja), todo un espectáculo de entalladuras y pliegues que José Luis Leicea describe del siguiente modo en el número 45 de la revista Tierras de León (1981):
“A poca distancia de La Vecilla, la carretera se encajona a lo largo de la hoz, con cerradas curvas practicadas en la pared de la roca. A uno y otro lado, moles de un solo bloque de caliza, de centenares de metros, se elevan a veces como cubriendo el cielo, como colosales catedrales de piedra blanca, agrisada, cortadas en telmos gigantes en forma de torreones. A trechos, en algunos lugares, se proyectan a manera de inmensas murallas suspendidas sobre el vacío, ornadas de picachos agudos y riscos pronunciados que brillan al sol, con la nieve, como grandes llambrías. La garganta forma horcajos con bruscas retuertas por donde el río, quebrándose, parece esconderse, y en otros tramos se abre en grandes anfiteatros naturales”.
Para despedirse de las hoces y antes de llegar a Nocedo el Curueño pasa bajo el Puente del Ahorcado o de Los Verdugos, último de los ocho puentes que fue atravesando el río en el municipio de Valdelugueros. De factura romana en su origen aunque está muy reformado, como su propio nombre indica aquí se llevaban a cabo las ejecuciones de los reos en época medieval. En Nocedo de Curueño hubo un balneario que ya desde la antigüedad era visitado en busca de sus aguas medicinales y curativas, hoy sólo quedan ruinas en una muestra más del abandono en que se encuentra esta comarca de la montaña leonesa. A las afueras de Nocedo encontramos una bella cascada con la que desemboca en el Curueño el arroyo que viene de Valdorria, localidad situada en la montaña a más de 1300 metros de altitud y en la que según se cuenta vino san Froilán a vivir como ermitaño. El santo es hoy patrón de la localidad y la ermita un lugar de peregrinaje, para llegar hay que ascender por un camino escarpado que finaliza con 365 escalones, uno por cada día del año, prácticamente excavados en la roca. No podemos asegurar que subiendo a la ermita se obtenga indulgencia alguna, lo que sí garantizamos es que ese lugar ofrece unas vistas bellísimas de la comarca del Curueño, un paisaje inigualable de valles y montañas.
De vuelta en el valle estamos ya muy próximos a La Vecilla, capital municipal del curso medio del Curueño. Tras el sobresalto de hoces y cascadas, el río discurre ahora con suavidad y sosiego por praderías con un cauce poblado de chopos, negrillos, fresnos y otros árboles y arbustos que hacen de sus orillas un lugar ideal para el descanso, el baño y la diversión. Después de pasar por Valdepiélago y su precioso puente medieval, llega a La Vecilla, localidad que ha sido desde antiguo un importante cruce de caminos. El origen de La Vecilla está ligado a la iglesia y al torreón medieval de los condes de Luna, que funcionó durante mucho tiempo como cárcel y hoy es sede del Ayuntamiento, pero ha crecido a lo largo, hacia la vega alta, pues es ahí donde se construyó la estación de ferrocarril a finales del siglo XIX. Durante décadas la estación de la Vecilla fue el cordón umbilical que unió a la montaña del Curueño con el mundo, a esa estación iba un coche a recoger y llevar personas, documentos y paquetes que luego repartía por todas las casas y pueblos del valle, como aparece muy bien reflejado en la novela Los Bravos de Jesús Fernández Santos. Aun es legendaria la fonda Orejas situada justo frente a la estación, pues era lugar de parada obligada para los viajeros que llegaban a la estación de La Vecilla o partían desde ella.
El tren que tiene parada en La Vecilla es el Ferrocarril de La Robla, al que todo el mundo en la comarca conoce como “el Hullero” y hoy hace la línea León-Bilbao. Esta línea de ferrocarril inaugurada en 1894 fue fundamental para la comunicación y el desarrollo de los pueblos, valles y montañas del norte de León, Palencia y Burgos, provincias que atraviesa en sentido perpendicular (literalmente se puede decir que las corta en dos) para descender finalmente por la provincia de Vizcaya hasta Bilbao. Hoy el tren ya no trasporta carbón y casi ni viajeros, ha quedado prácticamente para uso turístico (hace un tiempo entró en funcionamiento El Tren Expreso de la Robla, un tren turístico clásico muy bonito, sí, pero a unos precios para pocos bolsillos: la tarifa básica para el viaje de tres días y dos noches es de 1300 euros por persona). La ruta es simplemente preciosa de principio a fin y el viaje siempre se puede hacer en el tren convencional. Sobre la significación del ferrocarril y los ríos rescatamos la siguiente aportación de Llamazares en el programa documental Esta es mi tierra citado anteriormente:
“El tren y el río son dos metáforas para mí de la misma historia, dos líneas equivalentes en el mismo paisaje de mi vida, el paisaje de aquellos veranos junto al Curueño. Hay gente, la mayoría, cuya coordenada biográfica la marca el mar, la frontera de una ciudad o de un barrio o de una calle. La mía, sin embargo, cuando miro en la distancia, la continúan marcando este viejo tren y los ríos que atraviesa en su viaje hacia Bilbao: el Torío, el Curueño, el Porma… sobre todo el Curueño y el Porma. Sin ellos, sin el tren y sin estos ríos mi vida no habría sido como fue y mi memoria sería seguramente muy distinta. Por eso vuelvo a ellos siempre que puedo, para verlos ir y venir, eternamente, como en mi infancia, aunque yo ya soy un extraño para ellos. Hace ya muchos años que no me baño en el río ni viajo en los vagones amarillos de este tren, rodeado –como decía el poema de Gamoneda- de campesinos viejos y de mineros jóvenes. Desde que se inventaron, la literatura siempre ha estado llena de trenes y la mía no es una excepción. En primer plano o como ruido de fondo, mis libros están llenos de trenes. Por otra parte, este tren no es un tren cualquiera como señala Juan Pedro Aparicio en su libro Viaje al tren hullero. Es el tren de vía estrecha más largo de Europa, el más antiguo de los que aun circulan por España y el más hermoso sin duda, pues de León a Bilbao atraviesa todo el pie de monte de la Cordillera Cantábrica y en el caso concreto de esta tierra es fundamental porque fue el motor económico cuando los trenes llevaban el carbón de la montaña de León y Palencia a los altos hornos de Bilbao, y también una de las causas de su despoblación, puesto que los mismos trenes en los que iba el carbón se llevaban a la gente para trabajar en el País Vasco y ahora que apenas queda carbón, tampoco queda casi gente en los pueblos que puedan viajar en ellos. Pero siguen siendo una seña de identidad inevitable, no sólo en el paisaje, sino lo que significa para la geografía de esta provincia. El tren hullero divide la provincia en dos mitades, al norte la montaña y al sur las riberas, de la misma manera que en la Guerra Civil dividía los dos frentes, el franquista y el republicano, y de la misma forma que continua partiendo por el medio los ríos que la cruzan, como aquí el Curueño, con el que forma una cruz que es la cruz que señala seguramente los destinos de esta tierra”.
La Vecilla y su municipio (La Cándana, La Matica y Campohermoso) también son célebres por la cría de una especie de gallos cuya pluma es inigualable, cotizadísima para montar anzuelos con trampas o señuelos para la pesca de la trucha y que se exportan a todos los lugares del mundo. Se da un fenómeno cuanto menos curioso, pues en cuanto se sale de los límites marcados por estos pueblos las plumas dejan de tener las cualidades que las hacen tan especiales. Al parecer se ha intentado de todo, llevar esos mismos gallos o transportar sus huevos a otro lugar y medidas de otro tipo, pero nada, imposible, ese brillo de cristal de las plumas solo se consigue en los gallos criados aquí, en otro lugar, por cerca que quede, ya no es lo mismo. Hay diferentes variedades y colores (aceradas, agrisadas, plomizas, rojas, cristal…) y dependiendo de la época del año y por tanto de los colores que pueda haber en el río, se usan unas u otras. Ángel Fierro habla así de los gallos de pluma del Curueño en la Guía de recursos turísticos de la Mancomunidad del Curueño de 2016:
“En los amaneceres del enclave dice la lírica que no es preciso despertador. Ejercen de vigías de la aurora los inimitables gallos de pluma que se crían en el epicentro del municipio, de forma endogámica. El modo como sus plumas van perdiendo su irisación, colorido o tersura a medida que se alejan de este enclave es motivo de asombro. Su calidad para montar anzuelos ya fue reconocida en el año 1624 en el Manuscrito de Astorga, que se subtitula ´Libro de aderezar y adobar plumas para pescar truchas´.
Avellanados, indios, corzunos, flor de escoba o langaretes… los gallos forman algarabía multicolor que singulariza al territorio. Recientemente el municipio se ha dotado de un Museo del Gallo donde se exponen variopintos aspectos de la cría e industria de esta especie singular, con todo tipo de documentos acreditativos de su importancia, los aperos de pesca y una interesante colección de esculturas que representan gallos. Una asociación de criadores coordina y garantiza la pureza de la cría y el laboreo tradicional del pelaje y todos los años, en el segundo fin de semana de marzo, se celebra en la Vecilla la Feria del Gallo de Pluma. En el año 2016 se celebró su vigésima edición y es un homenaje que engloba a dos animales míticos: los gallos del Curueño y la reina del agua, la trucha, a la que los poetas titulan como ´el oro arco iris´”.
Pues a favor de la corriente llegamos a Santa Colomba del Curueño, capital del último municipio que atraviesa el río ya en su curso bajo. En este último tramo el tipo de construcción clásica (exceptuando las modernas viviendas unifamiliares o adosadas) generalmente ya no es de piedra, sino de adobe o tapial. Los campos de cultivo, sobre todo de forraje para el ganado, ocupan mucha extensión y son numerosas las acequias y canales de riego que se abastecen con el agua del río menguándolo. Es reseñable también la cantidad de ermitas y pequeñas iglesias esparcidas por los pueblos de la zona en las que se contabilizan un buen puñado de destacadas obras de arte sacro: tallas, retablos, vidrieras, ornamentos…
Los tres últimos pueblos del concejo: Ambasaguas de Curueño, Barrio de Nuestra Señora y Devesa de Curueño forman una especie de triángulo en el que el río Curueño se abraza finalmente con el Porma. Es hora de contar la leyenda de Polma y Curueno a la que aludía Julio Llamazares en su texto. Esta leyenda se incluye en la obra León de España escrita y publicada en 1586 por Pedro de la Vezilla Castellanos, una saga montañesa en la que se recogen leyendas y cantos épicos que eran comunes por estas tierras. Es uno de los libros de la biblioteca de Don Quijote indultados por el cura y el barbero (Don Quijote de la Mancha, cap. VII, 1ª parte), aunque al cabo no se libró debido a las prisas que se dieron el ama y la sobrina con el fuego. La leyenda que explica el nacimiento de los ríos Porma y Curueño es más o menos como sigue: en el tiempo en que las legiones romanas avanzaban por los montes leoneses tratando de conquistar a los astures, una bella doncella astur y un valeroso guerrero, Polma y Curieno, se enamoraron. Sin embargo su felicidad no duró mucho porque el cónsul romano Canioseco también se interesó por Polma y la capturó con la intención de llevársela al campamento de León y convertirla en su esposa. El valiente guerrero montañés fue a esconderse cerca del campamento romano con la intención de rescatar a su amada, así cuando cayó la noche y aprovechando que todos se quedaron dormidos debido al mucho vino bebido durante la celebración de la fiesta, Curieno logró rescatar a Polma y huir juntos a las montañas. Cuando el cónsul se dio cuenta de lo sucedido inició su persecución dándoles alcance en un arroyo donde se habían detenido a refrescarse y descansar entre Lillo y Cofiñal. Los amantes se dieron cuenta de que era imposible continuar la huida y Polma, para no tener que entregarse al cónsul, suplicó a Curieno que le diese muerte con su espada, lo que Curieno cumplió con gran dolor de corazón. El valiente guerrero, ya solo, huyó hacia el puerto de Vegarada, donde fue alcanzado por los legionarios que le traspasaron el pecho con una lanza. Las xanas -protectoras del agua y los bosques- que lloraban la muerte de Polma en Cofiñal oyeron los lamentos de las que lloraban la muerte de Curieno en Vegarada y conmovidas por el destino tan cruel de ese amor imposible, decidieron convertir los charcos de sangre de ambos amantes en dos fuentes de agua que empezaron a correr valle abajo como testimonio de su amor y así fue como nacieron los ríos Porma y Curueño. Unos kilómetros más abajo el monte que separaba ambos valles, conmovido por lo sucedido, decidió retraerse para que ambos amantes pudieran encontrarse, fundirse en un estrecho abrazo y recorrer juntos ya para siempre el camino que les conduce al océano.
Adiós ríos leoneses. Hasta siempre Porma y Curueño.


































