Ciertamente, diseñar un museo no ha de ser tarea fácil, desde luego, pues hay que saber articular de forma inteligente arte, simbolismo, representatividad, ideas… y en este, si pretende ser de filosofía, sobre todo ideas. Y todo ello aun a sabiendas de que tales cosas no son algo exclusivo de los museos de filosofía. En cualquier caso, es evidente que ni el arte ni mucho menos la filosofía se pueden “encerrar” en ningún museo. No, la filosofía es una actividad que ha de ejercitarse en la enseñanza, en la política, en las ciencias, en las técnicas o incluso en las actividades cotidianas de la vida, por ejemplo, en el saber comer, ¿por qué no? ¿Pero cómo hacerla, ponerla y exponerla en un museo? Ese museo, en el mejor de los casos, dirán algunos, solo podrá ser un reflejo sustancializado o hipostasiado del propio saber filosófico, es decir, en el mejor de los casos se trataría de una filosofía muerta. Es posible, no lo vamos a discutir, pero quizá no tanto si se sabe hacer bien. Precisamente por eso, su tarea no será fácil. Si el propósito es hacer salir de la caverna al visitante, pues esa es la tarea de toda filosofía, entonces nunca es fácil, sobre todo si quien tiene que salir no sabe ni siquiera que está en una caverna.

































