En el Ensemble 4.70 estamos convencidos de que, más allá de sus beneficios para el crecimiento de las plantas y el incremento de la producción lechera de las vacas (al menos en Wisconsin…), la música hace mejores y más felices a las personas. ¿Ingenuos, idealistas? Quizás (es cierto que hay contraejemplos, casos de individuos tenazmente refractarios a esta balsámica influencia), pero es algo que los filósofos antiguos intuían y la ciencia moderna tiende a corroborar. También estamos de acuerdo en que a la mayoría de la gente que cree que no le gusta la música clásica lo único que le pasa es simplemente que no la conoce. Y además se están perdiendo una estimulante e inagotable fuente de conversación: la experiencia del concierto se enriquece considerablemente si se ve prolongada en el chigre comentando la jugada. Y no es preciso ser un entendido, porque en caso de duda tenemos topicazos comodín: los violines desafinan, las violas van tarde, el metal muy fuerte, las sopranos chillan, las contraltos calan,… (equivalentes al “son once pa once”, “no hay enemigo fácil” o “el fútbol es así”). Aciertas fijo.


































