Según la definición que la Organización Mundial de la Salud asentó en su propia constitución en Génova (1946), debemos entender la Salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de infecciones o enfermedades”… Más tarde, en 2007, matizaría sistémicamente el concepto como “el estado de adaptación de un individuo al medio en donde se encuentra”. ¿Es posible la realización de cualquiera de las dos acepciones en este tiempo mediático y simbólico de un mundo donde lo aparente oculta y silencia lo esencial? El elevado tono de malestar ciudadano, la desigualdad insoportable (esas llamadas causas de las causas que podría querer recoger –y hasta combatir- la segunda acepción), o la creciente vinculación de los sistemas sanitarios a los mercados (aplicando progresivamente un principio que podríamos sintetizar como privatización de la salud y socialización del dolor) parecen indicar que no.
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