Si me diesen un euro por cada vez que alguien me ha dicho “yo quería ser arqueólogo de pequeño” y hoy se dedica a otra cosa, probablemente sería rico. Es fácil enamorarse de la idea de la arqueología, porque tiene algo de aventura y de misterio, pero también es una profesión bastante romantizada: mucha gente nos imagina con un pincel en la mano descubriendo tesoros a diario. A veces ocurre, claro, pero no es lo habitual.







































