XLI - II

El hombre que hizo feliz a la gente o amores y amigos para recordar

Prendidos del gusto por la cultura popular, buscando sus mecas históricas, acaso volamos al Liverpool que lo fuera en la década de los sesenta del pasado siglo… El propio aeropuerto, Liverpool John Lennon Airport, lo asume… Y acoge en sus instalaciones un “pasajero de bronce” obra del escultor autodidacta local Tom Murphy (1949), un John Lennon que hizo acto de presencia allá por 2002… Pero si buscamos otro bronce con todos los “escarabajos beats”2, allá en las inmediaciones del mítico Cavern Club de sus orígenes, que la financió y regaló a la ciudad, nos encontraremos, en el Paseo marítimo, Pier Head, frente al río Mersey, muy cerca de las llamadas “tres Gracias” de la ciudad (Royal Liver Building, Cunard Building y Port of Liverpool Building) con la obra de Andy Edwards3 en la que los cuatro músicos caminan juntos…

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En attendant Morrissey

Empiezo a escribir este texto un siete de febrero de dos mil veintiséis, pero sé que acabará terminando el primero o segundo día de marzo. Esto es algo así como una especie de diario con temprana fecha de caducidad y con pocos días a reseñar.

Quedan veintiún días para ver a Morrisssey en Londres. Veintiún días de incertidumbre hasta que llegue el día en el que él se tenga que subir al escenario y nosotros podamos disfrutarlo. Seguro que a algunos les parece un poco banal o incluso idiota hacer todo esto. ¿Qué hay de especial? ¿Qué sentido tiene? Bueno, realmente, sentido poco. Como leerán aquí, intentar ir a un concierto de Morrissey es una de las cosas más irracionales que se pueden hacer en esta vida.

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Comité de Ética para la Atención Sanitaria “Dr. Mariano Lacort” del Área V del Servicio de Salud del Principado de Asturias (SESPA)

Hablamos con Teresa González y Benjamín González Miranda como representantes de la organización de las IV Jornadas “Bioética desde otras miradas” (antes, en seis ediciones desde 2017, Jornadas de “Cine y Bioética: De la narración a la deliberación”) que forman parte del Comité de Ética para la Atención Sanitaria “Dr. Mariano Lacort” del del Área V (pronto área III) del SESPA, para interesarnos, cuando cumple una década, sobre los orígenes, el sentido y los resultados de esta sugerente actividad que utiliza el cine como punto de partida.

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¿Qué hace un filósofo como Aristóteles en una abadía donde los monjes mueren envenenados?

Estamos en el año del Señor de 1327 y a Umberto Eco le apetece envenenar a un monje. Pero vamos a dejar algo bien claro antes de empezar: una cosa es El nombre de la rosa, la novela de Eco, y otra El nombre de la rosa (1986), la película de Jean-Jacques Annaud. La película de Annaud (director también de la maravillosa aventura prehistórica En busca del fuego, 1981) se presenta como un “palimpsesto” sobre El nombre de la rosa. Es decir que, en este caso, una rosa no es una rosa: son dos.

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Lengua, cultura y poder

Parece ser que el castigo babélico de Yahveh persiste, no hay una lengua universal. En efecto, es así, pero no tanto porque la haya habido alguna vez, como cuenta el mito bíblico, y se haya perdido, sino porque nunca la hubo o incluso quizá porque no pudo ni puede haberla jamás, al menos si pretendemos, como muchos lo pretendieron, que tal lengua sea perfecta. Y si no hay lengua universal, podemos confirmar que todas las lenguas han de ser lenguas regionales, es decir, que ocupan una mayor o menor extensión y tienen una mayor o menor potencia expansiva. Pareciera entonces que el sintagma lenguas regionales es, cuando menos, redundante. ¿Para qué decir lenguas regionales si todas lo son? Cierto, todas lo son, pero no todas en el mismo sentido y con el mismo alcance. Sobre todo porque algunas de esas lenguas regionales se postulan y se defienden intencionalmente más que para lograr una mejor y más extensa comunicación, para conseguir cierta situación postbabélica: una confusio linguarum. En suma, paradójicamente, tratan de conseguir cierta incomunicación. La hipótesis que vamos a defender aquí es que ese es uno de los objetivos que muchos lingüistas nacionalistas pretenden: la creación de fronteras empezaría por la creación de las fronteras lingüísticas.

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María Zambrano: la razón poética

Es posible que muchos lleguen a la filosofía de María Zambrano (1904-1991) con una idea poco clara sobre su pensamiento. Zambrano es una figura que, para muchos, está a medio camino entre la filosofía y la literatura. Los reconocimientos que recibió en vida dan prueba de ello: Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio Cervantes en 1988. Sus desarrollos filosóficos resultan atrayentes en nuestros días por dos motivos. El primero es que su filosofía supone un testimonio vivo de la confluencia de ideas en uno de los momentos culturales más ricos de España (el punto de encuentro de la generación del 98, la del 27 y la del 36) y en uno de los más trágicos (la experiencia del exilio). El segundo motivo se halla en el contenido de su reflexión: asistemática, interesada por múltiples ámbitos de lo humano y con un carácter confesional que la hace brotar de la vivencia y el sentimiento. Lo cierto es que el lector principiante que se acerca a la autora no se equivoca al situar a Zambrano entre la literatura y la filosofía (honestamente, creo que a ella tampoco le molestara demasiado), pues, precisamente, su gran proyecto versa sobre esta unión.

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Verano del 72: cruzando el puente sobre el río Kwai

Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.

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Entrevista al arqueólogo Jorge Calvelo Álvarez

Si me diesen un euro por cada vez que alguien me ha dicho “yo quería ser arqueólogo de pequeño” y hoy se dedica a otra cosa, probablemente sería rico. Es fácil enamorarse de la idea de la arqueología, porque tiene algo de aventura y de misterio, pero también es una profesión bastante romantizada: mucha gente nos imagina con un pincel en la mano descubriendo tesoros a diario. A veces ocurre, claro, pero no es lo habitual.

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Los espías (sin pajarita) que surgieron de la Antigüedad

Hay tipos como un servidor que creían que los servicios secretos, los espías y todo ese misterioso mundo de gabardinas y microfilms era una cosa de la guerra fría, de las novelas de John Le Carré y de las aventuras de Bond, James Bond. El espía que surgió del frío, Agente 007 contra Dr. No… Cary Grant metiéndose en líos de espionaje en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Richard Burton volviendo locos a los nazis (y a los espectadores) en El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), las escuchas de Gene Hackman en La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), el fascinante espía nazi interpretado por Donald Sutherland en El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981)… Todo eso. Pero si leemos Servicios secretos de la Antigüedad, el ensayo coordinado por Fernando Bermejo-Rubio sobre los orígenes históricos del espionaje, el mundo de los espías y de los servicios de inteligencia se expande como un globo al alcance de un niño. No es solo que la búsqueda y acopio de información sea una actividad que vaya más allá de la guerra fría y de James Bond, sino que según Bermejo-Rubio son tareas elementales en los miembros de la especie humana. De James Bond a la especie humana. Vaya salto.

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XLI - II

El hombre que hizo feliz a la gente o amores y amigos para recordar

Prendidos del gusto por la cultura popular, buscando sus mecas históricas, acaso volamos al Liverpool que lo fuera en la década de los sesenta del pasado siglo… El propio aeropuerto, Liverpool John Lennon Airport, lo asume… Y acoge en sus instalaciones un “pasajero de bronce” obra del escultor autodidacta local Tom Murphy (1949), un John Lennon que hizo acto de presencia allá por 2002… Pero si buscamos otro bronce con todos los “escarabajos beats”2, allá en las inmediaciones del mítico Cavern Club de sus orígenes, que la financió y regaló a la ciudad, nos encontraremos, en el Paseo marítimo, Pier Head, frente al río Mersey, muy cerca de las llamadas “tres Gracias” de la ciudad (Royal Liver Building, Cunard Building y Port of Liverpool Building) con la obra de Andy Edwards3 en la que los cuatro músicos caminan juntos…

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En attendant Morrissey

Empiezo a escribir este texto un siete de febrero de dos mil veintiséis, pero sé que acabará terminando el primero o segundo día de marzo. Esto es algo así como una especie de diario con temprana fecha de caducidad y con pocos días a reseñar.

Quedan veintiún días para ver a Morrisssey en Londres. Veintiún días de incertidumbre hasta que llegue el día en el que él se tenga que subir al escenario y nosotros podamos disfrutarlo. Seguro que a algunos les parece un poco banal o incluso idiota hacer todo esto. ¿Qué hay de especial? ¿Qué sentido tiene? Bueno, realmente, sentido poco. Como leerán aquí, intentar ir a un concierto de Morrissey es una de las cosas más irracionales que se pueden hacer en esta vida.

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Comité de Ética para la Atención Sanitaria “Dr. Mariano Lacort” del Área V del Servicio de Salud del Principado de Asturias (SESPA)

Hablamos con Teresa González y Benjamín González Miranda como representantes de la organización de las IV Jornadas “Bioética desde otras miradas” (antes, en seis ediciones desde 2017, Jornadas de “Cine y Bioética: De la narración a la deliberación”) que forman parte del Comité de Ética para la Atención Sanitaria “Dr. Mariano Lacort” del del Área V (pronto área III) del SESPA, para interesarnos, cuando cumple una década, sobre los orígenes, el sentido y los resultados de esta sugerente actividad que utiliza el cine como punto de partida.

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¿Qué hace un filósofo como Aristóteles en una abadía donde los monjes mueren envenenados?

Estamos en el año del Señor de 1327 y a Umberto Eco le apetece envenenar a un monje. Pero vamos a dejar algo bien claro antes de empezar: una cosa es El nombre de la rosa, la novela de Eco, y otra El nombre de la rosa (1986), la película de Jean-Jacques Annaud. La película de Annaud (director también de la maravillosa aventura prehistórica En busca del fuego, 1981) se presenta como un “palimpsesto” sobre El nombre de la rosa. Es decir que, en este caso, una rosa no es una rosa: son dos.

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Lengua, cultura y poder

Parece ser que el castigo babélico de Yahveh persiste, no hay una lengua universal. En efecto, es así, pero no tanto porque la haya habido alguna vez, como cuenta el mito bíblico, y se haya perdido, sino porque nunca la hubo o incluso quizá porque no pudo ni puede haberla jamás, al menos si pretendemos, como muchos lo pretendieron, que tal lengua sea perfecta. Y si no hay lengua universal, podemos confirmar que todas las lenguas han de ser lenguas regionales, es decir, que ocupan una mayor o menor extensión y tienen una mayor o menor potencia expansiva. Pareciera entonces que el sintagma lenguas regionales es, cuando menos, redundante. ¿Para qué decir lenguas regionales si todas lo son? Cierto, todas lo son, pero no todas en el mismo sentido y con el mismo alcance. Sobre todo porque algunas de esas lenguas regionales se postulan y se defienden intencionalmente más que para lograr una mejor y más extensa comunicación, para conseguir cierta situación postbabélica: una confusio linguarum. En suma, paradójicamente, tratan de conseguir cierta incomunicación. La hipótesis que vamos a defender aquí es que ese es uno de los objetivos que muchos lingüistas nacionalistas pretenden: la creación de fronteras empezaría por la creación de las fronteras lingüísticas.

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María Zambrano: la razón poética

Es posible que muchos lleguen a la filosofía de María Zambrano (1904-1991) con una idea poco clara sobre su pensamiento. Zambrano es una figura que, para muchos, está a medio camino entre la filosofía y la literatura. Los reconocimientos que recibió en vida dan prueba de ello: Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio Cervantes en 1988. Sus desarrollos filosóficos resultan atrayentes en nuestros días por dos motivos. El primero es que su filosofía supone un testimonio vivo de la confluencia de ideas en uno de los momentos culturales más ricos de España (el punto de encuentro de la generación del 98, la del 27 y la del 36) y en uno de los más trágicos (la experiencia del exilio). El segundo motivo se halla en el contenido de su reflexión: asistemática, interesada por múltiples ámbitos de lo humano y con un carácter confesional que la hace brotar de la vivencia y el sentimiento. Lo cierto es que el lector principiante que se acerca a la autora no se equivoca al situar a Zambrano entre la literatura y la filosofía (honestamente, creo que a ella tampoco le molestara demasiado), pues, precisamente, su gran proyecto versa sobre esta unión.

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Verano del 72: cruzando el puente sobre el río Kwai

Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.

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Entrevista al arqueólogo Jorge Calvelo Álvarez

Si me diesen un euro por cada vez que alguien me ha dicho “yo quería ser arqueólogo de pequeño” y hoy se dedica a otra cosa, probablemente sería rico. Es fácil enamorarse de la idea de la arqueología, porque tiene algo de aventura y de misterio, pero también es una profesión bastante romantizada: mucha gente nos imagina con un pincel en la mano descubriendo tesoros a diario. A veces ocurre, claro, pero no es lo habitual.

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Los espías (sin pajarita) que surgieron de la Antigüedad

Hay tipos como un servidor que creían que los servicios secretos, los espías y todo ese misterioso mundo de gabardinas y microfilms era una cosa de la guerra fría, de las novelas de John Le Carré y de las aventuras de Bond, James Bond. El espía que surgió del frío, Agente 007 contra Dr. No… Cary Grant metiéndose en líos de espionaje en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Richard Burton volviendo locos a los nazis (y a los espectadores) en El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), las escuchas de Gene Hackman en La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), el fascinante espía nazi interpretado por Donald Sutherland en El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981)… Todo eso. Pero si leemos Servicios secretos de la Antigüedad, el ensayo coordinado por Fernando Bermejo-Rubio sobre los orígenes históricos del espionaje, el mundo de los espías y de los servicios de inteligencia se expande como un globo al alcance de un niño. No es solo que la búsqueda y acopio de información sea una actividad que vaya más allá de la guerra fría y de James Bond, sino que según Bermejo-Rubio son tareas elementales en los miembros de la especie humana. De James Bond a la especie humana. Vaya salto.

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