Lengua, cultura y poder

Parece ser que el castigo babélico de Yahveh persiste, no hay una lengua universal. En efecto, es así, pero no tanto porque la haya habido alguna vez, como cuenta el mito bíblico, y se haya perdido, sino porque nunca la hubo o incluso quizá porque no pudo ni puede haberla jamás, al menos si pretendemos, como muchos lo pretendieron, que tal lengua sea perfecta. Y si no hay lengua universal, podemos confirmar que todas las lenguas han de ser lenguas regionales, es decir, que ocupan una mayor o menor extensión y tienen una mayor o menor potencia expansiva. Pareciera entonces que el sintagma lenguas regionales es, cuando menos, redundante. ¿Para qué decir lenguas regionales si todas lo son? Cierto, todas lo son, pero no todas en el mismo sentido y con el mismo alcance. Sobre todo porque algunas de esas lenguas regionales se postulan y se defienden intencionalmente más que para lograr una mejor y más extensa comunicación, para conseguir cierta situación postbabélica: una confusio linguarum. En suma, paradójicamente, tratan de conseguir cierta incomunicación. La hipótesis que vamos a defender aquí es que ese es uno de los objetivos que muchos lingüistas nacionalistas pretenden: la creación de fronteras empezaría por la creación de las fronteras lingüísticas.

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María Zambrano: la razón poética

Es posible que muchos lleguen a la filosofía de María Zambrano (1904-1991) con una idea poco clara sobre su pensamiento. Zambrano es una figura que, para muchos, está a medio camino entre la filosofía y la literatura. Los reconocimientos que recibió en vida dan prueba de ello: Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio Cervantes en 1988. Sus desarrollos filosóficos resultan atrayentes en nuestros días por dos motivos. El primero es que su filosofía supone un testimonio vivo de la confluencia de ideas en uno de los momentos culturales más ricos de España (el punto de encuentro de la generación del 98, la del 27 y la del 36) y en uno de los más trágicos (la experiencia del exilio). El segundo motivo se halla en el contenido de su reflexión: asistemática, interesada por múltiples ámbitos de lo humano y con un carácter confesional que la hace brotar de la vivencia y el sentimiento. Lo cierto es que el lector principiante que se acerca a la autora no se equivoca al situar a Zambrano entre la literatura y la filosofía (honestamente, creo que a ella tampoco le molestara demasiado), pues, precisamente, su gran proyecto versa sobre esta unión.

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Verano del 72: cruzando el puente sobre el río Kwai

Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.

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Entrevista al arqueólogo Jorge Calvelo Álvarez

Si me diesen un euro por cada vez que alguien me ha dicho “yo quería ser arqueólogo de pequeño” y hoy se dedica a otra cosa, probablemente sería rico. Es fácil enamorarse de la idea de la arqueología, porque tiene algo de aventura y de misterio, pero también es una profesión bastante romantizada: mucha gente nos imagina con un pincel en la mano descubriendo tesoros a diario. A veces ocurre, claro, pero no es lo habitual.

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Los espías (sin pajarita) que surgieron de la Antigüedad

Hay tipos como un servidor que creían que los servicios secretos, los espías y todo ese misterioso mundo de gabardinas y microfilms era una cosa de la guerra fría, de las novelas de John Le Carré y de las aventuras de Bond, James Bond. El espía que surgió del frío, Agente 007 contra Dr. No… Cary Grant metiéndose en líos de espionaje en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Richard Burton volviendo locos a los nazis (y a los espectadores) en El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), las escuchas de Gene Hackman en La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), el fascinante espía nazi interpretado por Donald Sutherland en El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981)… Todo eso. Pero si leemos Servicios secretos de la Antigüedad, el ensayo coordinado por Fernando Bermejo-Rubio sobre los orígenes históricos del espionaje, el mundo de los espías y de los servicios de inteligencia se expande como un globo al alcance de un niño. No es solo que la búsqueda y acopio de información sea una actividad que vaya más allá de la guerra fría y de James Bond, sino que según Bermejo-Rubio son tareas elementales en los miembros de la especie humana. De James Bond a la especie humana. Vaya salto.

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Un viaje portugués

No sólo el título, todo este artículo constituye un pequeño homenaje a Julio Llamazares, cuyo libro Tras-os-Montes. Un viaje portugués (Alfaguara, 1998) fue mi primer acercamiento a esta región portuguesa.  De sus pueblos, paisajes y gentes tuve noticia por primera vez con el libro de Llamazares, lo mismo que de algunos de sus escritores principales -sobre todo Miguel Torga- por eso quiero comenzar con este reconocimiento.

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La Pasión según (San) Johann Sebastian BACH

El gran Johann Sebastian Bach (31 de marzo de 1685, Eisenach-28 de julio de 1750, Leipzig, Electorado de Sajonia, Sacro Imperio Romano Germánico), para muchos el músico más genial de toda la Historia de la Música Universal, para otros -los que empiezan a estudiar piano- el que componía obras con demasiadas notas.

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La paz perpetua y otras ideas peligrosamente razonables

Lo bonito del Derecho, a pesar de su fama de tedioso y pretencioso, es que se extiende a prácticamente cualquier cuestión, y todo por la inevitable tendencia del espíritu humano a ser indomable y obligar, de esta manera, a redactar interminables páginas de normas para que pueda ser controlado. Así que nos subiremos al carro de la Filosofía del Derecho para hablar desde una perspectiva jurídica y filosófica de un tema tan actual y, a la vez, cíclico como la guerra.

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La fragilidad del bien

La Ley de Godwin postula lo siguiente: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación con Hitler o los nazis tiende a uno (100%)”. La falacia “Reductio ad Hitlerum” consiste en invalidar una idea solo porque Adolf Hitler y los nazis la defendían. En la mente nazi. 12 advertencias de la historia, del historiador británico Laurence Rees, no es uno de esos libros que demuestran que a medida que uno avanza en la búsqueda de novedades literarias en internet la posibilidad de que aparezca un libro sobre los nazis tiende a uno. El ensayo de Rees tampoco invalida lo que sucede en el mundo de hoy porque todo es abierta o sutilmente nazi (Trump, X, el fútbol, Putin, Israel, el feminismo, algunos taxistas, Arturo Pérez Reverte, la eutanasia, el ecologismo, los toros, las autopistas, los profesores que suspenden mucho, las vacunas, los Juegos Olímpicos, Pedro Sánchez…).

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