Andrógino

Claudia Mori Díez.
Una interpretación del mito de los hombres dobles que aparece en El Banquete de Platón

En El Banquete de Platón, aparece la siguiente descripción de los andróginos:
un hombre y una mujer, unidos por el pecho y el vientre, con cuatro piernas, cuatro brazos y una cabeza con dos semblantes

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¿Y por qué no?

Una tarde filosófica en la Universidad Popular de Gijón.

Hay una leyenda muy conocida que habla de un examen de filosofía con una sola pregunta: “¿Por qué?”. Y una respuesta de sobresaliente: “¿Por qué no?”. El contexto cambia, a veces es un examen de selectividad, a veces es en la universidad, pero siempre es la misma respuesta brillante a la misma pregunta grandilocuente. Y eso es una pequeña muestra del misterio que rodea a veces la palabra “filosofía”.

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¿Quién está dispuesto a comprar un debate sobre el tiempo?

Antonio Rico.
El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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Sócrates y la cola del pan

Antonio Rico.
El título del libro de Robin Waterfield es “La muerte de Sócrates” pero, en realidad, el helenista británico quiere hablarnos de la vida de Sócrates y, por tanto, de Atenas. De la sociedad ateniense, de la democracia radical ateniense, de los ciudadanos de Atenas, de los 501 dicastas (jurados) varones de más de 30 años elegidos al azar que juzgaron a Sócrates. También de la Guerra del Peloponeso y sus consecuencias, del gobierno de los Treinta Tiranos, de Critias y de Trasíbulo, de la restauración democrática.

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Con gafas y sin Luna

Juan J. Alonso.
Todo funciona en Qué bello es vivir (It´s a Wonderful Life, 1946). Y eso que en la película de Frank Capra se mezcla una discusión en el cielo entre dos ángeles representados por estrellas centelleantes, un ángel de segunda clase que todavía no ha ganado sus alas al que le gusta el vino caliente, un capitalista en silla de ruedas que habría asustado hasta a Carlos Marx, una compañía de empréstitos con más corazón que cartera, una ciudad maravillosamente nevada (Bedford Falls) que puede ser también una ciudad terroríficamente nevada (Pottersville), una casa con goteras y corrientes de aire en la que todos querríamos vivir, un cuervo doméstico, un puente sobre aguas turbulentas, un taxista y un policía intercambiables, un baile que acaba en un baño multitudinario en una piscina, una flor con los pétalos rotos, una mujer que está a punto de pisar el lado salvaje de la vida, un diálogo maravilloso sobre la Luna, trineos no tan inquietantes como el “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), héroes de guerra que vuelven a casa por Navidad, sonrisas, muchas lágrimas y, sobre todo, Mary Hatch (Donna Reed) y George Bailey (James Stewart).

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El hombre sin nombre

Pablo Huerga Melcón.
En Benavides de Órbigo, mi pueblo, se conserva todavía el edificio del último de los muchos cines que en su tiempo hubo: el Gran Cine Imperial. Como una reliquia del pasado, se yergue en medio del pueblo; un templo olvidado que amenaza ruina, con algunos pintarrajos por las paredes y ventanas tapiadas. Todavía mantiene en lo alto el último de sus rótulos, muy sugerente, por cierto, con la silueta de un vaquero montado a caballo en el horizonte del gran valle. Iconografías de cine puro. Ahí se ha quedado, al lado de la carretera, como un pecio varado en la orilla, azotado por los vientos, mantenido por la estructura y la dignidad de lo que fue.

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Ecografías, psicofonías y fantasmas

Vicente Domínguez.
Jaime Pena, en el capítulo “Teoría del paisaje” de su libro El cine después de Auschwitz. Representaciones de la ausencia en el cine moderno y contemporáneo (Madrid, Cátedra, 2020) escribe lo siguiente: «No cuesta reconocer la influencia de Shoah en muchas prácticas cinematográficas que en los años posteriores a su estreno, y con mayor profusión a lo largo de la primera década del siglo XXI, se servirán de su misma fórmula -esa forma rigurosa- filmando en presente determinados lugares emblemáticos y haciendo resonar sobre ellos las voces de unos testigos o unos narradores que aluden a lo que allí ocurrió. No quiero decir con esto que el dispositivo con el que Lanzman descubre cómo filmar lo irrepresentable fuera totalmente novedoso, una invención suya» (op. cit. p. 155)

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Un turista en la filosofía

J. A. F. Cuesta.
Hoy en día, cuando alguien sienta la curiosidad suficiente como para estar dispuesto a adentrarse en las tierras del pensamiento filosófico, se topará, a menudo antes incluso de poder pasar el control fronterizo, con la necesidad de tomar una decisión: habrá de elegir entre dos regiones que han roto por completo sus relaciones diplomáticas.

Deberá, entonces, decidir adentrarse en un territorio u otro antes de poder siquiera asomarse, ingenuo, a ninguna de las dos regiones, esperando, tal vez, formarse un juicio, aunque sea superficial, sobre el que fundamentar mínimanente su decisión. Filosofía analítica. Filosofía continental. Dentro de cada una habitan defensores y detractores de la propia escisión, proponentes de reordenaciones distintas, anarquistas, radicales e incluso, como suele suceder en estos contextos, quienes ignoran habitar una u otra región y la propia escisión.

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Andrógino

Claudia Mori Díez.
Una interpretación del mito de los hombres dobles que aparece en El Banquete de Platón

En El Banquete de Platón, aparece la siguiente descripción de los andróginos:
un hombre y una mujer, unidos por el pecho y el vientre, con cuatro piernas, cuatro brazos y una cabeza con dos semblantes

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¿Y por qué no?

Una tarde filosófica en la Universidad Popular de Gijón.

Hay una leyenda muy conocida que habla de un examen de filosofía con una sola pregunta: “¿Por qué?”. Y una respuesta de sobresaliente: “¿Por qué no?”. El contexto cambia, a veces es un examen de selectividad, a veces es en la universidad, pero siempre es la misma respuesta brillante a la misma pregunta grandilocuente. Y eso es una pequeña muestra del misterio que rodea a veces la palabra “filosofía”.

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¿Quién está dispuesto a comprar un debate sobre el tiempo?

Antonio Rico.
El 31 de diciembre de 1899, George Wells (Rod Taylor) invita a sus amigos para mostrarles su último invento, en el que lleva trabajando dos años. “Tiene que ver con el tiempo”, anuncia de forma misteriosa. El doctor Phillip Hillyer (Sebastian Cabot) está encantado: “Siempre he mantenido que lo que nuestra nación necesita es un reloj de precisión. La Marina lo necesita, el Ejército lo necesita y la artillería no digamos”. David Filby (Alan Young), que conoce bien a George, no cree que su amigo haya empleado su tiempo construyendo un nuevo tipo de reloj.

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Sócrates y la cola del pan

Antonio Rico.
El título del libro de Robin Waterfield es “La muerte de Sócrates” pero, en realidad, el helenista británico quiere hablarnos de la vida de Sócrates y, por tanto, de Atenas. De la sociedad ateniense, de la democracia radical ateniense, de los ciudadanos de Atenas, de los 501 dicastas (jurados) varones de más de 30 años elegidos al azar que juzgaron a Sócrates. También de la Guerra del Peloponeso y sus consecuencias, del gobierno de los Treinta Tiranos, de Critias y de Trasíbulo, de la restauración democrática.

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Juan J. Alonso.
Todo funciona en Qué bello es vivir (It´s a Wonderful Life, 1946). Y eso que en la película de Frank Capra se mezcla una discusión en el cielo entre dos ángeles representados por estrellas centelleantes, un ángel de segunda clase que todavía no ha ganado sus alas al que le gusta el vino caliente, un capitalista en silla de ruedas que habría asustado hasta a Carlos Marx, una compañía de empréstitos con más corazón que cartera, una ciudad maravillosamente nevada (Bedford Falls) que puede ser también una ciudad terroríficamente nevada (Pottersville), una casa con goteras y corrientes de aire en la que todos querríamos vivir, un cuervo doméstico, un puente sobre aguas turbulentas, un taxista y un policía intercambiables, un baile que acaba en un baño multitudinario en una piscina, una flor con los pétalos rotos, una mujer que está a punto de pisar el lado salvaje de la vida, un diálogo maravilloso sobre la Luna, trineos no tan inquietantes como el “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), héroes de guerra que vuelven a casa por Navidad, sonrisas, muchas lágrimas y, sobre todo, Mary Hatch (Donna Reed) y George Bailey (James Stewart).

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Pablo Huerga Melcón.
En Benavides de Órbigo, mi pueblo, se conserva todavía el edificio del último de los muchos cines que en su tiempo hubo: el Gran Cine Imperial. Como una reliquia del pasado, se yergue en medio del pueblo; un templo olvidado que amenaza ruina, con algunos pintarrajos por las paredes y ventanas tapiadas. Todavía mantiene en lo alto el último de sus rótulos, muy sugerente, por cierto, con la silueta de un vaquero montado a caballo en el horizonte del gran valle. Iconografías de cine puro. Ahí se ha quedado, al lado de la carretera, como un pecio varado en la orilla, azotado por los vientos, mantenido por la estructura y la dignidad de lo que fue.

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Jaime Pena, en el capítulo “Teoría del paisaje” de su libro El cine después de Auschwitz. Representaciones de la ausencia en el cine moderno y contemporáneo (Madrid, Cátedra, 2020) escribe lo siguiente: «No cuesta reconocer la influencia de Shoah en muchas prácticas cinematográficas que en los años posteriores a su estreno, y con mayor profusión a lo largo de la primera década del siglo XXI, se servirán de su misma fórmula -esa forma rigurosa- filmando en presente determinados lugares emblemáticos y haciendo resonar sobre ellos las voces de unos testigos o unos narradores que aluden a lo que allí ocurrió. No quiero decir con esto que el dispositivo con el que Lanzman descubre cómo filmar lo irrepresentable fuera totalmente novedoso, una invención suya» (op. cit. p. 155)

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J. A. F. Cuesta.
Hoy en día, cuando alguien sienta la curiosidad suficiente como para estar dispuesto a adentrarse en las tierras del pensamiento filosófico, se topará, a menudo antes incluso de poder pasar el control fronterizo, con la necesidad de tomar una decisión: habrá de elegir entre dos regiones que han roto por completo sus relaciones diplomáticas.

Deberá, entonces, decidir adentrarse en un territorio u otro antes de poder siquiera asomarse, ingenuo, a ninguna de las dos regiones, esperando, tal vez, formarse un juicio, aunque sea superficial, sobre el que fundamentar mínimanente su decisión. Filosofía analítica. Filosofía continental. Dentro de cada una habitan defensores y detractores de la propia escisión, proponentes de reordenaciones distintas, anarquistas, radicales e incluso, como suele suceder en estos contextos, quienes ignoran habitar una u otra región y la propia escisión.

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