Entrevista a la egiptóloga Gudelia García Fernández

Gudelia García Fernández es egiptóloga y profesora en la Universidad de Kagawa (Japón). Se licenció en la Universidad de Oviedo y obtuvo el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha participado en excavaciones arqueológicas como miembro del Proyecto Djehuty, en Luxor. Su investigación se centra en la religión y la política del Egipto antiguo, con especial interés en el dios luna Iah. Combina la docencia universitaria con el trabajo de campo y la publicación de estudios científicos.

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Demetrio no se aclara

Juan J. Alonso.
Apostillas a la entrevista a Santiago Alaiz.

La cuestión cristiana es el núcleo de La túnica sagrada (The Robe, 1953) y su secuela, Demetrio y los gladiadores (Demetrius and the Gladiators, Delmer Daves, 1954). El hilo conductor de las dos películas, que se desarrollan en una época anterior…

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La Biblioteca encontrada

Antonio Rico.
La Biblioteca de Alejandría no es una de las maravillas del mundo antiguo (sí lo es el faro de Alejandría), pero fue una maravilla del mundo que, como todo lo sólido, se disolvió en el aire de la historia. El filólogo e historiador del mundo antiguo Luciano Canfora (autor también de “Una profesión peligrosa: la vida cotidiana de los filósofos griegos” o “El mundo de Atenas”) ha escrito un libro sobre la Biblioteca de Alejandría que es también una maravilla de divulgación, análisis, investigación y hasta puntillismo erudito. De entre las muchas cosas que aprendemos leyendo “La biblioteca desaparecida” hay una que impactará a los cinéfilos que han visto cien veces la deslumbrante Cleopatra (1963) de J. L. Mankiewicz o la un poquito irritante César y Cleopatra (Caesar and Cleopatra, 1945) de Gabriel Pascal.

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“Los Soprano” y “Roma”: Marco Antonio en la consulta del psiquiatra

Juan J. Alonso.
Con el debido respeto, estamos aquí para comparar al Marco Antonio (James Purefoy) de la serie “Roma” con el Tony Soprano (James Gandolfini) de la serie “Los Soprano”, así que viajaremos desde la Roma del siglo I a. C. hasta la Nueva Jersey de principios del siglo XXI. Con el debido respeto, que es como los subordinados de Tony se dirigen siempre a su capo. No me gustaría que esta noche unos tipos me rompieran las piernas en un callejón. En realidad, este artículo podría ocupar un par de líneas recomendando ver una escena del capítulo IV de la Segunda temporada de “Los Soprano”, en la que Tony está en Nápoles vendiendo a la mafia coches robados en Estados Unidos. En un sueño, Tony es un romano haciendo el amor con una romana. Puede que no sea Tony Soprano ni Marco Antonio, sino Marco Tony. También podríamos recordar que a Tony Soprano, además de ver constantemente El padrino II (Francis Ford Coppola, 1974) en la tele, le gusta el Canal Historia, así que perfectamente podemos imaginar a Tony disfrutando con la segunda temporada de “Roma”. Pero no. Habrá que decir algo más y justificar la publicación de este artículo porque, como dice Tony: Si no puedes justificar ingresos legítimos, eres vulnerable a los federales.

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Con gafas y sin Luna

Juan J. Alonso.
Todo funciona en Qué bello es vivir (It´s a Wonderful Life, 1946). Y eso que en la película de Frank Capra se mezcla una discusión en el cielo entre dos ángeles representados por estrellas centelleantes, un ángel de segunda clase que todavía no ha ganado sus alas al que le gusta el vino caliente, un capitalista en silla de ruedas que habría asustado hasta a Carlos Marx, una compañía de empréstitos con más corazón que cartera, una ciudad maravillosamente nevada (Bedford Falls) que puede ser también una ciudad terroríficamente nevada (Pottersville), una casa con goteras y corrientes de aire en la que todos querríamos vivir, un cuervo doméstico, un puente sobre aguas turbulentas, un taxista y un policía intercambiables, un baile que acaba en un baño multitudinario en una piscina, una flor con los pétalos rotos, una mujer que está a punto de pisar el lado salvaje de la vida, un diálogo maravilloso sobre la Luna, trineos no tan inquietantes como el “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), héroes de guerra que vuelven a casa por Navidad, sonrisas, muchas lágrimas y, sobre todo, Mary Hatch (Donna Reed) y George Bailey (James Stewart).

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La esvástica en la taquilla

Fernando Cuesta.
En 1945, mientras se luchaba todavía en muchos frentes[1], Roberto Rossellini separó el placer y el dolor apenas con una puerta en su, por tantos conceptos extraordinaria, Roma, ciudad abierta (Roma città aperta). El director italiano no lo sabía, por supuesto, pero estaba sentando (de forma absolutamente involuntaria, naturalmente) las bases de un subgénero llamado a ser explotado hasta la extenuación algunas décadas más tarde por diversos productores poco escrupulosos de varios países. Esta afirmación, que tal vez pueda sonar herética, no lo es tanto si aislamos algunos elementos que aparecen en la aclamada película de Rossellini y los extrapolamos a una serie de filmes concebidos y realizados con unas intenciones muy diferentes a las que animaran a uno de los venerables y venerados padres del neorrealismo.

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Entrevista al periodista cultural Gregorio Belinchón

Gregorio Belinchón Yagüe, licenciado en Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense y licenciado en Estudios Internacionales por la Sociedad de Estudios Internacionales y el CSIC, es redactor de cultura en el diario El País, donde empezó colaborando en la sección de cine del suplemento Babelia y en El Espectador. Posteriormente, estuvo diez años en Tentaciones, y desde 2006 trabaja en la sección de Cultura. Coautor de los libros/DVD de las colecciones Cine de Oro 1 y Cine de Oro 2 de El País. Además, ha colaborado con la revista Cinemanía, en la revista de la Academia de Cine y en diversos programas de radio y televisión centrados en el cine.

Ecografías, psicofonías y fantasmas

Vicente Domínguez.
Jaime Pena, en el capítulo “Teoría del paisaje” de su libro El cine después de Auschwitz. Representaciones de la ausencia en el cine moderno y contemporáneo (Madrid, Cátedra, 2020) escribe lo siguiente: «No cuesta reconocer la influencia de Shoah en muchas prácticas cinematográficas que en los años posteriores a su estreno, y con mayor profusión a lo largo de la primera década del siglo XXI, se servirán de su misma fórmula -esa forma rigurosa- filmando en presente determinados lugares emblemáticos y haciendo resonar sobre ellos las voces de unos testigos o unos narradores que aluden a lo que allí ocurrió. No quiero decir con esto que el dispositivo con el que Lanzman descubre cómo filmar lo irrepresentable fuera totalmente novedoso, una invención suya» (op. cit. p. 155)

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Playa de Zeluán

Miguel Gutiérrez.
Yo la veo como una de las naves de Odiseo, que como héroe sería la hostia pero como navegante… Unas cuantas se cargó. Luego, claro, llega Homero, que todo lo adornaba muy bien, y que si las tormentas, que si Poseidón, que si las sirenas… El caso es que Odiseo tardó diez años en llegar a Ítaca (más otros diez en la guerra de Troya). En fin, que los restos de una nave serían hoy en día un excelente pisapapeles (si entran en casa, claro).

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Il Prete Rosso: Antonio Vivaldi (1678-1741)

Ana Gallego Valdés.
Viena, 28 de julio del 1741. Vivaldi muere lejos de su Venecia natal. Solo, pobre y olvidado. El “cura rojo” que creó cerca de 90 óperas, 70 sonatas, 195 composiciones vocales y 554 composiciones instrumentales; el que estrenó sus obras en los teatros más importantes de Europa, donde fue admirado; el cura compositor al que recibió el Papa Benedicto XIII; el músico que conmovió a Bach y a Rousseau, moriría a los 63 años pobre y enterrado en una sencilla sepultura. Nadie asistió a su entierro.

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