Es posible que muchos lleguen a la filosofía de María Zambrano (1904-1991) con una idea poco clara sobre su pensamiento. Zambrano es una figura que, para muchos, está a medio camino entre la filosofía y la literatura. Los reconocimientos que recibió en vida dan prueba de ello: Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio Cervantes en 1988. Sus desarrollos filosóficos resultan atrayentes en nuestros días por dos motivos. El primero es que su filosofía supone un testimonio vivo de la confluencia de ideas en uno de los momentos culturales más ricos de España (el punto de encuentro de la generación del 98, la del 27 y la del 36) y en uno de los más trágicos (la experiencia del exilio). El segundo motivo se halla en el contenido de su reflexión: asistemática, interesada por múltiples ámbitos de lo humano y con un carácter confesional que la hace brotar de la vivencia y el sentimiento. Lo cierto es que el lector principiante que se acerca a la autora no se equivoca al situar a Zambrano entre la literatura y la filosofía (honestamente, creo que a ella tampoco le molestara demasiado), pues, precisamente, su gran proyecto versa sobre esta unión.
Solo para suscriptores
Debes ser miembro para acceder a este contenido.







































