Recuerdo aquella tarde perfectamente, con insólita nitidez a pesar del mucho tiempo transcurrido desde entonces, porque también era la onomástica de mi santa madre, que en gloria esté. La verdad es que fue un día especial, una jornada inolvidable, una de esas fechas que se te fijan a la memoria con el obstinado furor de una garrapata, bendita garrapata en este caso particular. Yo tenía 17 años, lo cual suena a película de Rocío Dúrcal o a canción de Danny Daniel -un par de referentes viejunos, lo confieso-. Hacía algo más de un mes que había finalizado el COU. En atención a las jóvenes generaciones, que por motivos obvios ignoran el significado de esas siglas, aclararé que se referían a una cosa denominada “Curso de Orientación Universitaria”. Venía a sustituir al antiguo Preuniversitario, familiarmente conocido como “el Preu”, y era el primer año que se impartía en el Instituto Jovellanos, es decir, que los profes no tenían muy claro cómo demonios evaluar aquello, y yo sospecho que, salvo en casos muy, pero que muy recalcitrantes, optaron por recurrir al aprobado general.
Solo para suscriptores
Debes ser miembro para acceder a este contenido.




































