Fue la inagotable ansia de verdad, esa mezcla peligrosa de curiosidad filosófica y obsesión existencial, la que se desprendía del espíritu del joven Agustin, ahora san Agustín de Hipone (354-430), y lo empujó a tomarse la filosofía muy en serio. Para él, no era un pasatiempo respetable ni un adorno intelectual, sino la única vía de escape ante los innumerables problemas que veía acumularse en la vida humana: qué es la esencia, de dónde viene el mal, qué se supone que es la verdad… preguntas incómodas, de esas que no se resuelven con buenas intenciones ni con frases motivacionales.
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