Ojalá que usted no haya leído ningún libro de Patrick Leigh Fermor, y ojalá que esta reseña de Una aventura griega le empuje a hacerlo como el astuto viento del norte empujó a Vianne en la película Chocolat a abrir una chocolatería en Lansquenet-sous-Tannes. Me gustaría que usted no haya leído El tiempo de los regalos, Entre el bosque y el agua y El último tramo, la trilogía que recoge las andanzas (nunca mejor dicho) del jovencísimo Leigh Fermor desde Hoek Van Holland hasta Constantinopla, y me gustaría que esté deseando terminar de leer esta reseña para salir corriendo a encargarlos en la librería más cercana. Me haría tan, tan, tan feliz que este artículo le descubriera Mani: Viajes por el sur del Peloponeso y Roumeli: Viajes por el norte de Grecia, dos magníficos libros de viaje (y mucho más) por Grecia, que solo pensarlo hace que me vea a mí mismo como un tramoyista abriendo el telón en un teatro lleno de niños. A María José Solano, la autora de Una aventura griega, Patrick Leigh Fermor le resultaba un completo desconocido hasta que se cruzó en su camino la biografía de Fermor escrita por Artemis Cooper, y fue esa lectura la que empujó a Solano a dejarlo todo para seguir las huellas de aquel hombre fascinante. ¿Acaso aspiro con esta reseña a que usted lo deje todo para seguir las huellas de Patrick Leigh Fermor? No exactamente. A lo que aspiro es a que usted lo deje todo para seguir las huellas de María José Solano siguiendo los pasos de Patrick Leigh Fermor. Yo lo hice.
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