Andrea Carballo. Corría el año 2008. Apenas tenía 16 años y la vida me proponía un nuevo reto: hacer el bachillerato. Nuevo sitio, nueva etapa, nueva gente… En medio de aquel estreno vital empezaron a despertarse en mí sentimientos de rabia y de lucha, al calor de algo que alguien me contó que se llamaba conciencia de clase.
Inicié esa etapa con la cabeza rapada, unas botas y unos tirantes, y me fui a una optativa: Psicología. Un hombre alto, de pelo canoso, se encargaba de impartirla. Venía a clase con ilusión, nos enseñaba, pero, sobre todo, nos estimulaba. Sus clases nunca eran suficientes. Siempre queríamos más.
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