Ben-Hur (1959), la película de William Wyler, es un pretexto. Y es que de algún modo sugerente se tenía que presentar la vida, pasión y muerte de Cristo, y se tomó como excusa esta estupenda película de romanos basada en la novela de Lewis Wallace (1827-1905), un general norteamericano de creencias religiosas conservadoras que participó en la guerra de Secesión, fue gobernador del estado de Nuevo México y embajador en Turquía que lleva como subtítulo (la novela, no el general) Una historia de los tiempos de Cristo y que en su día contó con el apoyo del Papa, a quien gustó la novela y recomendó su lectura. Aquí utilizaremos esta película sobre el origen del cristianismo como pretexto para hablar de los romanos y, también, de Cristo.
Pero, tratándose de Ben-Hur, hay que hablar de Ben-Hur. 11 Oscar de 12 candidaturas, superando los 10 Oscar de Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming, 1939), una marca sólo igualada por Titanic (James Cameron, 1997) y la tercera entrega de El señor de los anillos (The Lord of the Rings: The Return of the King, Peter Jackson, 2003). Los premios fueron: mejor película, mejor director, mejor actor secundario, actor principal, fotografía, dirección artística, vestuario, sonido, montaje, efectos especiales y música1. Además, por primera vez en los títulos de crédito el león de la Metro no ruge. Ben-Hur no es Cleopatra o Espartaco porque Wyler era un director duro y riguroso, poco amigo de gastarse los dólares a lo loco. ¿Que quién es ese tal Wyler? Nada menos que el director de Jezabel (1938), Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 1939), Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958), Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), El coleccionista (The Collector, 1968)… Nada menos que el ganador de tres Oscar como director: además de Ben-Hur, La señora Miniver (Mrs. Miniver, 1942) y Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946). Casi nada. Y con experiencia en rodajes de Ben-Hur, porque fue uno de los ayudantes de dirección en la escena de la carrera de cuadrigas de la versión dirigida por Fred Niblo (1925) y protagonizada por ramón Novarro (Ben-Hur) y Francis X. Bushman (Mesala).
En cuanto al Ben-Hur de Wyler, la película se rodó en los estudios italianos de Cinecittá, donde se construyeron la puerta de entrada a Jerusalén, la casa de Ben-Hur, el exterior del palacio de Poncio Pilato, la vía Dolorosa y el circo de Antioquía (al norte de Roma se construyó Nazaret).2 Algunos críticos dicen que Ben-Hur es aburrida; los actores, sosos; el guion, pobre; la música, previsible; la escenografía, pretenciosa. No estoy de acuerdo. Obra maestra. Heston, se sale. Apasionante. Deliciosa. Impecable. Hermosa. Pero, sobre todo, Heston, Charlton Heston. El hombre que fue Moisés en Los diez mandamientos (The Ten Commandments, Cecil B. DeMille, 1956), el Cid en El Cid (Anthony Mann, 1961) yMiguel Ángel en La agonía y el éxtasis (The Agony and the Ecstasy, Carol Reed, 1965). El precedente (con chaqueta de cuero incluida) de Indiana Jones en El secreto de los incas (The Secret of the Incas, Jerry Hopper, 1954) y el enemigo público número uno de las hormigas en Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, Byron Haskin, 1954). El astronauta Taylor en El planeta de los simios (The Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) y el último hombre vivo en, claro, El último hombre vivo (The Omega Man, Boris Sagal, 1971). Ben-Hur, Judá Ben-Hur.
Una voz en off introduce la acción, que se desarrolla en Judea en el año 26 de nuestra era (“Anno Domini XXVI”) y nos informa de que en esa época Judea llevaba ya un siglo de dominación romana. Un poco exagerado, puesto que Judea fue incorporada (como provincia imperial, no senatorial) al Imperio romano en el año 6 d. C., y era gobernada por un prefecto de rango ecuestre. Entre el año 6 y el año 41 integraban esta provincia los territorios de Samaria, Judea e Idumea, pues los restantes territorios palestinos estaban bajo la responsabilidad de los tetrarcas.3 En todo caso, las legiones romanas van a Jerusalén y pasan por Nazaret. Allí están José y Jesús. A José (Laurence Payne) se le ve bien la cara, pero a Jesús (Claude Heater, un cantante de ópera) no: en Ben-Hur no vemos el rostro del Mesías de los cristianos (como en Mahoma, el mensajero de Dios -1976, Moustapha Akkad- no vemos la cara del Profeta), a pesar del subtítulo de la novela de Lewis Wallace y de que la película tiene un claro mensaje cristiano (y también una lectura política: defensa de la coexistencia entre Israel y los países árabes). Lo que vemos es la espalda de Jesús y, sobre todo, sus manos, que no son precisamente las manos de un carpintero. La solución que da Ben-Hur al problema de la imagen de Cristo es, por supuesto, muy respetuosa y también muy elegante. Y, además, evita problemas porque ¿cómo era Jesús físicamente?
En muchas catacumbas de Roma vemos representaciones de Jesús con cabello corto, sin barba y vestido a la romana, pero la imagen más o menos oficial de Cristo es la de un hombre alto, delgado, con rasgos afilados, pelo largo, barba y vestido con túnica. El cine ha añadido una mirada penetrante (a veces azul) y una imponente presencia digamos espiritual. Pero san Pablo dice que Jesús era como cualquier hombre, y es de suponer que vestiría como los hombres de su época (vestido de lana o túnica sin costuras y sandalias) y que, como todos los judíos adultos, llevaría barba y pelo corto. En definitiva, podríamos decir que Jesús era un hombre normal tanto en su aspecto físico como en su forma de vestir, hasta tal punto que podría pasar desapercibido entre la multitud (Lucas 4, 36)4. Alguien parecido al Jesús de Pasolini en El evangelio según San Mateo (Il vangelo secondo Matteo, el título original no menciona la condición de santo del evangelista) interpretado por Enrique Irazoqui: bajito, de barba rala, pequeña melena peinada hacia atrás, cejijunto, delgado, modales ásperos pero afectuosos y que lanza miradas de ira y desprecio hacia escribas, fariseos, ricos y poderosos abusones.5 Pasolini utiliza en su película actores aficionados: Jesús es un estudiante de Económicas, Judas (Otello Sestili) un camionero romano y la Virgen María, la madre del director. El evangelio según San Mateo crea, como explica J. Solomon, un clima vulgar y humano, distinto de la santidad artificial de todos los filmes anteriores y casi todos los posteriores sobre la vida de Jesús, consiguiendo una película llena de fuerza, teológicamente enérgica e intelectualmente aterradora.6 Y no hay nada más que añadir.
Aunque en Ben-Hur no vemos el rostro de Jesús sí que intuimos que es dueño de una luz especial, dado el impacto que produce en Judá Ben-Hur y, por ejemplo, en el decurión romano (Remington Olmstead) que se dispone a golpearle cuando da de beber a Judá encadenado camino de su castigo como galeote. A propósito de Remington Olmstead, Wyler eligió personalmente a este actor para encarnar al decurión. Cuando iba a rodar su escena, el director se dio cuenta de que el actor no era el mismo, ya que el que había elegido exigía más dinero. Wyler no aceptó el cambio, pidió que trajeran de vuelta al actor original y esperó, rodando planos complementarios, hasta que llegó al plató.7 Fíjese en la cara del decurión cuando mira a Jesús. Insustituible. Gran acierto de William Wyler. Pero el protagonista, al menos oficial, de Ben-Hur no es Jesús de Nazaret, ni tampoco el decurión, sino Judá Ben-Hur.
Judá Ben-Hur (Charlton Heston, aunque el papel fue ofrecido primero a Burt Lancaster, quien lo rechazó diciendo “qué interés tiene una mierda tal”, a lo que Wyler contestó que este papel era “como una póliza de seguros”) y Messala (Stephen Boyd, con lentillas negras para oscurecer sus ojos azules), amigos y casi hermanos durante su niñez, se encuentran ahora abocados al enfrentamiento más cruel debido a que Messala es un tribuno romano al que el emperador envía a Judea a restablecer el orden alterado por los judíos, quienes se niegan a pagar impuestos y a que su pueblo sea sometido por Roma. Ben-Hur es un príncipe rico e influyente de Judea (es propietario de caravanas comerciales que cubren la ruta de Petra, lo cual puede ser posible, ya que Petra no fue conquistada por los romanos hasta finales del siglo I), y pertenece por tanto a la influyente aristocracia laica. Messala quiere aprovecharse del poder y la influencia de Ben-Hur para que este se manifieste en contra de la rebelión de los judíos frente a los romanos y convenza a sus paisanos de que se dejen someter. Es decir, le pide que traicione a su pueblo (qué iluso). Claro, Ben-Hur no accede a los deseos de Messala (incluso el príncipe judío llega a decir. “¡Roma es una afrenta contra Dios!”) y los dos se convierten en enemigos para siempre. El resto de la película narra la historia de este desencuentro. Podríamos decir que Ben-Hur tiene una estructura dialéctica: la unidad de la película está continuamente basada en un conflicto entre elementos contrarios (los dos protagonistas), cuya relación se va ajustando y reajustando (del amor al odio, del abrazo a la lucha) hasta la síntesis o conclusión definitiva, la victoria de Ben-Hur, que tiene lugar con la secuencia más conocida de la película, la carrera de cuadrigas.
Hay críticos e historiadores del cine que consideran que en esta historia de amor/odio entre nuestros protagonistas hay algo más que una mera amistad o un cariño casi fraternal: uno de los grandes tópicos de Ben-Hur es que existe un componente de homosexualidad implícita entre Ben-Hur y Messala, de modo que el “¡Abajo Eros, arriba Marte!” que, entre risas, gritan Ben-Hur y Messala en su reencuentro (recordando su niñez) a lo mejor debería cambiar el orden de los dioses. Aquí, el orden de los dioses altera el producto. Este grito de guerra en favor de Marte se produce después de que Messala y Ben-Hur muestren (y se demuestren uno a otro) su habilidad con la lanza. La escena no solo es emocionante, sino que también adquiere una gran carga mítica (suponemos que por pura casualidad), puesto que la asociación lanzas-Marte recuerda a las “lanzas de Marte”, unas lanzas consagradas al dios que tenían la propiedad de agitarse por sí solas para avisar que se avecinaban tiempos difíciles para Roma. Si en el plano final en el que se ven las dos lanzas de Messala y Ben-Hur casi juntas se pudiera apreciar también que las lanzas se agitan, habría sido perfecto: el dios Marte estaría avisando a los dos amigos de que se avecinaban tiempos difíciles.
Quizá sea demasiado atrevido aventurar que en la película existe una relación homosexual entre los protagonistas. Además, de intuir una relación tal, puede que sea Messala quien la sufra en silencio, ya que es Ben-Hur quien al fin y al cabo le da calabazas al no aceptar la propuesta de unión de intereses pretendida por su amigo. Es Messala quien en la escena del reencuentro mira varias veces de arriba a abajo a Ben-Hur; quien en la enfermería, herido de muerte, espera la visita de Ben-Hur y ordena que no le corten las piernas porque no quiere que este le vea mutilado, sino todavía completo… En fin, es a Messala a quien no se le conoce mujer en toda la película, mientras que a Ben-Hur se le conocen al menos dos, una en cada puerto: una en Jerusalén, Esther (Haya Harareet), la hija de su administrador Simónides (Sam Jaffe); y otra en Roma, Flavia (Marina Berti, a quien puede ver en Quo vadis? como Eunice, la esclava enamorada de Petronio) una chica que, por cierto, ni se sabe cómo se llama (salvo que consultemos el cast oficial), ni quién es y que ni siquiera vuelve a salir en toda la película8 (así de secundarios son los papeles de las mujeres en el film). Bien es verdad que la actitud de Ben-Hur ante estas dos mujeres es muy tibia (solo dos besos castos y casi en penumbra), pero quizá esto no se deba tanto a su inclinación sexual como al carácter religioso de la película y de su propio personaje, que es de una castidad que envidiaría san Agustín.
Según opina Á. Comas9 , la relación homosexual entre nuestros dos protagonistas no es más que eso, un tópico que acompaña siempre a la película, y que posiblemente se deba al escritor Gore Vidal, a quien la productora contrató para hacerse cargo de una parte del guion (aunque solo aparece acreditado Karl Tunberg, también trabajó en él, además de Gore Vidal, Christopher Fry10 , Maxwell Anderson y S. N. Behrman), pero que una vez escrita la primera escena y a la vista de los resultados, fue despedido. Se supone que Gore Vidal recomendó a Wyler que introdujese un componente homosexual entre Ben-Hur (Rock Hudson, por cierto, pudo haber interpretado este papel) y Messala, y el director manifestó su acuerdo, pero a condición de que Charlton Heston no se enterara. Lo más seguro es que la versión de Gore no sea cierta (es un intento de apuntarse un tanto), y probablemente recuperó la anécdota de una representación teatral de Otelo de Shakespeare, en la que el actor que interpretaba el papel de Yago (Laurence Olivier) le sugirió al director que sería interesante interpretar dicho papel como si estuviese perdidamente enamorado de Otelo (Ralph Richardson), a lo que el director contestó que podía intentarlo pero siempre a condición de que no le dijese ni una sola palabra a Richardson.11
Desde luego, el personaje de Esther es el más prescindible de la película y, quizás, como sugiere el poeta L. Alas Mínguez, el menos creíble, siendo la única relación convincente la que se da entre Ben-Hur y Messala. Las mujeres están muy maltratadas en Ben-Hur: Tirzah (Cathy O´Donnel, cuñada en la vida real de Wyler), la hermana de Ben-Hur (enamorada -sin esperanzas, claro- de Messala), y Miriam (Martha Scott), su madre,12 están solo para que Ben-Hur tenga un motivo para volver a Judea y para que un milagro les cure la lepra después de la muerte de Jesús en el Gólgota; Esther luce unos peinados imposibles para la época, además de un cruzado mágico Playtex igualmente imposible; y es que, como dice Yvonne Blake (que ganó el Oscar a la mejor Dirección artística por Nicolás y Alejandra), el vestuario femenino de Ben-Hur es lo menos auténtico de la película (junto con los decorados de Roma o la escena de la fiesta en la que Quinto Arrio nombra a Ben-Hur hijo adoptivo).13 El vestuario de Heston, sin embargo, tiene más textura, y los tejidos están mejor ambientados, quizás porque el actor prestaba mucha atención a este aspecto y opinaba sobre su ropa.14 Y en cuanto a la imagen de la mujer en Ben-Hur, no olvidemos una de las frases del Caíd Ilderim (Hugh Griffith): “Un solo Dios se comprende, pero una sola esposa no es de sabios”.
La trama de la película culmina con la carrera de cuadrigas, escena que no rodó el propio Wyler, sino los directores de la segunda unidad Andrew Marton y Yakima Canutt,15 dos especialistas del Western. Cinco semanas de rodaje para once minutos de película. No vamos a referirnos ahora al gran despliegue de medios que utilizó la Metro-Goldwyn-Mayer (construcción del circo a tamaño natural, un año de preparación de hasta el más mínimo detalle, seis mil extras, etc.), aunque era lógico que así lo hiciera, ya que esa era la secuencia clave que salvaría toda la película y más aún, a la compañía misma, que empezaba a mostrar síntomas de crisis. A pesar de todo, el productor Sam Zimbalist murió durante el rodaje de Ben-Hur a causa de un infarto.
Las carreras de caballos se celebraban en el circo (la de Ben-Hur se desarrolla en el circo de Antioquía), cuya planta era parecida a la de un hipódromo griego: un rectángulo alargado cuyos lados menores forman un arco de circunferencia. La pista estaba dividida por un murete alargado (spina) sobre el que se colocaban obeliscos, estatuas de dioses, surtidores… Era un espectáculo muy popular en tiempos de Roma, y muchos aficionados eran auténticos hooligans capaces de enloquecer por alguna de las cuatro factiones que siempre competían con sus respectivos colores: rojo, verde, blanco y azul. En esta secuencia no solo están en juego miles de talentos en apuestas (cuatro contra uno a favor de Messala: “La diferencia entre un romano y un judío”), muy apreciadas en la época, sino que lo que verdaderamente se disputa es el honor y la honra de los pueblos árabe y judío, frente al sometimiento romano. Ya que “oficialmente” no pueden hacer oír su voz, lo tratan de hacer en la arena del circo, que desempeñaría aquí el papel de campo de batalla. Algunos aspectos de la carrera, como la salida dada por el presidente de los juegos arrojando un pañuelo blanco (mappa) al suelo16 o las vueltas contadas por los delfines situados en la spina, están bien documentados. Otros, no tanto: el desfile inicial de los participantes, por ejemplo, fue una ocurrencia del mismo Wyler, que quiso sacar partido de los decorados sin importarle demasiado que tal desfile no fuera habitual en las carreras (los carros salían solo cuando se abrían las puertas de las carceres, recintos cerrados que se encontraban en el extremo recto del circo); y los aurigas llevaban atadas a la cintura las riendas, no agarradas a las muñecas (por eso llevaban también un puñal para cortar esas riendas en caso de caer al suelo, como le sucedió a Messala).
Judá Ben-Hur corre con los caballos del caíd Ilderim, a quien conoció cuando volvía de Roma en busca de su madre y hermana. El caíd le invita a cenar en su tienda, y en esa cena se produce uno de los pocos momentos cómicos de la película, cuando Ben-Hur se ve en la obligación de eructar para demostrar a su anfitrión que le ha gustado la comida. Pero Ben-Hur ya debería estar al tanto de esa costumbre puesto que en Roma, como entre los árabes, el eructo en la mesa era una cortesía justificada por los filósofos, para los que respetar la naturaleza era la prueba más clara de sabiduría.17 El caso es que el caíd Ilderim y Ben-Hur se hacen muy amigos y, justo antes de que empiece la gran carrera, el árabe le coloca al judío en la cintura la estrella de David para desearle suerte y “para que brille dignamente por tu pueblo y el mío unidos, y que su brillo ciegue los ojos de Roma”. Se podría observar aquí un guiño al monoteísmo musulmán y judeocristiano frente al bárbaro politeísmo romano. Ahora bien, es un anacronismo que aparezca en esta época la estrella de David como símbolo representativo del pueblo judío, ya que no es hasta muy entrada la Edad Media cuando se asoció la estrella de David con una connotación positiva judía, y la primera muestra de la estrella de David como icono específicamente judío fue como emblema de la comunidad judía de Praga en el siglo XVII. Es curioso que en Ben-Hur veamos al árabe regalando una estrella de David a un judío… en una película realizada cuando estaba naciendo el Estado de Israel (muy cuestionado por el mundo árabe), en cuya bandera figura una gran estrella de David. Y ya que estamos comentando la simbología judía que aparece en la película, (no perdamos de vista que el capital y la industria del cine en Hollywood estaba fundamentalmente en manos judías, y eso deja notar en el film), digamos que el único símbolo judío de cuantos aparecen en Ben-Hur que con seguridad representaba ya al pueblo judío en aquella época es el Menorah, candelabro de siete brazos que aparece grabado en el lateral de la puerta de la casa de Ben-Hur, en la parte inferior de la Mezuzah o pequeña caja donde se coloca un rollo de papel que se toca y se besa al entrar en la casa (el papel está enrollado de modo que la letra que queda visible es la inicial de shin, primera palabra del pasaje bíblico Deuteronomio: 6, 4-9).
En Ben-Hur se tuvieron más escrúpulos con las hortalizas que con los símbolos judíos. Por ejemplo, uno de los asesores de la película indicó que no debería verse un tomate en la despensa de Ben-Hur porque el tomate es originario de América, y la época de Ben-Hur y Messala está muy lejos de la de Cristóbal Colón. Como el director de fotografía necesitaba en un plano el contraste de algo rojo, se sustituyó el tomate por el pimiento rojo, pero el asesor implacable atacó de nuevo para recordar que el pimiento también es originario de América.18 No sabemos cómo acabó el asunto, pero es curioso que los asesores de Ben-Hur fueran más puntillosos con los tomates y pimientos que con la estrella de David.
Pero siguiendo con la carrera, Poncio Pilato (Frank Thring), el procurador (el título oficial latino de los gobernadores de Judea era el de praefectus, por lo que carece de rigor el de procurador, que se ha impuesto hasta nuestros días) de Judea,19 toma la palabra y dedica los juegos “a la gloria del emperador, el divino Tiberio, y a la gloria de Roma”. Hemos de comentar un par de cosas sobre Tiberio, el emperador cuya efigie aparece en el famoso denario que fue presentado a Jesús de Nazaret para que dijera públicamente si era lícito que los judíos pagaran tributo al César o no (la respuesta de Jesús fue impecable: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”). Para empezar, el emperador Tiberio (interpretado en la película por George Relph) nunca fue divinizado, ni en vida ni una vez muerto. Es más, en el año 22 Tiberio rechazó explícitamente su divinización imperial, prohibiendo la consagración de estatuas de su persona sin su permiso y ordenando que estas se situasen siempre en un plano inferior al de las estatuas de los dioses. Por otro lado, Tiberio no fue lo que se puede considerar un firme defensor de los juegos circenses. De hecho, este emperador tuvo fama de gran (y ahorrativo) gestor y logró encauzar la deuda que el Imperio tenía ya por aquel entonces. Y una de las medidas de “ahorro” fue minimizar lo más posible los juegos populares en anfiteatros y circos. En cuanto a Poncio Pilato, que Frank Thring interpreta de forma elegantísima, la película no dice nada acerca de la increíble torpeza que mostró cuando llegó a Judea (“los escorpiones y los profetas no pueden vivir sin mí”, dice Pilato cuando se entera de su nuevo destino), ofendiendo a los judíos donde más les dolía, en su religión: Pilato introdujo en Jerusalén medallones con imágenes del emperador (los judíos no consentían las representaciones humanas); después, Pilato saqueó el tesoro del Templo para poder construir un acueducto. ¿Era Pilato un ignorante, un paracaidista que cayó en Judea sin tener ni idea de cómo funcionaban por allí las cosas? Imposible. Ya Augusto había decretado que las monedas sagradas eran inviolables y que si alguien las robaba sería tenido por sacrílego y se le confiscarían sus propiedades.20 Si se pregunta entonces quién demonios fue el asesor de este Pilato para ponerle un suspenso bien gordo, debemos decirle que Pilato fue nombrado prefecto de Judea por el emperador Tiberio, pero fue una apuesta de Sajano, el chico para todo de Tiberio y antisemita declarado. Así que Pilato estaba en Judea para, entre otras cosas, provocar. Y lo hizo muy bien.
En los textos evangélicos Pilato es un hombre comprensivo e inclinado a la absolución de Jesús, pero intimidado por los notables judíos; en las demás fuentes, Pilato aparece como un hombre cruel, inflexible y poco dado a dejarse intimidar. Lo que está claro (y así se ve también en Ben-Hur), es que Pilato intervino en el juicio que llevó a la muerte a Jesús de Nazaret. Los gobernadores de Judea tenían la misión de mantener el orden en su territorio y asegurar la percepción de impuestos, a través de los llamados publicanos, pero no tenían responsabilidades judiciales, salvo en asuntos de seguridad del Imperio, en apelación y en causas criminales que comportaran la pena de muerte. Por eso Pilato se encontró con el caso de Jesús.21 El fundador del cristianismo fue acusado de presentarse como “rey de los judíos”, que fue precisamente la inscripción que el mismo Pilato puso en la cruz: Iesus Nazarenus Rex Iodeorum (INRI), es decir, “Jesús Nazareno, rey de los judíos”. Según el Evangelio de san Juan, los príncipes de los sacerdotes judíos dijeron: “No escribas ´Rey de los judíos´, sino que Él ha dicho ´soy el rey de los judíos´. Respondió Pilato: Lo escrito, escrito está” (Juan 19, 21-22). En todo caso, Pilato, después de la matanza de los samaritanos (otra de sus hazañas) fue depuesto por Lucio Vitelio, gobernador de Siria, y enviado a Roma para ser juzgado en el año 36, pero cuando llegó Tiberio ya había muerto. A partir de entonces, se pierde el rastro del personaje que se lavó las manos de la muerte de Cristo, del que sólo quedan datos de los evangelios apócrifos y de otros escritos eclesiásticos.22
Comienza la carrera, en la que no solo corren Ben-Hur y Messala, claro, sino un corintio (Jerry Brown), un bizantino (Otello Capanna), un sirio (Luigi Marra), un libio (Cliff Lyons), un ateniense (Edward J. Auregul), un egipcio (Joe Yrigoyan) y un armenio (Alfredo Danesi), junto con un montón de caballos, por supuesto, entrenados por Glenn Randall. La carrera de cuadrigas es un prodigio de montaje, ya que no hay maquetas ni trucajes, y es fácil imaginarse la gran complejidad de la tarea. El resultado final fue espléndido y, a diferencia de la versión muda de Ben-Hur, en la que murió un extra, no hubo incidentes graves. Ben-Hur es aclamado por el público después de la carrera y recibe la corona de la victoria. Y, como suele suceder cuando las cosas insisten en salir bien, hasta algunas actuaciones espontáneas de los extras quedaron tan bien que se conservaron en la película, aunque no estaban en el guion: por ejemplo, después de la carrera algunos extras se lanzaron a la arena, y uno de ellos se apoderó del casco de Messala y lo levantó como si fuera un trofeo. Genial. Ni Gore Vidal lo habría escrito mejor. También hay algunos mitos relacionados con la famosa carrera de cuadrigas de Ben-Hur que usted mismo puede investigar. Se dice que puede verse un Ferrari rojo aparcado en una esquina, que hay un par de extras con gafas de sol, y que el actor que toca la trompeta lleva reloj de pulsera.23 ¿A qué espera? Vaya a comprobarlo ahora mismo.
Finalmente, de la guerra y el enfrentamiento dialéctico (de contrarios) surge la armonía final: la gran victoria de Ben-Hur (que corre con caballos blancos y encarna la vida, el bien, la rebeldía, lo judío, el monoteísmo judeocristiano…) sobre Messala (que corre con caballos negros y encarna la muerte, el mal, la dominación, lo romano, el descreimiento en sus propios dioses…). Se trata de un final claramente tendencioso y partidista, maniqueo, que reduce y simplifica la película a una historia de buenos y malos. Pero no nos pilla de sorpresa ya que sabemos desde el comienzo que el film tiene esas características.
Aparte de la estructura dialéctica que vertebra toda la película, su contenido filosófico también se refleja en el estoicismo de su protagonista principal, Ben-Hur (no en vano el estoicismo era la escuela filosófica más en boga en la época del Imperio romano: Séneca, Marco Aurelio, etc.). En efecto, podríamos decir que nuestro héroe trata de ser virtuoso al modo estoico, que hace suya la máxima ética de esta escuela filosófica según la cual la virtud es la disposición permanente a vivir de acuerdo con la razón y el deber propios, que deben armonizarse con la Razón universal. A lo largo de la película tenemos muchísimos ejemplos de esta actitud ante la vida por parte del príncipe judío, pues se pasa toda la película tratando de ser razonable y de cumplir escrupulosa y permanentemente con su deber. Así, cuando Messala le propone que piense en la “oferta” de abandonar a su pueblo y pasarse con él al bando romano (por cierto, Messala, como dijimos antes, cumple aquí su papel como antagonista de Ben-Hur: su actitud es muy poco estoica ya que lo que le mueve es la pura ambición personal, el enriquecimiento y la proyección social, puesto que si logra someter a Judea el César le enviará a Roma y le ascenderá), Ben-Hur le contesta que ha hablado con mucha gente que está en contra de la violencia y que lo que la razón le dicta es que su deber es estar siempre al lado de su pueblo y no traicionar a sus hermanos judíos. Se trata de un principio estoico al que por arte de magia se le va dando un tinte cristiano (solo posteriormente el cristianismo se separó del judaísmo, pero no en esta época).
Al igual que los sabios estoicos, Judá Ben-Hur es un tipo que jamás se deja llevar por pasiones, ya que éstas pueden desviar a una persona del recto y racional obrar. Así, ni el dolor, ni el temor, ni el placer, ni el deseo sensual entran en la mentalidad de Ben-Hur. Eldolor: se pasa la vida padeciendo dolores, tanto físicos (sus años como galeote) como anímicos (pierde a su madre y hermana y finalmente las encuentra con una terrible enfermedad, es traicionado por su amigo del alma…), pero él no desfallece. Por ejemplo, cuando está en galeras (recordemos que injustamente) y aparece por allí el cónsul Quinto Arrio (Jack Hawkins), a quien el César había enviado al Mediterráneo para que protegiese el comercio romano de las galeras piratas macedonias (lo cual tampoco deja de ser un contrasentido, ya que en el siglo I Macedonia ya era provincia romana), el cónsul le fustiga con el látigo sin que haya ningún motivo para ello (bueno… nunca hay motivos para hacer eso, claro) y Ben-Hur resiste estoicamente sin revolverse contra la mano castigadora. El cónsul, viendo el calado de la personalidad de aquél miserable galeote, le pregunta: “¿Cuánto tiempo llevas remando, XLI?”24 ; a lo que Ben-Hur, con una exactitud y una fuerza de ánimo aplastante, contesta: “Un mes menos un día en esta galera; tres años en otras galeras”. ¿Ha visto en alguna ocasión un autocontrol tan grande ante una situación tan extrema? El temor: Ben-Hur no pasó miedo ni de pequeño; no teme a nada ni a nadie. Está continuamente luchando contra el enemigo (aunque él, muy cristianamente, nunca los considera enemigos, salvo en la carrera de cuadrigas), a veces incluso en unas situaciones tan desventajosas para él que rayan lo temerario, y sin embargo nunca demuestra miedo o temor. El valor es algo que “se le supone” al personaje, a pesar de sus tremendos sufrimientos físicos y la todavía más terrible tristeza moral que le acompañan. El placer y el deseo sensual: qué vamos a decir aquí… A no ser que Ben-Hur sea masoquista, de lo que no hay indicios, estamos en condiciones de asegurar que siempre estuvo libre de tales pasiones, que nunca se ha dejado desviar ni por el placer ni por el deseo sensual.
Incluso el deseo de venganza que da fuerzas a Ben-Hur desde el momento en que Messala responsabiliza del accidente en que es herido el nuevo gobernador romano a su madre y hermana, hasta que Quinto Arrio le nombra hijo adoptivo y puede enfrentarse directamente con su enemigo, es un deseo de venganza estoico: recordemos la imponente planta de Ben-Hur vestido con la toga romana (pocas veces Charlton Heston estuvo tan guapo, y mira que Heston es guapo) ante un desconcertado Messala exigiéndole que busque a su madre y a su hermana, o la escena en la que Ben-Hur dice a Messala: “No veo ningún enemigo”, cuando Messala está destrozado y a punto de morir tras la carrera de cuadrigas.
Pues bien, tenemos a nuestro personaje adoptando las características de un sabio estoico (seguir la absoluta razón y el absoluto deber sin ninguna desviación, ni siquiera en la venganza), pero apareciendo en pantalla como un héroe judeocristiano. Como decíamos al principio, Ben-Hur es un pretexto, una tapadera para presentar un producto ideológico (religioso para ser más exactos), aunque también podemos quedarnos con la espléndida película de romanos que Ben-Hur ha sido, es y será. Y, sobre todo, nos quedamos con la maravillosa escena en la que el galeote número XLI deja impresionado a Quinto Arrio… Por cierto, ¿Arrio se siente atraído sólo por la fuerza y la voluntad de Ben-Hur, o acaso Gore Vidal participó en los diálogos de la película más de lo que pensamos?25
Las escenas en la galera de Ben-Hur (dirigidas, sin acreditar, por Richard Thorpe) son maravillosas (inolvidable la “boga de combate”, acompañada de la excepcional música de Miklos Rozsa y de los golpes del hortator -Howard Lang-, que pone a prueba la resistencia de Ben-Hur) y están bastante bien resueltas desde el punto de vista histórico, puesto que la nave de guerra romana de la película resume las principales características de un barco de guerra de la época que R. Rebolo llama, en su estudio sobre las naves de la antigüedad, del Remo y del Espolón. Sin embargo, la idea de que todos los remeros eran esclavos sometidos a unas condiciones infrahumanas y siempre bajo la amenaza del látigo es errónea, al confundir las naves del mundo clásico con la galeras medievales y renacentistas.26 Además, los remeros de Ben-Hur están demasiado cómodos: en el interior de un barco catafracto (cerrado), había muy poco espacio (por eso, entre otros factores, no se podía emplear el látigo) y un ambiente agobiante: se hizo necesario, entonces, instalar enrejados laterales y en la cubierta que facilitaran la ventilación y renovación del aire en la bodega. El objetivo no era hacer la vida más agradable a los remeros, por supuesto, sino remediar la pérdida de potencia que provocaba el enrarecimiento del aire: si no se garantizaba la ventilación, el ambiente se viciaría no sólo por el calor, sino por la reducción de oxígeno y el aumento de dióxido de carbono como consecuencia de la respiración, así como el aumento de vapor de agua proveniente de la transpiración. Como se decía sobre las galeras medievales, seguro que era posible oler, antes que ver, la nave en la que servía Judá Ben-Hur, pero también es probable que las condiciones higiénicas en el interior de las naves romanas se cuidasen un poco más.27 Eso sí, una de las misiones de las naves romanas era, como vemos en Ben-Hur, la lucha contra la piratería: después de la batalla de Accio (31 a. C.), Roma dominó completamente el Mare Nostrum, y ninguna otra potencia podía permitirse el lujo de tener barcos de guerra. La flota romana se limitaba, pues, a perseguir a los piratas,28 escoltar los barcos mercantes, transportar dignatarios y transmitir rápidamente órdenes y noticias entre Roma y las provincias. Como curiosidad cinéfila, diremos que en la película Marco Antonio y Cleopatra (Antony and Cleopatra, 1972), dirigida precisamente por Charlton Heston, hay una batalla naval confeccionada con retales de Ben-Hur en la que podemos ver casi repetidos, además, planos como el de la “boga de combate”.
Las escenas más deprimentes de Ben-Hur son las que se desarrollan en el valle de los leprosos, donde han sido arrojadas la madre y hermana de Judá después de salir de las mazmorras romanas. Es cierto que el maquillaje de Tirzah y Miriam no es demasiado desagradable, y también es verdad que las dos (y todos los que viven en el valle) tienen un comportamiento exquisito con Ben-Hur y Esther, puesto que siempre son los leprosos los que se apartan y los que cubren sus cuerpos para no horrorizar demasiado al personal. Pero… son deprimentes. La situación de los leprosos en la época era probablemente todavía peor, es cierto, aunque eso no es un consuelo. Tirzah y Miriam nos dan mucha pena, pero más pena nos da un pobre leproso cargado con leña que se cruza con Ben-Hur en el valle y se queda quieto para darle tiempo a que se aparte. Pobre. Qué angustia. Al final, la madre y la hermana del mocín se curan milagrosamente, pero mucho nos tememos que el leproso de la leña acabó sus días en el valle.
Porque, al final, asistimos a un milagro en toda regla. Hay un momento en la película en que Ben-Hur dice que no cree en milagros, lo cual es una declaración sorprendente viniendo de un hombre que pasa de ser galeote en un barco romano a hijo del cónsul Quinto Arrio. ¿Eso no es un milagro, para alguien con la fe de Ben-Hur? Cuando el protagonista de nuestra película está ante Poncio Pilato y tiene que escoger entre ser el ciudadano romano Arrio el Joven, hijo adoptivo de un cónsul de Roma, o Judá Ben-Hur, escoge lo último. Pero Judá Ben-Hur, como reconoce la misma Esther, ya no es el mismo que conoció en los felices días en los que ella era una esclava que tenía que pedir permiso al jefe de la casa de Hur para casarse, porque el odio le ha convertido en “un nuevo Messala”. Es posible que, en algún momento, Judá fuera un nuevo Messala. Pero eso significa que tenemos que tomar nota de otro milagro que se produce en la película: Ben-Hur cruza su mirada con Jesús camino de la crucifixión, le da de beber como Jesús hizo con él cuando iba camino de galeras, escucha cómo Jesús, en el último momento, tiene palabras de perdón para los que le están matando y… abandona la espada de la venganza que le estaba consumiendo. Ya no corre el riesgo de convertirse en un nuevo Messala. ¿Cómo que Ben-Hur no cree en milagros? Que sobreviviera a tantos años como galeote es un milagro. Que se convirtiera en Arrio el Joven es un milagro. Que tuviera la oportunidad de enfrentarse a su archienemigo y antiguo archiamigo en el circo y, además, vencerle es un milagro. Que su madre y hermana no hubieran muerto en las mazmorras, o que no fueran asesinadas en el momento en el que Druso (Terence Longden) descubre que son leprosas, es un milagro. Que Esther y Simónides se mantengan a pie firme en la casa de Ben-Hur esperando el regreso imposible de un condenado a galeras es un milagro. Que Tirzah y Miriam se curen en el momento en que Cristo muere en la cruz es un milagro. Bien. Pero que Judá Ben-Hur no sea consumido por el odio y la venganza, recupere la paz y el amor y no se convierta en un nuevo Messala, también es un milagro.
Y es que no debemos olvidar que, tal como afirman los cronistas e la época, Lewis Wallace escribió su Ben-Hur a partir de una discusión sobre el nacimiento del cristianismo que Wallace sostuvo con un reconocido ateo, el filósofo Robert Ingersoll, durante un viaje en tren que les conducía hasta Nuevo México. Ben-Hur no es un libro ateo, precisamente, y su contenido religioso es más que evidente.29 ¿Qué habría pasado si, después de la discusión en el tren, el filósofo Ingersoll, y no el general Wallace, se hubiera sentado a escribir Ben-Hur? Menos milagros, XLI.
(1) Se escapó el Oscar al mejor guión adaptado, que fue para Un lugar en la cumbre (Room at the Top), de Jack Clayton. Evidentemente, Ben-Hur no compitió por el Oscar al mejor guión original.
(2) La MGM ordenó destruir todos los decorados al final del rodaje para evitar que los productores italianos reutilizaran los decorados en sus pepla de serie B. Qué injusticia. ¿Con qué derecho los ejecutivos de la Metro desconfiaban de los cineastas italianos? Y hablando de directores italianos, Sergio Leone trabajó en Ben-Hur como ayudante de dirección.
(3) García Iglesias, L. El pueblo elegido, Historia 16. Historias del Viejo Mundo, Nº 4, p. 114
(4) Alonso, J. La última semana de Jesús, Oberon. Madrid, 2004, pp. 81-85
(5) Navarro, A. J. Pier Paolo Pasolini. Cine, tragedia y rabia, Dirigido por. Nº 350, p. 51
(6) Solomon, J. Peplum. La antigüedad en el cine, Alianza. Madrid, 2002, p. 203
(7) Comas, Á. Los intocables de Elliot Ness/Ben-Hur, Dirigido. Barcelona, 1997, p. 101
(8) Todas las frases de Flavia fueron cortadas en el montaje final de la película, al igual que el personaje de Iras, interpretado por Kamala Devi, una seductora contratada por Messala para seducir a Ben-Hur.
(9) Comas, Á. Los intocables de Eliot Ness/Ben-Hur, Dirigido. Barcelona, 1997, p. 96
(10) Precisamente, Heston agradeció su “Oscar” al mejor actor a Fry, uno de los guionistas de Ben-Hur, y también a la primera secretaria que le dejó colarse durante un casting en Broadway. (Carmona, L. M. Un paseo por la alfombra roja, T&B. Madrid, 2002, p. 246). Heston ganó el Oscar compitiendo nada más y nada menos que con Jack Lemmon en Con faldas ya lo loco (Some Like It Hot), de Billy Wilder.
(11) Comas, Á. Los intocables de Eliot Ness/Ben-Hur, Dirigido. Barcelona, 1997, p. 96
(12) Martha Scott vuelve en esta película a interpretar a la madre de Charlton Heston, después de que ya lo hiciera en Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956), de Cecil B. DeMille.
(13) A esta fiesta asistieron como figurantes auténticos miembros de la nobleza como los príncipes Manuel y Raimondo Ruspoli, los príncipes de Hohenloe, la princesa rusa Irina Wassilchikoff, el conde Santiago Oneto, los condes Marigliano del Monte, la duquesa Nona Medivi y la baronesa Lillian de Balzo, entre otros. Nos preguntamos si cobrarían dietas. Seguro que sí. El reparto de Ben-Hur es muy entretenido, porque además de estos nobles intervinieron Mario Rivoltella, tataranieto del inventor del revólver; Tiberio Mitri, ex-campeón de los pesos pesados de boxeo; Giuseppe Tosi, que perteneció a la guardia personal de Victor Manuel (el rey de Italia, no el cantante asturiano) … En fin, hay de todo.
(14) Blake, Y. El cruzado mágico. En Historia del cine, Diario 16, tomo I, p. 52
(15) En La diligencia, Yakima (“Yakima” es un apodo: es una de las localidades donde Enos Edward Canutt triunfó como jinete) Canutt es el indio que salta de caballo en caballo hasta acabar debajo de las ruedas del vehículo. El hijo de Yakima, Joe, fue quien dobló a Heston en los planos más peligrosos, y es a quien vemos saltar por los aires en un momento de la carrera. Tranquilo, solo se hizo un rasguño.
(16) Actualmente, el presidente de una corrida de toros también da las órdenes por medio de un pañuelo.
(17) El emperador Claudio incluso llegara a redactar un edicto autorizando la expulsión de otros ruidos gaseosos que los árabes se abstenían de soltar. Carcopino, J. La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Temas de Hoy. Madrid, 1993, pp. 339-340
(18) Willis, J. Metro Goldwyn Mayer, T&B. Madrid, 2006
(19) Aunque en Ben-Hur Pilato llega a Judea casi justo a tiempo para juzgar a Jesús, lo cierto es que lo hizo mucho antes, puesto que estuvo en Judea desde el año 26 hasta el 36
(20) Alonso, J. La última semana de Jesús, Oberon. Madrid, 2004, p. 43
(21) García Iglesias, L. La Palestina de Jesús, p.28
(22) Martínez-Pinna, J. & Montero Herrero, S. & Gómez Pantoja, J. Diccionario de personajes históricos griegos y romanos, Istmo. Madrid, 1998, p. 308
(23) Comas, Á. Los intocables de Eliot Ness/Ben-Hur, Dirigido. Barcelona, 1997, p. 124
(24) Ben-Hur es en la película el galeote número 41, pero en la novela es el número 60 que, como dice J. Solomon, es “menos sonoro”.
(25) N. Bou y X. Pérez (El tiempo del héroe. Épica y masculinidad en el cine de Hollywood, Paidós, Barcelona, 2000, p. 61) hablan de “fascinación homoerótica” en el momento en que Arrio contempla a Ben-Hur mientras rema. Estos autores también sostienen (p. 60) que la exposición obsesiva del cuerpo de Heston al martirio físico, del que enseguida hablaremos, le hace modelo de secretas fantasías masoquistas. Caramba. A nosotros que nos registren.
(26) Rebolo Gómez, R. La Época del Remo y el Espolón (II), La aventura de la Historia, Nº 28, p. 71
(27) Ibid., pp. 72-73
(28) La piratería fue una auténtica plaga en la antigüedad. En el siglo I a. C., la piratería tenía unos efectos terribles, y sólo Pompeyo en 67 a. C. consiguió ponerle más o menos fin. Después de que Augusto estableciera bases navales permanentes en Miseno (en la bahía de Nápoles) y Ravena (en la desembocadura del Po), reinó la calma en el Mediterráneo. Y es que fue Augusto, y no Tiberio, quien creó una flota de guerra permanente que rectificó el desinterés de la República romana por el control del mar (del que dependía, sin embargo, su economía). De todas formas, el interés de los romanos por el mar nunca fue demasiado grande: el mando de las flotas quedaba generalmente en manos de libertos (no cónsules como Quinto Arrio) y la tripulación estaba compuesta por libres no ciudadanos que, gracias al servicio, podían acceder al derecho de la ciudadanía romana.
(29) Comas, Á. Los intocables de Eliot Ness/Ben-Hur, Dirigido. Barcelona, 1997, p. 80




























