Fernando Cuesta.
En 1945, mientras se luchaba todavía en muchos frentes[1], Roberto Rossellini separó el placer y el dolor apenas con una puerta en su, por tantos conceptos extraordinaria, Roma, ciudad abierta (Roma città aperta). El director italiano no lo sabía, por supuesto, pero estaba sentando (de forma absolutamente involuntaria, naturalmente) las bases de un subgénero llamado a ser explotado hasta la extenuación algunas décadas más tarde por diversos productores poco escrupulosos de varios países. Esta afirmación, que tal vez pueda sonar herética, no lo es tanto si aislamos algunos elementos que aparecen en la aclamada película de Rossellini y los extrapolamos a una serie de filmes concebidos y realizados con unas intenciones muy diferentes a las que animaran a uno de los venerables y venerados padres del neorrealismo.
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